ATENTADO EN EUROPA

Sembrar viento es una excelente forma de recoger tempestades, del mismo modo que cuando siembras zanahorias no salen espinacas. ¿¡Elemental verdad!?

Uno recoge lo que siembra…¡Es tan evidente!

Sin embargo el hombre lleva sembrando rechazo, crítica, rumores, insultos, desprecio, prohibiciones…, desde que dejó al mono atrás.

 

¿¿¿Y esperamos que con esa siembra la cosecha sea de paz, disfrute, armonía y respeto???

 

Hace a penas unas semanas España se levantaba enrabiada, porque lo que ha sido una de nuestras mayores fuentes de ingresos, el turismo, no está respondiendo a nuestras expectativas. En Barcelona, concretamente, las protestas ciudadanas iban en aumento.

Ciertamente aparecían usos incívicos en los extranjeros: desde defecar en plena calle enseñando el culo, a follar en un banco cualquiera. Habían perdido totalmente el respeto y molestaban. Mucho.

Media Catalunya lleva años clamando por una independencia, que no se les facilita.

Me pregunto si esos dos elementos están como parece desconectados o por el contrario apuntan en la misma dirección.

El respeto no crece como las setas. Se gana, se inspira y desde luego no se impone. Cuando hay personas que no muestran respeto cabría preguntarse si hemos sido capaces de respetarles nosotros primero y nos hemos ganado su respeto, o bien tenemos lo que merecemos.

Mientras el turismo era sólo dinero, el slogan: Spain is different, nos parecía hasta gracioso. De repente algo ha cambiado, porque el turismo se ha masificado y hacer el agosto ya no resulta tan rentable socialmente a un país de pillos como el nuestro.

Lo extranjero molesta. El rechazo a sus costumbres se evidencia. Y nace un instinto reprobador, separatista, que ha evolucionado hasta ser un odio progresivo ante quien no hace lo que yo, viste como yo, o se muestra como yo. ¿Será esa la clave?

Antes el extranjero nos traía una perspectiva del mundo distinta y queríamos lo de fuera. Hoy nos llamamos europeos y exigimos de quien antaño admiramos, comportamientos respetuosos con nuestras costumbres. Pero entre ese tiempo y este hemos empezado a desdeñar lo foráneo, a separarnos de ellos y la tradicional acogida española ya no es tal. Es desconfianza y recelo. Ahora nos sobran, aun si son la gallina de los huevos de oro para nuestra economía.

También el separatismo a ultranza de un otrora condado del Reino de Aragón, que hoy cuenta la historia un tanto sesgada para decir que ellos nunca fueron españoles, apunta al rechazo de un país que ha contribuido a su bienestar.

Si mirásemos dentro de nosotros mismos puede que reconociésemos un instinto, que aparta al que nos negamos a ver como uno de los nuestros. Da igual si se trata del turismo o hablamos de una Catalunya libre y ajena al suelo Español.

Bajo el deseo de separar hay lo mismo, sean turistas o la división territorial.

En los dos casos se rompe la unidad,  vamos contra otro, ya se  llame turista o español. Ahí se enciende la chispa que termina por atentar contra la vida de niños, ancianos, de madres con bebés, de gente que pasea. Les arrastra una bola iniciada con la protesta que no busca salidas amables antes de cosechar dolor. Vamos contra una evidencia: SOMOS LA HUMANIDAD Y NUESTRA RIQUEZA ES NUESTRA DIVERSIDAD.

Es paradójica la respuesta de miles de personas ante el palo recibido. Taxistas que no cobran. Hoteles que ofrecen habitación gratis. Personas que sujetan a un desconocido ensangrado, como si fuese su hermano biológico…

¿Y ese extraño, ahora casi muerto, vale más que minutos antes cuando sólo era un extranjero?¿No sería posible esa amabilidad antes de la devastación?

¿¿NO PODRÍAMOS VER amablemente LO DIFERENTE sin despreciarlo o cuestionarlo antes de que la bola cause muertos sin freno, heridos sin número??

Amar a quien te ama, ser amable con quien contigo lo es, lo hacen también los terroristas cuando no matan. Y no somos un ápice mejores que nadie, en tanto para sacar la compasión y la piedad de dentro hayamos de recibir una patada que borre la vida humana.

Llevamos milenios dedicados a enjuiciar comportamientos y a separar mentalmente primero, socialmente después, a quien no se conduce como yo. Llevamos plantando rechazo y odio toda la historia y repito: SE RECOGE LO QUE SE SIEMBRA.

¿Por qué nos cuesta tanto ver que estamos sembrando el mal cada vez que el rechazo mental o social aparece?

