HACE FALTA TIEMPO. ¡Para todo!

Me casé para siempre. Pronto nuestro barco empezó a zozobrar. Si no había tormenta la creábamos nosotros. Y eso mi idea del amor era idílica y de la pareja también. Tras nueve años de convivencia reuní  el coraje suficiente para separarme de él. Catorce años después, con la perpetua sensación de haber dejado algo inconcluso entre nosotros, un agujero negro donde debía sumergirme, reanudamos la convivencia por cinco terribles años más. Una agresión puso punto y final al tiempo juntos, por más que ambos sabíamos de la fortaleza de nuestro amor. Meses después murió.

Tenía que entender su papel en mi vida y no paré hasta hallar una causa justa y convincente para mi corazón. Entonces, el ser que cara al mundo había sido el mayor de los desastres empezó a crecer en mí y comencé, no sólo a sentirme absolutamente reconciliada con él, sino a descubrir que hay que ser muy grande para aceptar vivir una vida miserable y aún así, por amor, atreverse a vivirla.

Descubrirlo me llevó en total treinta años. Muchas veces me pregunté porqué necesité tanto tiempo para comprender, para alcanzar la paz… ¿ No podría haberlo comprendido antes, haberme ahorrado tanto sufrimiento?

Pues, parece que no. Las grandes hazañas, lo que es esencial, lo que uno no quiere volver a perder jamás para tenerlo plenamente consciente, no es flor de un día. ¡Es cuestión de raíces!

Cada día me gusta más comparar al hombre con un árbol. No hay árbol fuerte cuyas raíces no sean muchas y sólidas. No están pensadas para dar su cara al aire, sino para vivir en la oscuridad de la tierra, en un lugar que mancha, que no huele especialmente bien, que recoge las heces de todos los animales y donde se pudren las hojas. Pero ahí, ellas hacen su trabajo y son felices.

Igualmente, nosotros tenemos un inconsciente oculto, unas raíces, y como en un árbol salen antes que las ramas y hojas, pero NO se ven. Hay un árbol, el del bambú, que tarda siete años en aparecer y en 30 días alcanza los seis metros. Se me hace que nos parecemos mucho al bambú. Pasan meses, años, a veces toda una vida. Pero de pronto aquello que tanto quisimos, por lo que tanto sufrimos, lo que parecía un sueño y que jamás conseguiríamos, mira uno atrás y comprueba que está en su corazón.

Tal vez somos impacientes. Tal vez cuenta demasiado lo que vemos y oímos y no nos damos cuenta de que mantener la llama encendida, por fuerte que sople el viento, merece la pena.

Yo sueño a Dios como mi amado y me impaciento a menudo por lo que tardo en ver mi cara en la suya. Pero quizás es porque este árbol necesita mucha raíz para sujetar un árbol tan poderoso… Y no importa la cara que el mundo me muestre. Se tarda bastante en reconocer, que por tenebrosas que resulten, hay que tomar consciencia de que sin raíces, no hay árbol y merecen tiempo y aplauso.

 

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