EN CASA

lo last050

Os presento a Miau. Es mi gata!! Mi amorcito…, hoy. Sí, porque hubo un tiempo que era dificilísimo relacionarse con ella.
Hace años tuve una de esas tortugas que crecen, aunque durante mucho tiempo creímos que serían enanas siempre. Era cuestión de darles espacio. Yo llegué a tener un acuario hecho exprofeso para ella, de 40 cm por 80 de base. ¡¡Una burrada de acuario!!
Pues bien, cuando llegaba el verano nos mudábamos a una casa con un patio chiquitito, donde estaba segura, tenía su piscina y sombra bajo los tiestos que lo adornaban.
Montones de veces entré con cuidado, hablándola suave y la respuesta descorazonadora para mí, era que mi tortuga huía… Más o menos como “Miau” cuando era pequeña.

Un día de aquellos tuve un sobresalto. ¿Y si yo era para Dios lo que la tortuga para mi? ¿Y si Dios se me acercaba del modo más exquisito y yo huía como mi bicho?

Hay una fase de la existencia en que ni siquiera huímos. Simplemente, NO LO PERCIBIMOS.
Miramos a los cielos sin ver y protestamos por los escollos del camino sin apreciar en cuánto valen. Somos, como mi tortuga, seres necesitados de amor desde lejos. Y entonces, Dios que lo sabe, permite que le busquemos fuera, en los astros, en los templos, en las imágenes…

Más tarde, lo sobrenatural nos sobrecoge, ignorando que la vida misma es sobrenatural. El mismo hecho de concebir un niño/a es una rareza, por más que nazcan millones. Sobrenatural es que unas fuerzas equilibradas sostengan la Tierra en el espacio, o que del roce de restos de estrellas con el aire surja un fenómeno tan bello como la aurora boreal. Yo estuve una vez con mi hijo bajo un tren en marcha y salimos ilesos. Sé que como estos, vosotros podéis aportar mil y un ejemplos de hechos sobrenaturales. Pero en cuanto tocamos el mundo del más allá…¡Ay! El miedo nos agarra los nervios y nos paraliza.
En nuestro fuero interno sabemos que es precisamente descubriendo, lo natural que es lo sobrenatural, donde hay que moverse. Y Llamamos, pedimos, buscamos…images

Lo que pasa es que buscamos… ¡Fuera! Y resulta que “fuera” NO EXISTE.

Imaginad un proyector, quien lo vigila, una película y una pantalla. Necesitamos poner nombres a las cosas para hablar de ellas y referirnos a ellas. Pero Dios no habla. Dios ES. Y es el “lugar” o casa donde está todo: el proyector, el que lo cuida, la película que se emite y la pantalla. TODO EN UNO.
Las películas cuentan de guerras, traiciones, aventuras, amores, …Y en las películas hay personajes. Nos metemos en la película y tenemos la sensación de movimiento, de acción, de visitar los polos, o Australia…Y sin embargo ES SOLO UNA “PELI”. Quien se mete en el film es Dios, que al entrar en él parece ser muchas personas, aunque siempre es el mismo.

Quienes habitamos la tierra nos sentimos a menudo solos, lejos de una felicidad que intuimos posible, pero la realidad niega frecuentemente, y explicamos la existencia como un camino que empieza en el nacimiento y acaba con la muerte. ¿Y donde sucede todo eso?

Hace más de 5000 años existió una gente que se llamaban a si mismos nobles, que eran hospitalarios, generosos, respetuosos con la vida en todas sus manifestaciones y en fin gente bondadosa con propios y extraños. Se les conoce con el nombre de ARIOS. A pesar del apelativo, tienen poco que ver con los nazis, salvo porque ellos también buscaron al hombre ideal, si bien por la vía de la crueldad y no de la aceptación incondicional como los “arios” a quienes me refiero.
Ellos concebían la divinidad como un UTERO, que generaba en si la vida en sus múltiples manifestaciones. De modo que en la divinidad existía por así decir una parte, una parte femenina capaz de dar a luz a cuantos elementos y seres se pueden contemplar. Y dentro de ese mismo útero, existía todo lo que nosotros llamamos “mundo” o universo.

Visto de este modo, a la pregunta que me hacía más arriba: “¿DONDE SUCEDE la infelicidad, el miedo, los acontecimientos de cualquier naturaleza, el famoso
camino… ?”, habría que responder que dentro de ese útero, el cual a su vez está en Dios.
Y se me ocurre que entonces no hay camino, ni viaje (otra palabra que se usa para hablar de la vida), se me ocurre que siempre estamos en el mismo sitio, aunque la apariencias y las categorías humanas hablen de al menos dos mundos, el que pisamos y el del más allá. En verdad, la idea se la tomo prestada a una muy querida amiga…

Pero…, suya o mía es cierto. NUNCA NOS HEMOS MOVIDO DEL MISMO MUNDO.

Esta afirmación puede ser clave.
Muchos creen que el mundo es el enemigo, por ejemplo la Iglesia católica. Y en general nos cuesta admitir que cuanto nos parece perverso de este mundo, provenga del mismo género humano al que creemos pertenecer. Es algo así como si este no fuese nuestra casa. Nos sentimos amenazados y nos aseguramos hasta los dientes, porque no somos de aquí…¿Vendremos de otro lugar?
Sin embargo si el mundo, el universo, es nuestra casa, si forma parte de un útero madre de cuanto hay, en verdad siempre hemos estado en nuestro hogar.

Al margen de metáforas de la vida y comparaciones con salidas, y llegadas, simplemente no hemos caminado ni un ápice y nunca salimos de la Casa del Padre.

Entonces.. ¿Cómo explicarme la reacción de mi gata, de mi tortuga o la mía propia con Dios?
Os lo contaré así, como lo siento y lo veo yo:
Un día dormía yo en casa y comencé a soñar…
El sueño se fue haciendo denso y me sentía cada vez más material. Olvidé que dormía y creía estar despierta, al tiempo que mi sueño me aprisionaba más y más.
En él pasaba ratos amables, pero también vivía momentos tremendos y desgarradores. Tanto, que deseaba despertar con todo el alma sin lograrlo. Gracias que escuché una voz, más bien una vibración y recordé que estaba en mi hogar. Fue entonces cuando abrí mis ojos y me eché a reír feliz.
¡¡Había sido una bonita experiencia!!
Mi tortuga nunca despertó, sigue en su sueño. Mi gata, sí. ¡¡Tendríais que ver como nos queremos ahora!!
Ahí está la clave, en poderlo amar todo. ¡¡Pero del amor hablaremos otro día!!

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