Hace tiempo que para mí, el mundo se ha convertido en una unidad, invisible por un lado y visible por otro.
Actualmente, mires donde mires, busques en el país que busques, lo visible habla de incoherencia, desorganización, afán de lucro, corrupción…Cuesta mirar un atardecer, que sigue siendo precioso, sin verse rodeado del dolor de la guerra, de la provocación, o del mal por el mal. Si, a veces uno sabe que ha podido herir sin proponérselo y el mal actúa rápido contra ti. Pero existen momentos en que el mal te asalta sin mediar un acto nuestro que justifique su aparición.
Claro, que si lo miras por otro lado, está el mundo invisible, ese donde las personas ayudan sin preguntar; donde el bien agradece al mal su presencia, sin que por ello el mal se convierta en costumbre. En ese mundo que pocos perciben, no hace falta un desastre para recibir en tu casa al que lo necesita, para dar sabiendo que das de lo de todos, no de lo que llamamos nuestro. No existe la desconfianza hacia el otro y cuando das, sabes que lo que das al otro a ti mismo te lo das, aunque se lo coma él.
El visible podría llamarse el mundo del miedo. El invisible se llama mundo del amor.
Se diría que uno puede elegir a qué mundo quiere pertenecer y es más que posible que tú como yo, quieras elegir un mundo donde reina la fraternidad, donde renovar la confianza borra el efecto de todo agravio, donde construir belleza es fácil y donde sonreír y reír son dos acciones cotidianas… ¿Qué nos frena para hacer visible ese mundo y cómo terminamos creando un mundo visible de dolor y daño provocado? Hay una causa: no somos libres, porque en lugar de ponernos «las gafas» de ver todo relacionado, unido, nos ponemos las de buscar culpables, las de aumentar nuestros complejos y hemos perdido la fe. Fe en la VIDA, fe en el HOMBRE, fe… en nosotros mismos.
Nada se rompe, por mucha destrucción de que seamos capaces. Sólo lo pasamos mal. Fatal. Y sin embargo, estamos llamados a SER, a encontrar la Vida en nosotros, a ser capaces de ver cada día ese mundo «invisible», que sólo espera que creamos en él y lo creemos. Para lograrlo no estaría mal empezar por poner amor, donde nos parece que brilla por su ausencia. Es una cuestión de valorar lo pequeño, valorarnos nosotros y reconocer que, hasta en la muerte hay mucha belleza.
No va a venir nadie a salvarte, a salvarnos. Esto se hace uno a uno y…sin desfallecer, por negro que lo veas. Es tiempo de crear ese mundo que ya brilla en nuestro corazón. Y se empieza con los de cerca.
