Lo invisible y lo visible

En cuanto abres los ojos cada mañana, el mundo visible se convierte en tu realidad. Empezando por necesidades físicas más o menos imperiosas, hasta darte cuenta de que inicias otro día en tu mundo…, porque no nos engañemos, cada uno está en su mundo de sensaciones, percepciones, emociones, sentimientos y pensamientos. Y acostumbrados a repetir imágenes, sonidos, objetivos y proyectos, vemos sólo lo que (sin saberlo) construyó nuestra mente ayer, tan sólo aparcado unas horas por el sueño.

Durante dieciocho horas, hora arriba, hora abajo, nos convencemos de estar en ese mundo que creemos contemplar, pero… en realidad, es una proyección de nuestra mente. En él mueren bastante lejos los gazaties, el jefe te da órdenes, el tráfico es lento, tus afectos se mantienen y tu cuerpo envejece un poquito más. Crees ser quien maneja tu voluntad, que tal vez lograrás realizar alguno de tus sueños y empujado por los «debo» tratas de satisfacer tus obligaciones. Con suerte te gusta lo que haces…, con más suerte aún eres uno de los que se adapta sin mucho esfuerzo. Pero todo este día has estado convencido de la verdad de tu mundo. Lo que ves es lo que hay. Y tú estás al mando.

Hay un mundo invisible sin embargo, uno que sientes, pero no lo suficiente. La idea de que fuiste tu quien movió tus manos, tus pies, quien proyectó tu día a día, que fuiste tu quien rió o se enfadó, no es más que una ilusión. Te engañan tus sentidos, te ofusca tu mente, tu creencia no es más que en una ínfima parte lo real.

Nos enseñan bien pronto a distinguir entre fantasía y realidad. Se habla bien poco de las emociones. Se esconden los sentimientos por aprendizaje, y se colma de tal actividad nuestra vida, que el pensamiento se convierte en un lujo. Y nada de todo eso: emociones, sentimientos o pensamientos es concreto, tangible. En verdad son más un mundo invisible que visible, aunque ahora la ciencia puede detectarlos. Detectará donde pienso, en que sector de mi cerebro y tal vez un día capten imágenes de ellos. Aún así, nadie puede sentir qué y cómo siento yo ante mis pensamientos.

Y sin considerar lo «mío», hay aún un mundo mayor y a la vez diminuto, una fuerza, una energía que no tiene límites, a la que si te entregas te otorga la dicha de concebir todo como adecuado y bueno. Es eso que llaman «fluir con la vida». Es dejar de enfadarse. Es mirar y sonreír, incluso ante el mal, que entonces se torna oportuno pincho que empuja la realidad de todos. Esa «energía» que respira por mí, que mantiene latiendo mi corazón, es la corriente de río en el que apenas soy gota de agua, consciente de amar el río, la corriente y mi forma de gota.

Emanando de ese mundo invisible uno siente sólo una fuerza: el Amor y valorando cada átomo del mundo real, mi cuerpo se siente distinto, más lleno y aún lo que supone un esfuerzo, muestra sus bondades. Ya no hay «yo» propiamente dicho. «hay». A esa energía, a esa fuerza, a esa sensación de paz, es a lo que llamo Dios y es y está en el mundo invisible y en el visible…, sobre todo en ti, ya llueva o escampe. Siempre.

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