DAME OSCURIDAD. NO SOLO LUZ.

Naces y creces sin preguntarte sobre la historia que dio lugar a cómo es el tiempo en que vives y te acostumbras a lo que pasa. Te parece natural. Oyes a tus mayores quejas, críticas sobre los cambios que tú no percibes, pero ellos sí. En toda época hay una sensación de riesgo, de peligro, de que hay «cosas» que pertenecen a las tinieblas, al mal, al dolor o a la muerte. Es posible deducir que siempre hubo y hay oscuridad, miedo, aunque lo que provoca ese desasosiego varía según los momentos.

Siempre se rechaza el daño, no sólo físico, que ese suele ser corto. Es el daño del alma, muy influido por nuestra mente, el que tortura dentro y no es fácil que dure poco. Esto me lleva a creer que nunca es sabio pedir a lo externo que cambie, que si ha de haber cambios no van siquiera de cambiar nuestra personalidad, sino nuestros pensamientos, nuestra forma de mirar. El único cambio que evita ver un mundo en desorden radica en mi capacidad de comprender y ordenar mi interior.

Ya pocos creen en el Dios de las religiones. Dios, incluso desde la ciencia, se parece mucho más a una PRESENCIA inteligente, a una forma de amor que todo lo habita, que no depende de nuestra idea social de bien. Este Dios así concebido no es nuevo. Hace dieciocho siglos fue anunciado por un profeta: Jeremías. El Dios lejano del Cielo, dijo a través de él, que viviría en nosotros participando de cuanto nos ocurriera. Sólo que el hecho de que esté, si el hombre no lo siente así, no arregla nada. En todo caso, este Dios es luz y oscuridad, porque lo es todo.

Crecimos evitando, huyendo, repeliendo lo que creíamos que era mal, tinieblas y oscuridad. Y así nos va. Es como si naciésemos en una piscina en que la mitad del agua no está limpia y nadásemos siempre repudiando esa sucia mitad. Es imposible que » sucio y limpio» no se mezclen, porque ese agua es una unidad donde todo está conectado.

Con una mentalidad que sólo acepta una parte de la vida, continuamos encontrándonos con lo feo, lo oscuro, lo tenebroso. Pero un día nublado no tiene por qué ser «mal tiempo», una enfermedad no tiene por qué ser terrible. ¿Cuántos no resurgen de ellas como renovados?

Nací a mitad del siglo veinte. Aprendí que el Apocalípsis era un tiempo atroz, que ojalá tardase mucho en llegar. Pero hoy, hasta en la «tele» se habla de que vivimos en la Apocalípsis, que la cantidad de cambios, sobre todo tecnológicos, prometen un mundo que mañana nadie reconocerá, pero eso es lo de fuera. Si uno observa y siente, ve que ideas fanáticas y conductas dañinas se están quedando solas, en grupos de personas que las mantienen que ya no sirven. Esta cambiando nuestra forma colectiva de ver el mundo.

«He hecho un mundo nuevo» dice el capítulo 21 del libro del Apocalípsis. Hecho, sí, pero… ¿cómo? Como esa Presencia hace las cosas, como ideas renovadoras, amorosas sobre la humanidad. Ahora tu y yo podemos coger la luz y la oscuridad, reinterpretarlas, hermanarlas y sentir que no pasa nada por bañarse en aguas «sucias», que ellas son benditas también.

Podemos aceptar el odio y convertirlo en luz, el rechazo en aceptación, ver lo sufrido como un camino para abrir por fin los ojos. De joven me parecía una ironía leer a Jesús diciendo que el Reino de los Cielos «está cerca». Ahora siento que si yo miro con amor, TODO ES REINO DE LOS CIELOS, y lo que más me enseñó a verlo así, fue el dolor. Así que bendigo desde aquí toda forma de dolor. A veces nuestro sueño es tan profundo, que necesitamos oscuridad para ver.

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