Caminaba, como tantas veces, rodeado de los suyos por las tierras de Galilea. De pronto, una figura en movimiento apareció acercándose de prisa, un mensajero: «¡¡¡Maestro, maestro detente, espera…!!! El Maestro volvió el rostro y detuvo sus pasos. Todos se detuvieron con él y el mensajero los alcanzó al fin.
-Dime muchacho…¿Qué ocurre?
-Maestro, Lázaro de Betania se muere. Apresúrate. Sus hermanas piden que vayas cuanto antes…
Jesús, seguramente agradeció al chico su esfuerzo. Pero a continuación, en lugar de responder con la prisa que parecía necesaria, entró en un estado de quietud que a los demás, que en mente ya se preparaban para acelerar la marcha hacia Betania, les provocó inquietud y más preguntas. Siempre quedaban preguntas junto a Jesús. Y Él tan sólo dijo:
-Dejad a los muertos que entierren a sus muertos.
Desde el momento de nuestra concepción estamos muriéndonos. Pasa que nosotros nos aferramos a los significados de las palabras y sólo llamamos «muertos» a quienes han perdido el aliento para siempre. Pasa que llamamos vida a un ajetreo constante lleno de desazón y penas, pasa que aún «estamos muertos», como decía Jesús.
La síntesis de la historia de Pinocho, habla de un ser que parece vivo, pero sólo al final de la historia consigue ser persona. Podría decirse que todo ese proceso que pasa por la infancia, la niñez, la pubertad, la adolescencia, la juventud, la madurez y la vejez es en verdad, el tiempo en que somos «de madera», cual Pinochos en busca de un alma. Se nos dijo además, que aquí no podemos alcanzar la dicha que Pinocho alcanza al hacerse de carne y hueso.
Pero a decir de Jesús, sí es posible la Vida en un mundo de muertos. Eso sí, no esa vida de correquetepillo y actividad irreflexiva que nos caracteriza, siempre ocupados en el mañana. ¿De qué VIDA estamos hablando?
Siento que consiste, en mucho, en entregarse al presente como quien se tira a una piscina y disfruta del agua entonces. Siento que hay una voluntad que rige y que sólo cuando nos oponemos a ella, sufrimos. Y siento que esa voluntad que es la nuestra, se fija aún antes de nacer, cuando nuestra consciencia se parece mucho más a lo que somos.
Uno puede dejar de «ser un muerto» en cualquier momento. Jesús lo repetía: EL REINO DE LOS CIELOS ESTA CERCA. Y cerca es cerca, no cuando pases al más allá, ni dentro de…¿Cuánto? Jesús da más pistas sobre ese Reino donde reina. Supone un yugo, es decir, hay un lazo que te une a Él, aunque recuerda que es LEVE. También dice que supone entrar por un camino estrecho…Es decir, que no es cómodo, casi se podría decir que aprieta. Por ello preferimos vivir muertos. No nos gustan la apreturas, sobre todo si requieren una modificación de nuestra conducta. Y sin embargo todo reside en nuestras ideas preconcebidas unidas a palabras encerradas en un significado. Cuando esas ideas cambian, la conducta va detrás.
La muerte vista de nuestro lado es un final. El cambio que conlleva «perder» a un ser querido nos impacta tanto, que se nos revuelve el alma, que aún sólo es nuestra en parte. Vista desde el otro lado, a decir de quienes han experimentado muertes clínicas, es una inmensa liberación y un nacimiento. Aquí lloramos. Allí celebran nuestra llegada.
Urge comprender que ese tránsito a otra forma de existencia no mata la Vida. Urge que borremos cuantas tétricas ideas van en nuestra conciencia unidas al morir. Urge comprender que la VIDA es una y esta activa siempre en mil manifestaciones…, unas visibles y otras invisibles.
Cuando escribo estas líneas se despide de la muerte un ser que amo y abraza la Vida. De hecho ya la abrazó antes de morir. La llamaron María y Jesús. Yo la conocí como Chules. Y para mí es un modo original de llamarse, que asocio con su carita. Ella quería VIVIR y eso justamente es lo que ha logrado. Para el mundo se muere. Para mi sigue viva, pero ahora con una esencia real. Jesús no la llamaría muerta.
María Jesús, Chulescita mía, gracias por las lecciones que nos has dado.¡¡ Únete a la luz que siempre fuiste!! ¡Te quiero!
