Cuando el Cero quiso ser Uno y el Uno Dos.

Se ha comparado la vida con un sueño, una obra teatral o una película, y con juegos complejos como el ajedrez…, pero una de las más tristes comparaciones es la que la describe como un valle de lágrimas: el valle de la sombra de la muerte.

Ese valle triste, como idea, es invisible. No solemos ser conscientes de hasta qué punto lo invisible nos coarta, nos mediatiza, nos agobia y determina nuestros actos. Actuamos mucho más desde el recuerdo de las emociones y sus efectos en el pasado, que desde la voluntad. Yo no decido a menudo en las distancias cortas ser amable. Me enseñaron a serlo y lo soy incluso si me disgusta serlo. No decido ser cumplidora. Igualmente no era una opción en casa no cumplir, de modo que cumplo por inercia. Y no me esfuerzo por lo buena que soy, sino porque un invisible fantasma me arrastra y me exige más allá de lo razonable, aun a riesgo de enfermar. Hay un mundo invisible muy activo para cada ocasión, que me obliga a actuar tal como me dijeron que se debían hacer las cosas. Es el traje de adulto que se nos adhirió desde el día que nacimos y que la mayoría está dispuesta a vestir hasta la muerte.

Felizmente hay individuos, autores, es decir gente original, esos que no aceptan el traje, ni el valle de lágrimas como opción y nos señalan que no sólo no es un valle, sino que de haber lágrimas, son de emoción, no de fracaso. Todos podemos encontrarlos. Para mí hay uno por encima de todos, que de bien pequeña, no le mandaba mi corazón (demasiado abstracto para mí) sino besos. Entonces, yo seguía el fantasma de mamá que le conocía como lo mejor y le llamaba Dios. Entonces. No quise dejar mi fe a la altura e mis tres años, y sí en cambio conocer quién era aquel a quien mandé tantos besos.

Mi imaginación y lo que ya adulta sabía de los números, me llevó a conclusiones asombrosas, porque la religión que profesaba se me había hecho pequeña para comprender la vida y a un Dios que no era el de mi corazón.

Así, el cero, ese número que mis alumnos/as no eran capaces de usar en una suma simple como cero más uno y comprender que el cero es la nada ni altera la realidad, se me reveló como todo el DIOS, como eso que lo mueve todo y es invisible, como una energía incombustible, inacabable y cierta, cierta porque la siento en mis huesos y la percibo en mis congéneres. Luego buscas y te enteras de que no has descubierto la pólvora. Infinidad de sabios y culturas llaman a esa «fuerza o principio» con diferentes nombres, p. ej.: Caos, Brahma, Alá, Gran Espíritu, o simplemente Dios. Hasta la ciencia más progresista lo llama Vacío cuántico.

Parece como que esa, tan potente, la más potente de las realidades, no es dinámica, ni activa, algo así como un lago de agua cristalina y saludable, que no pide bébeme, ni tiene otra vocación que la de SER, así y siempre. Es el presente, aunque incluya en sí todos los tiempos, espacios y épocas. Sería como una mente serena sin necesidades, la nada que todo lo incluye.

Pero como lo incluye todo, también en sí existen ideas dinámicas y con un anhelo innegable, imperativo de Ser, de estar, de ponerse a prueba y ver cómo puede ser otro modelo de existencia que no sea estática. El Uno, ha pedido emerger en escena. Aun no se ve el universo. El Uno, grande y potente como es ha de hacer un gesto de voluntad, para que lo invisible se haga visible. Ese era para mi el tres. Su papel era generar lo que se llama realidad, desde su invisibilidad todavía, pero habiendo concebido ya el universo. No sé, si como la misma palabra UNIVERSO indica, fue ese gesto vibrar con una frecuencia concreta al girar ( UNI= UNO, VERSO=VERSAR O GIRAR). Entonces llegó el Cuatro. Y ahí aquellas palabras que reza por ejemplo el Génesis, se oyeron en la nada: ¡HÁGASE LA LUZ!

No. No me he olvidado el dos. Lo reservaba, porque a partir de él todos los números pares tienen para mí un toque femenino, un propósito materializador, un oficio mantenedor de aquello que pergeña el Uno. Para mí es el Dos es … ¡¡¡ELLA!!! Siento a su través ese espíritu soñador de la madre embarazada de la vida, perpetuamente dispuesta a gestar y parir cada idea de la Gran Mente donde es y está, a dar lo que genere armonía, colaboradora esencial para que el Uno desee girar, se enamore de su generosidad y le pida a ella que ponga los medios para hacer real el sueño. Y cuando gesta no crea, sino que emana de lo suyo, para que se vea. El dos es el aliento amoroso que torna el fracaso en victoria, una veces callada, otras eufórica. El dos hace real al otro y permite compartir la dicha. El gozo que en su estado inicial existe sólo como idea, no incorpora a esa idea lo que la idea-corazón puede ser. En el cero hay gozo y hay corazón, sin expresar, sin que mueva nada, porque el cero es la nada que todo lo contiene, pero donde la experiencia de la idea no hace falta.

Pero hay otra idea en el Cero: quiere ser UNO, unidad y el uno, irremediablemente despertó al dos. Cuando la cabeza bulle de ideas, realizarlas se impone como irremediable. La fuerza del Dos se activa, y uno y dos se enamoran, para que nazca la voluntad de expresar y manifestar. Todo estuvo y está desde siempre, pero la magia que lo activa se llama tomar CONCIENCIA. La consciencia es la barita que inicia los procesos. A partir de aquí, nacen todos los números, hasta los imaginarios, los cuales son imprescindibles para crear cosas, pero desde la Aritmética son incomprensibles.

Aquel juego infantil de niña, buscando siempre, mirando mis sentimientos y sus por qués, apoyándome a veces en esta filosofía personal de los números, me permite comprender que cuando Dios dijo «hágase», se produjo una multiplicación de formas que la evolución explica, un universo múltiple, con mundos paralelos llenos de fantasmas: las invisibles consignas que adoptamos como forma de recibir amor.

Pitágoras hizo religión de las matemáticas, creo escuela como Jesús. Lástima que las subescuelas divaguen, tergiversen y pierdan el sentido original del Maestro. Pasa siempre. Pero podemos descubrir nuestros fantasmas y agradecerles los servicios prestados para dejarlos dormir eternamente y mirar nuestro corazón. Hay una verdad que se siente, que guía hacia la misma verdad y como Jesús contó, es en el pequeño recinto del alma donde se halla. Entonces el valle no es nuestro destino fijo, ni las lágrimas nuestro estado común.

A mí, a veces, me sirven los números. En todo caso, aunque los seductores prometen el Cielo, no todos los Cielos son el de Jesús. Y no te engañes, CIELO indica eso que buscas desde que naciste. Que la palabra Jesús no te confunda, aunque la usen muchos. Hay un Jesús de tu corazón cuya voz tú sí oyes.

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