La primavera ha venido y nadie sabe cómo ha sido…

Como todo lo inmenso, como todo lo que es bello y dulce, nadie sabe a pesar de explicaciones que no faltan, qué cosa encendió ese cambio en el aire… ¡¡¡SI. HUELE A PRIMAVERA…!!!

Y sin embargo queremos pagar por vivir, por permanecer aquí, por cada logro que se nos brinda, aunque tampoco sabe nadie dónde reside la clave del éxito.

A día de hoy una amiga, una hermana, se recupera como el ave fénix de un error de los médicos que creyendo curarle la sarna, quemaron su piel y la dejaron el cuerpo convertido en herida…Otra, pasa un mal momento y otra cree que si no ahorra no tendrá dinero… Y uno mira a su alrededor y se pregunta:

¿REALMENTE NO VEMOS QUE TODO ES GRATIS?

La enfermedad es un guía, un despertador de las conciencias que camina de espaldas al bienestar, a sus propias inclinaciones y que creen, que lo que dicen periódicos y noticias acerca de la economía, o cualquier otro tema, es la verdad.

“Lo esencial es invisible a los ojos” decía Antoine Saint-Exupery en su maravilloso pero triste Principito…Y lo que sirve para saber y sentir es nuestro corazón, no sólo ese músculo que tiene su independiente sistema de funcionamiento a parte del resto de sistemas, me refiero también a ese CORAZÓN del que quien más quien menos sabe qué es cuando se menciona.

Con él es con lo que deberíamos pensar y reaccionar,  porque como también dice un viejísimo y oriental proverbio: ” EL CAMINO DEL CORAZÓN NUNCA SE EQUIVOCA”. Él percibe esa eternidad que se expresa con la primavera, que por duro y largo que sea el invierno siempre triunfa sobre los otoños y los inviernos…

SI QUISIÉRAMOS CREERLO EN SERIO…

Pero miramos las noticias, creemos las amenazas que expresan, tememos y olvidamos al niño/a que vive dentro aun confiado en la vida, en que la vida va a favor y no en contra a poco que dejes de creer en los vagos y pésimos anuncios, que el mundo mal llamado real apunta.

Son muchas las evidencias en apariencia que les dan la razón…Pero yo me atrevo a deciros que esas evidencias se apoyaron en negros augurios y pensamientos más negros, si cabe. Así crearon “su verdad”. Así, nos recuerdan que seamos sensatos, medidos, que hagamos como ellos…

Hoy os quiero contar la historia de otro padre y su hijo.

Son griegos, creo. Sus nombres son Dédalo e Ícaro.

Dédalo era un magnífico arquitecto. Tanto, que para encerrar a un peligroso monstruo el rey contó con él con la esperanza de que construyera un laberinto, en el que ahogar la vida de aquel ser dañino. Él, orgulloso del encargo, pidió ayuda a su hijo para completar tamaña empresa. Lo que ambos tardaron en descubrir es que el rey pretendía encerrarlos allí para que no pudieran desvelar como acceder al laberinto y liberar al monstruo, quien sabía con que fines malévolos…

Cuando Dédalo lo supo, concibió un plan de escape. Construyó con plumas de ave, que caían en su encierro y cera de velas que se les proporcionaron, unas alas maravillosas que les permitirían elevarse y escaparse.

Dédalo explicó antes de salir a su hijo cómo usarlas. ” No vueles alto en exceso, hijo mío, pues el calor del sol podría fundir tus alas y caerías sin remedio. Pero tampoco lo hagas en exceso bajo, pues te rozarías con la arboleda destruyéndolas también”.

Y Así padre e hijo, haciendo uso de sus alas, lograron volar y escapar.

Con lo que el padre no contaba era con el espíritu libre de su hijo y sus ganas enormes de libertad. Una vez que emprendieron el vuelo, Ícaro experimentó la más deliciosa sensación de poder y ausencia de presiones, olvidando los consejos de su padre. El Sol derritió sus alas y cayó al profundo mar, ahogándose. El padre horrorizado, herido y culpable, llegó a tierra para llorar eternamente la pérdida de su hijo.

Esta fábula habla de cómo las normas y reglas, la sensatez de otro coarta nuestro corazón, nos ahoga y mata toda innovación, todo conocimiento nuevo que cada generación e individuo trae. Habla de cómo oír lo caduco, lo que es experiencia ajena y añeja no vale para que vivamos, sino para matarnos poco a poco las ganas de estrenar cada día y sobre todo la primavera.

No es que haya que desoír completamente lo que dictan las experiencias pasadas. Hay que tenerlas en cuenta sí, pero no hacerlo cortando la inclinación que desde dentro pugna por salir. Las canciones negras no pueden ser nuestra ley. De serlo, nos ocurrirá como a Ícaro, que precisamente olvidó crearse él mismo sus alas y aceptó las de un viejo querido padre, que desconsideró su naturaleza diferente, pues el mundo del porvenir no es del padre, sino del hijo y para ese mundo las “cosas paternas” no son las idóneas.

SOLO SENTID LA PRIMAVERA e INTERPRETADLA A VUESTRO AIRE, porque nuestra vida no es una amenaza, ni los medios tan cortos y escasos como rezan los diarios.

 

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