Pero ha sido tanto y tan grato, tantas las personas, los hechos y los regalos, que si ya pasado casi un mes no dijese nada, no haría justicia a la ilusión y el entusiasmo que muchos han puesto en cerrar conmigo una faceta de mi vida como lo es la laboral.
Creo haberlo dicho alguna vez. No he ido a trabajar nunca. Sí, estaba el madrugar, alguna vez que no se me permitió hacer lo que quería, algún disgusto…, pero en realidad ha sido un privilegio poder estar junto a grupos de menores de 6 años más de un cuarto de mi vida. ¿Trabajar? ¿Hacer lo que más me gustaba en la vida? ¿Verlos crecer, comprender más, expresarse mejor y tantos avances diminutos que la memoria no recordará, pero el alma anota con gozo? ¡Eso no es trabajar! Ver llegar mi nómina parecía una broma. «¡Ah, que por esto se paga…!». Algo así he sentido mucho tiempo.
Compartir tu tiempo con la infancia te mantiene alerta, impide que te adormezcas en tus ideas y principios, porque has de confrontar cada día la justeza de tus creencias, si para esta gentecilla dueña del porvenir tendrá sentido aquello que fundamenta tu actitud. Cada cosa externa a la escuela es susceptible de ser tema escolar y como un radar, buscas y detectas en el tiempo que no estas con ellos infinidad de posibles aprendizajes que convertirán en sorprendentes las horas de clase. Pero además, todos los pequeños que ves por la calle se tornan niños y niñas del «cole», de modo que el corazón se expande, el amor crece y estás a perpetuidad en un aula llamado Tierra.
Mis chiquitines me han enseñado tantas cosas, sus madres con su preocupación me han movido tanto, que por mucho que digan que he hecho, todos han hecho mucho más conmigo y me han dado mil veces más. A fin de cuentas fue egoísmo lo que hacía yo. Para poder dar clase contenta y feliz me hacía falta más tiempo del que marca el horario laboral y era casi una adicción mi dedicación a la tarea. Me hacían falta más cosas y las encontraba en cualquier parte. Lo importante era hacer las clases vibrantes, amenas, vivas… Esa era mi necesidad. ¡Qué felicidad cuando descubrí que si yo era feliz, ellos me seguían, que cuando a mi algo me aburría o no lo manejaba bien, ellos aprendían menos!
Hace unos días, casi un mes ya, pisé por última vez mis propias huellas en un camino recorrido infinidad de veces y supe que volvería, pero que ya nunca más sería su «profe». Una nostalgia profunda y unas lagrimillas en los ojos delataban que cerraba con amor una puerta que me llevaba a un lugar que amo y he amado mucho. Nada se borra, aunque no recuerde todo. Pero esas horas en corro en el suelo, cuando charlábamos sobre tantísimas cosas, son uno de los mejores tesoros que guardará mi alma eternamente. No tiene precio oír a una personita explicarse, opinar, proponer, decidir… Aunque lo mejor, y aún si ninguno nos dábamos cuenta, es el AMOR que compartíamos.
He tenido mucha suerte. Ser la profesora de una clase de Infantil, que empieza casi con bebés y acaba casi cuando son personas, no es más que VIVIR la VIDA en serio. ¡Por eso es tan divertido! Tres cursos de actividad continua, de reflexión en acción, de olvidarse de uno mismo. Ellos son lo importante. Tres años de observación, a veces para cambiar, otras para confirmar el acierto y otras para soñar novedades. Y muchas veces el gozo, porque el amor surte su efecto y las mentes se movilizan y desarrollan recursos antes dormidos y uno lo ve y salta el alma entusiasmada…
Lo mejor, actualmente en Educación, está en esas aulas llenas de ebullición que se llaman de Educación Infantil. Ahí no hay freno alguno a los sueños y se puede pisar la luna, construir un océano o ser piratas un rato. Se puede cazar un león, o discutir sobre si el Triceratops es más o menos fuerte que el Rex. Se viaja a todas partes, incluso al pasado, con naves invisibles o con una máquina del tiempo, como se va en un ave de cartón o se crea un circo de la nada. La riqueza de sueños, estímulos, y acciones convierten una clase de infantil en un universo de imaginación y experiencias tan rico, que por eso doy gracias aquí a Dios, a la Vida y a todos mis chiquitines por haberme mostrado qué magnífica es la Vida.

Sin embargo, esto no hubiera sido posible si no hubiese unos padres de esa gente chiquita, que hubiesen confiado en mí. Sobre todo hablaba con ellas. Pero también ellos, los padres, estaban ahí. Y uno sabe que esas criaturas son lo más valiosos de su existencia y sabe igualmente, que se separan de ellos unas horas a diario, sin conocer a ese adulto que va a dedicarles su tiempo, en teoría para enseñar letras y números. ¿Qué tipo de persona es? ¿Se encontrará bien mi hija con ella? ¿Qué ideas tendrá? ¿Será comprensiva? ¿Podrá mi hijo ser quién es?
No todo fue de color de rosa. Pero al cerrar definitivamente mi paso por las aulas como maestra, no puedo dejar de agradecer a tantas personas su confianza en mí. Lo repito: HA SIDO UN PRIVILEGIO tener tantos seres humanos diminutos junto a mí, en mí, y por eso, porque en mí van seguirán hasta mi muerte conmigo y más allá. Por eso:
G R A C I A S

