Mi negación para la Aritmética emergió bien temprano. Tendría ocho años cuando una cuestión de conejos se atravesó en mi camino. No era gran cosa. El problema decía tan sólo que si yo tenía 6 conejos, cuántos pares de conejos tenía. Con demasiada frecuencia, mi madre, anteriormente profesora de Primaria, era requerida por mí con lastimera voz y un «¿me ayudas?». Las matemáticas tampoco eran su especialidad, pero la Aritmética sí la dominaba. Así que con exquisita paciencia comenzó a iluminar mi obtusa mente: de ninguna manera podía entender.¿Cómo el dos podía ser uno? Al pan pan y al vino vino, parecía sonar en mí y llamar a algo que eran claramente dos cosas PAR, pues… no las convertía en modo alguno en una cosa, conejos o puñetas.
La serenidad de una madre que creía que su hija era inteligente y las sucesivas respuestas que mostraban primero mi falta de entendimiento y luego progresivamente mi frustración y la suya, fueron borrando del rostro de mamá todo atisbo de comprensión y paciencia y su tono de voz se elevaba y se elevaba hasta que casi me gritaba, desesperada ante mi cerrazón. Comencé a llorar. Tardó unos minutos en darse cuenta de que verdaderamente no entendía nada, por más que me pusiera ejemplos, usara mis deditos o cualquier otro recurso pedagógico. Cuando ya segura de que lo entendía, volvíamos a los conejos: » A ver…, entonces si tu tienes 6 conejitos, ¿Cuantos pares de conejitos tendrás?» Mi respuesta invariablemente era: «Seis».
Hay un tiempo de nuestras vidas en que nuestra mente no distingue entre fantasía y realidad y se aferra a lo concreto de tal modo, que conceptos como TODOS, CERO, AYER Y MAÑANA o PAR, están totalmente fuera de su comprensión. En ese mismo tiempo el rencor no se instala, no hay amigos, pero tampoco enemigos. Y no hay pensamientos ocultos para revancha alguna, pues ese «TIEMPO» es el presente continuo y no se hacen planes. No existe moral alguna. Existe el amor y el anhelo de ser amado, pero bueno es lo que nos hace sentir bien y nada hay malo, porque el dolor incluido, todo cambia constantemente y uno está abierto a conocer y explorar la vida. Aun no se han extraído conclusiones, ni se tienen ideas preconcebidas conscientes.
Hablo de la infancia, UN MODO DE SER marcado por una percepción de la vida, radicalmente distinta a la que tendremos después. Y no se debiera idealizar ese estado, puesto que si la evolución lo coloca al inicio, debe ser porque espera que lo superemos. Los niños no son así por elección, ni pueden evitar serlo. Son felices con muy poco o con mucho, según se mire, porque su eje de medida es el amor. Pero también son egocéntricos de una forma salvaje. Tiene sentido, ya que están asentándose en un mundo desconocido y lo único familiar es lo suyo. Nada más suyo que hacer su voluntad. Y para eso vienen dotados de una irritante capacidad: El llanto. No hay razonamiento válido, ni suficientes caricias que equivalgan a aquello que demandan. Si se lo niegas, más que llorar, rabiarán con un volumen ofensivo, alarmante y socialmente inadmisible.
Desconozco otras realidades, pero la española, llamó al XX el «siglo del niño» y un país tradicionalmente poco considerado con los pequeños, pasó de creer que eran «locos bajitos» y tratarlos mal a creer que son Dios y se deben respetar todas sus inclinaciones sí o sí. Creo que es cierto. cada personita que nace ES DIOS. En él/ella se condensa la UNIDAD, el UNO sin PAR. Pero por más que los mayores descreídos consideren irreal lo imaginable, lo imaginado, y por ello lo «infinito» sea sólo una palabra, lo cierto es que lo infinito tiene mil rostros, formas incluso opuestas entre si, en apariencia, aunque ni todas las formas juntas niegan la unidad, ni tomar forma significa abandonarla.
Aquella indisposición y bloqueo con la Aritmética, no se extendía en mi infancia a la filosofía del número. Jugaba con los números en forma de naipes, porque en casa de mi abuela con quien pasaba cortas temporadas, no había juguetes. A cambio, sobre la mesa del cuarto de estar y al amor del brasero, el As se convirtió en un rey, o reina, el dos en una hija y el tres en hijo. Toda la corte la veía representada según su numeración, dando a cada uno un sexo y un oficio. Cada número evocaba para mí un mundo de ideas.
Con mi madurez llegó a mí el Tarot y la numerología, que por contrarias en principio que fueran con mi formación académica, no estaban tan alejadas del mundo Pitagórico con el que me había topado en mis años de estudio.
Tengo la certeza de que el sentido de la vida, la existencia de Dios y cómo salir del círculo vicioso en que vive el hombre y le trastorna, puede descubrirse en cualquier ámbito en que uno nazca. «Dios está escrito en todas partes». Pero para entender ese mundo que como infantes no necesitamos explicarnos y como adultos nos vence, yo empecé jugando con los números como si fueran personas con una función y un sexo.
Cuando el mundo visible anda tan complicado, seguir buscando en la filosofía aporta revelaciones que alivian ante el dolor que nos rodea.
