Hemos nacido cual aves magníficas a quienes dijeron que no podían volar, porque no tenían alas. Sin embargo somos ilimitados, con un poder infinito…¡Si tan sólo lo creyésemos…!
No todo fue coartarnos, prohibir, hacernos creer que nuestro origen fue un error. También hubo siempre revelaciones, sueños, voces interiores que transmitieron la verdad de lo que somos.
La ciencia descubrió hace menos de cien años, que eso que llaman espíritu es realmente un vacío plagado de energía en forma de ondas y que esas ondas tienen la virtud de convertirse en diminutas piezas que se juntan de formas precisas y generan cuerpos visibles. Desde un virus a un astro gigante y por supuesto, también generan nuestro cuerpo. Dicho así suena frio, extraño. Pero ese vacío es en verdad amor del bueno, luz y unión. Antes solían llamarlo Dios. Jesús lo llamó Padre Bueno.
Ese vacío, al que antes pusimos el nombre «Dios», es entre otras cosas, un almacén gigante de posibilidades. Todas las posibles viven en Él. Desde la posibilidad de torturar o asesinar, hasta la de dar la vida por amor; desde la forma simple de una ameba hasta el cerebro humano. Como decía más arriba, nos han contado otras cosas…, aunque hay mucha información (si se busca) para poder percibir nuestras alas.
La palabra APOCALIPSIS sugiere amenazas sin fin, pero es un libro también llamado de la Revelación, una de esas fuentes de información de que disponemos. ¿Qué revela? Tras 20 capítulos de terror llega el 21 y comienza diciendo:
HE HECHO UN MUNDO NUEVO. ¡Hecho está!
Puede uno pasarse siglos buscándolo… Seguramente fuera. En la estructura social, en zonas particulares del globo, en el amor… Pasa que ese mundo está hecho en forma de posibilidad, como una semilla plantada en nuestro mas sincero interior y no es visible. Lo mismo que una idea aún por manifestarse, permanece esperando que le tengamos tantas ganas, que pase de idea a realidad.
¿ Y quién lo hará? Solemos pedírselo a los políticos, a los grandes hombres y mujeres, a Dios. Pero nosotros que somos la extensión de Dios en el mundo material somos los llamados a realizarlo. Dios ya puso la semilla. Nadie lo va a hacer por mí.
Dice también el capítulo 21 del Apocalipsis:
Y ENJUGARÁ LAS LÁGRIMAS DE SUS OJOS Y LA MUERTE NO EXISTIRÁ MÁS, NI HABRÁ DUELO, NI GRITOS, NI TRABAJO, PORQUE TODO ESTO ES PASADO.
¿De verdad?… ¿No habrá muerte?
Hace unos días decíamos hasta luego a María Jesús, amiga querida que se ha «cambiado de barrio». Ahora está del lado de lo invisible. Quienes la han despedido han experimentado una paz desconocida. Quienes sabemos que la vida se transforma, que matarla no es posible, no la lloramos. Nos emocionamos aquí y allá. Pero no hay desesperación por su transformación, ni duelo, ni malestar. ¡¡ Ella está VIVA!!
Si nos sumásemos a esta idea: la muerte como cambio de estado; si conociésemos mejor eso que llaman «muerte»…, ni los que se van, ni quienes aquí quedamos sentiríamos el dolor y el miedo que acompaña a menudo al morir. Ese Vacío, ese Amor, ese Padre del que somos manifestación pero sigue vivo en nosotros, tiene un plan y cuanto a nuestro parecer es un error, es la pieza idónea para conducirnos al descubrimiento de lo que somos. Si pudiésemos verlo así, el dolor y el miedo del que se va como del que se queda se desvanecería.
La Vida es eterna, es energía en transformación y hay que saberlo. Un día será una celebración de la vida morirse… Pero para que ese mundo nuevo se establezca hay que informarse de la verdad y hacer de la revelación apocalíptica una realidad visible. ¡Hecho está! Así que …¡¡AL TAJO!! ¡¡CONTEMPLA TUS ALAS!!
