Los buenos y sus falsas creencias…

Hay buenas personas, personas buenas y luego además, las personas buenas, buenas. También las hay malvadas. Las que deberían preocuparnos son las que no se mojan, que no son ni buenas ni malas.

Las «buenas», en general, aún no saben que el universo, el mundo, la vida, no la rige el hombre. Por más poder que tengan, por más dinero que posean, aquí pasa sólo lo que sirve para cumplir un plan que no depende del ser humano. Nunca ha sido así, ni nunca lo será. Ese plan es sabio, amoroso, perfecto, aunque nuestras cortas miras y escaso conocimiento nos hagan creer que «esto se va a la mierda».

No es así, ni lo fue jamás. La vida es una y sigue su plan sin dañar, porque el daño sentido o intuido, procede de falsas creencias que crean nuestra visión de ella.

Desconocemos nuestro poder y capacidad de crear. Y es en la vida diaria, en los pequeños actos cotidianos donde duerme el secreto de la paz, de la felicidad, del bienestar, reposando bajo creencias equivocadas. Es una vana ilusión que podemos desvanecer. No es verdad lo que fundamenta nuestra visión propia y del mundo.

Creemos controlar, que programar evita fallos. Después, siempre hay sorpresas a pesar de tanto control. Tarde o temprano controlar no rinde, bien en lo material, bien en lo anímico, bien en lo espiritual. Surge la decepción, las experiencias fallidas, el dolor y el llanto. No sabemos, por qué si pusimos tanto cuidado, los resultados no obedecen a las expectativas .

Las personas buenas, buenas aprendieron a dejar a la vida ser y estar como viene. No son conformistas. En el fondo son listas, porque la verdadera paz, el bienestar interior, no dependen de nuestro control, sino de la confianza, de una fe, que hace aún ante la guerra, la muerte o el dolor, que te entristezcas, pero no que te hundas.

No somos islas, autónomos, independientes. Es una ilusión vernos separados, porque aun siendo distintos, únicos cada uno, somos una sola cosa.

No es cierto que cometamos «pecados». Aprendemos, evolucionamos y lo hacemos en el ejercicio diario de nuestra personalidad. Erramos, porque montar cualquier asunto significa probar para encontrar el mejor resultado. A nivel mental está tirado acertar. Pero la realidad llega y te pide más. Si a lo que no funcionó le llamas fracaso, error o pecado, pierdes la perspectiva, la visión completa. Quien te pincha y te molesta, el que te agota y te produce rechazo, es un elemento necesario para que comprendas, para que te veas en él. No es fácil, pero si posible. Entonces, sabes cuán acertado es que todo se exprese, aun si daña, porque tiene su tarea en el plan y todo surge del único que existe. Yo lo llamo Dios. Tú llámalo como gustes.

Puedes sentir miedo hasta que notas una mano invisible, que guía tus pasos. El miedo se va, la confianza te llena y concibes posible que seas Dios, que merezcas lo mejor. Eso sí. Lo mejor no es lo mismo para todos. Unos se conforman con respirar. Hay quien necesita lujo, hay quien vive feliz con casi nada. Pero temer …, ya sea una guerra que se anuncia, la pérdida económica, los actos crueles de los otros…¡no sé…cualquier cosa! Abierto a lo que te habita, confiando, pronto el miedo se disuelve. ¡Para ti! No para quienes siguen en la falsa creencia de controlar, desconfiar y estar solo.

Somos un todo con un programa. Un todo lleno de personalidades, todas imprescindibles. Sólo que el todo despierta de su muerte, de una vida pobre y sin sentido a su tiempo y poco a poco, zona a zona. ¡¡Estas invitado a la mayor fiesta que imaginar puedas!! …Una fiesta eterna de luz, paz y amor. Aunque requiere soltar el volante y confíanza. Hazlo y verás.

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