3 de Agosto

Esta fecha no es una efeméride memorable ni es especial. Para mí lo es .

En una box a punto de fallecer, un tres de Agosto, a pocos metros de mí, se hallaba mi hijo. Hace hoy justo 20 años. ¡Es como un eterno presente!

Salí de la cafetería por una rampa aquella mañana, que sería la última para él. Necesitaba sentirme. Ante mis ojos, en lo alto, sólo el cielo. En seguida, en el espacio azul apareció un palo oscuro. Mis pasos eran lentos y mi marcha ascendente me fue descubriendo que a ese «palo» lo cruzaba otro horizontal. ¡Qué momento para ver una cruz!

Años atrás, mi amigo Félix le había dado un nuevo sentido a la cruz. Arriba lo que somos, lo que ignoramos: Dios. Abajo la Matería, la Mater, la divinidad expresada. A un lado los otros, los demás. Y al que queda, el yo, un yo que busca. Y cuando los tres extremos de los dos palos se unen con el yo en el punto de intersección… ESO, sólo tiene un nombre: ¡¡VICTORIA!! Nada de dolores ni gemidos ni sangre… La cruz es un antiquísimo símbolo que expresa eso, victoria.

Así que, mi voz interna me dijo:

¡Bien! ¡Victoria! Esto es una victoria. La palabra ocupó todo mi ser. Y lo fue porque no nos hundimos. Le dejamos ir. Lejos de rompernos en pedazos su adiós, respetamos su decisión Para él era su día.

Ya a pie de calle, giré la cabeza hacia la izquierda. Una foto de enormes dimensiones mostraba una estampa de una María sonriente con su hijo vuelto hacia ella, sonriente también. ¿Por qué estaba allí esa foto? Quien la colocó no sabía lo que a mí me contó, ni que siendo muy antigua, yo la conocía y sabía que era la primera imagen de María con el Niño, donde se mostraban expresivos. Entonces…, siglos atrás, no eran aún capaces de expresar en piedra la emoción… Y ahora que lo son, prefieren a la María sufriente…

Me contó… Me contó que como ella, yo era una madre que perdía a su hijo joven y que como ella también, amaba a ese hijo que se iba. Me contó que como el de la foto sonreía a su mamita, mi hijo, que ya no sonreía, ni hablaba, lo hacía a través de esa imagen. No sé quién puso allí la fotografía, pero sentí que era mi hijo quien me decía así, que todo estaba bien.

Aún recuerdo cómo me subía en el sofá para abrazarle. Pensaba que él con sus dos metros de altura, nunca podía ser acogido en mi pecho y a veces todos necesitamos ser pequeños… Recuerdo su cara como si fuera ahora mismo y de vez en cuando, le digo que me espere al borde de la muerte para que por fin pueda abrazarle otra vez. En mi alma vive en un perpetuo abrazo.

Podría decirse que quien se va con 21 años no deja legado alguno. Pues…, no es cierto.

Sé gracias a él que el día de tu muerte, tú lo decides. Sé que cada vida, por corta que sea su duración, tiene su propósito. Sé también lo importante que es dejar ir al que muere, puesto que es su voluntad y cuadra a la perfección con lo que vino a aprender. Sé que la VIDA no acaba cuando dejas tu cuerpo y que aunque con otro lenguaje, del otro lado siguen diciéndote que te aman…

Podría hablar contando tantas emociones y sensaciones que su despedida me dejó… Podría decir mucho más de su legado, pero sobre todo me importa expresar que mi hijo muerto está vivo. Nadie me creería. ¿O sí?

Aquel hombre joven era un creador y de un modo u otro, volverá para terminar lo que empezó. Tendrá otro cuerpo, otra familia… Tal vez. Cuando ocurra, quizá nuestro mundo en cambio habrá decido optar por el hombre y no por la máquina y aterrice en el Reino de los Cielos. Por mi parte, hago cuanto sé y puedo porque así sea.

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