Ante lo que es tan sólo distinto, desconfiamos. Y de ahí en adelante lo distinto se torna rápido como el rayo, desprecio. El desprecio quiere separar lo despreciado de nuestro lado y una vez que los mandamos FUERA de nosotros…, ya hemos sembrado “vientos”.

¡¡Es hipocresía tirarse de los pelos luego, cuando el sunami nos arrebata lo que queremos, léase : La tranquilidad, la vida, las costumbres, o un hijo!!

Cada ser humano es único y luchamos por parecernos más y más. Potenciamos usos que nos hagan creer que “estamos dentro”: Somos “elegidos” de entre muchos otros a los que nuestros usos no les van. Nos acostamos a las mismas horas. Vamos de vacaciones a los mismos sitios. Compramos el mismo coche. Usamos los mismos modelos de zapatos, peinados o ropa. Hacemos las mismas dietas. Nos operamos las mismas partes del cuerpo. Aspiramos a ser el tipo del anuncio…TODOS IGUALITOS….”DENTRO” del sistema.

Un día nos coge una depresión galopante. Hemos olvidado que yo no me parezco a ti y que eso lejos de inconveniente es una suerte. Y la desesperación por ocultar lo que soy ignora, que mientras fui tu copia durante más de media vida, no fui consciente de qué brutales podemos ser con quien rehúsa copiar.

Nuestras miradas de asco y la actitud de nuestro cuerpo al hacerlo…, los  gestos separándonos del que actúa o viste de otra forma… Un lenguaje mudo marca y pisotea a los que un día hartos de desdén, de altanería, o de menosprecio, se juntan en una acción  destructiva.

El rechazo siembra el mal y llevamos una eternidad sembrando su semilla. Sólo da un fruto: EL DOLOR más lacerante.

¿Cuando beber desmesuradamente y molestar al vecindario se volvió aceptable para las autoridades que podían frenar comportamientos escandalosos? ¿Cómo hemos llegado a extremos que impiden una vida ordenada?… Porque para hacer nuestras necesidades ya el hombre primitivo se apartaba del grupo, lo mismo que para aparearse. La solución no está en las autoridades,las sanciones y multas.

Rechazar o ir en CONTRA DE no es la semilla de la paz, la armonía o el respeto. No hay lucha sin heridos de una u otra naturaleza. Una batalla no provoca cordialidad.

Y me pregunto:

¿¿Y si para variar donde hay odio siembro comprensión y aceptación incondicional??

¿¿SERÍA POSIBLE QUE SEMBRANDO LO QUE QUIERO RECOGER PUEDAN EVITARSE LOS ATENTADOS??

Berlín, Londres, París, Barcelona….Suma y sigue.

Europa lleva rechazando años acoger refugiados por si nuestra preciosa economía se derrumba. Los musulmanes llevan siendo objeto hasta de burla por su vestimenta desde hace mucho. Los negros como vendedores ambulantes nos valen, pero no como pareja de nuestros hijos. Nuestros bancos colaboran en la venta de armas. Se forran, pero cuando vienen a usarlas a la nuestra contra nosotros, los llamamos MALDITOS. No nos engañemos, porque los negocios los hacen los bancos con nuestros ahorros.

Es hipócrita sí, mucho, rasgarse las vestiduras si nos matan mientras estamos de vacaciones conduciendo por una rambla para causar el mayor daño. Es la cosecha de nuestro silencio, del desprecio al diferente, de la actitud ante quien de inversión pasa extranjero deplorable.

Si siembro zanahorias, no saldrán espinacas.

Yo siento el niño muerto en Barcelona, la persona que no volverá a ser la misma y toda vida cortada por actos vandálicos. Pero igualmente siento, que si sembré separación en lugar de unidad, no puedo recoger más que muerte.

Es invisible el crecimiento del odio, difícil ver su progreso, pero no menos contundente  por ello. Sólo puedo recoger otra cosecha si al que no es o actúa como yo le acepto como vecino.

Si somos capaces de tanta humanidad tras un cataclismo, deberíamos valorar si no sería más conveniente anteponer esa HUMANIDAD al mazazo y sembrar respeto para cosecharlo, sembrar amabilidad para cosechar amor.

No hay otra manera de que atentar contra la vida deje de ser una radical y bestial forma de protesta.

Poner la otra mejilla es difícil de llevar a cabo, cargados como estamos  de derechos, de exigencias, de soberbia… Quizá sí tengo derecho a pasear por la ramblas de Barcelona, Londres, París o Berlín sin morir…

Pero…

¿Fue eso lo que Europa sembró todo este tiempo de atrás?

 

 

 

 

 

 

 

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