MIRAR

ATT0002De que color son las montañas

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Cuando uno contempla la vida, es fácil admirar la belleza y elevar el alma a través de ella. Yo miro ese árbol argentino multicolor o estas montañas casi imposibles y bendigo la tierra y con ella siento la existencia amable. Alabar lo bueno, lo bonito, lo dulce…ESO está al alcance de cualquiera.

Sin embargo suceden también otro tipo de cosas en el día a día. De pronto la perversidad se hace patente y junto a ella la tibieza, o la dependencia…Cuando llega lo feo, lo malvado, lo mediocre, entonces uno tiñe su mirada de negro…¡Al menos a mi me ocurre!

HAY OTRA FORMA DE MIRAR Y AL MIRAR DISTINTO, DE VIVIR DIFERENTE.

Dice un viejo refrán español: No hay mal que por bien no venga.

No es que haya viajado muchísimo. Algo sí. Y he visto a menudo que los refranes son idénticos en otras latitudes. Este además es uno de los pocos optimistas y constructivos.

Efectivamente. Mal y bien son polos opuestos de una misma cosa y uno puede optar por ver el polo negativo y ennegrecer su visión, o buscar dentro de tanto daño a ver que hay de positivo en esa realidad aparentemente tan triste.

Desde los tremendos acontecimientos de este último fin de semana yo me puse las gafas de ver MAL. Ví la hipocresía, el circo mediático, el abandono que se hace de ciertos países y grupos humanos, vi tibieza, muerte y dolor.

Ver eso no tiene mérito alguno. Es asequible a la mente menos reflexiva. Pero alguien me ha hecho ver que construir un mundo nuevo no se puede hacer con visiones clásicas, manidas, viejas…Hay que ser creativos y encontrar formas nuevas de mirar el mundo. Porque si soy capaz de mirar y ver alguna bondad entre tanto desastre y me mantengo en ver esa bondad y no el desastre, potencio el polo positivo. No habrá variaciones en repetir lo que siempre hacemos, es decir, lamentarnos.

Así que me he puesto las gafas de ver BIEN. He analizado estos últimos días y he descubierto que han ocurrido cosas fantásticas, porque fantástico es que la gente se una.

No importa si es por una hora, tres días o un año. La unión deja huella y quién sabe si alguna vez contagie más allá de un corto espacio de tiempo y en interés de todos.

También he descubierto otra cosa: Muchas personas han sentido de verdad el aguijón de la tristeza y han puesto sus mentes y corazones a reflexionar. Cuando todo va como la seda, cuando no hay piedras en el camino ni obstáculos, la humanidad sea de donde sea se duerme. Los diminutos conflictos diarios parecen gravísimos y de un grano de arena se hace una montaña. Sólo cuando algo verdaderamente transcendental sucede, algo que nos conmueve de veras, la verdad sale a flote y uno toma por serio lo que es serio y por nimio, lo que es una bobada. Sólo cuando la muerte nos recuerda que estamos de paso aquí, cuando el dolor es severo y profundo nos ponemos a afrontar el enorme malestar y salimos del sueño occidental que nos tiene idiotizados.

No es que quiera que sucedan este tipo de atrocidades, pero en el oscuro pozo de esta vida humana brilla el sol de la capacidad de MIRAR de nuevo nuestros actos y de preguntarnos si todo debe ser así, o quizás queda algo por cambiar.

La juventud a menudo cree que hay que cambiar el mundo. Yo lo creía. Lo creí hasta que comprobé que el mundo me estaba cambiando a mí.

NO, NO HAY QUE CAMBIAR EL MUNDO, uno a uno todos irán cambiando hasta ser capaces de manifestar el bien, agradeciendo al mal que lo sustenta, que se oculte.

Lo veo así: El hombre, la vida en la tierra, el universo, son como un árbol.

Bajo la tierra ocultas las raíces, sin las que el árbol no puede existir. Sobre la tierra a la vista el tronco y la copa llenita de hojas. ¿Alguien pediría que invirtiésemos los árboles, que mostrasen sus raíces? ¡Claro que no! Pero el árbol no es sin ellas y seguramente bendice su base, por más que vivan ocultas. Pues algo así podríamos hacer los seres humanos. Bendecir tanto el bien que queremos mostrar, como el mal que nos disgusta, comprendiendo que es mejor mirar y ver BIEn, dando gracias al mal que se oculta. Podríamos manifestar belleza y bondad, poner las raíces o el mal a cubierto, sin escupir sobre él.

Nada “es” en solitario. No es posible para el sol pararse, para que yo pueda vivir sólo con la luz del día. Los contrarios van indisolublemente unidos y uno ha de manifestarse y otro esconderse. Pero no en una cárcel maldecido y rechazado por todos, maltratado y olvidado. Nunca se puede dejar una parte despreciada, porque al final el odio generado desde la vivencia del desprecio acaba por sacudir y salpicar a todos.

¿Alguna vez nos daremos cuenta de que tu mal es mi mal y tu risa es la mía?

La verdad es que si este fin de semana ha servido un sólo instante para unirnos y para abrir nuestras conciencias, estoy segura de que los de Beirut, los de Bagdag, los de París, incluso los jóvenes muertos en Kenia, se habrán ido mucho más a gusto. ¡¡Para que decir si alguna conciencia se abre y además, queda abierta a partir de hoy!!