MAESTROS Y MAESTROS

A lo largo de mi vida la palabra “maestro” ha ido tomando diferentes sentidos.

De niña era una palabra en desuso. A mis maestros del “cole” les llamaba profesores, no maestros. En mi juventud oí la famosa frase que dice: CUANDO EL DISCíPULO ESTÁ PREPARADO EL MAESTRO APARECE y ahí ya no era ese señor o señora que te suelta un rollo y que pocas veces te interesa lo que te cuenta. No. Este “maestro” era un sabio, palabra que a su vez suele remitir a al concepto de persona erudita.  Pero erudición es para mi tener una prodigiosa memoria, ser una especie de enciclopedia viva, que siendo importante, no refleja la clase de sabiduría a la que yo aludo.

La sabiduría a la que me refiero es al conocimiento que nace de haber hecho espeleología con uno mismo, haber penetrado en lo profundo de las cuevas del alma propia y emerger con el respeto al otro y el firme propósito de ser amor para el que se te acerque. En todo caso un maestro de esta última clase, es alguien que te lo puede poner difícil, pero que se presenta con cara amable.

Después “maestro” empezó a ser otra cosa. Todo aquel que me enseñaba, no importa en qué forma, se convirtió en mi maestro. Y aquí el abanico de seres que merecen ese nombre crece.

Maestra/o es ese compañero de trabajo al que la vida te impide eludir. Lo tienes cada mañana junto a tu puerta, al lado de tu mesa, te fastidia, te produce aversión a veces, te revuelve las tripas, pero no hay modo de librarte de él. O es ese ser al que un día viste como el ideal para compartir tu vida, pasan los años y una mañana te confiesas a ti mismo que te equivocaste, que no era ella, o él, porque “te hace imposible” la armonía y la paz interior. O es ese hijo, que de bebé te parecía el colmo de la belleza y del amor, te derretías con mirarlo y hoy, te derrites de rabia por no saber cómo puedes torcer su voluntad, sólo un poquito, parar sus continuas faltas de respeto y encauzar esta relación filial que se ha vuelto destructiva. También es esa amiga/o que te saca de quicio, que te pide ayuda y nunca se deja ayudar, que compromete tu tiempo y cuando te vas te preguntas: ¿Y para esto he dejado yo de hacer esto y lo otro, para perder el tiempo?

Sí. Ellos son  los maestros que te convierten en el crisol donde se templa el alma y a fuego lento te obligan a buscar nuevas salidas a las situaciones, a encontrar en uno mismo recursos de los que no se sabe poseedor y que al final de un tiempo, tan lago como la propia ceguera estime, te hacen buscar ternura y comprensión donde hubo rabia. Ellos son en verdad los que te hacen crecer, los que ineludiblemente te abren heridas. Y uno no puede seguir vivo y herido mucho tiempo. Necesitará un bálsamo primero y luego se verá confrontado consigo mismo, iniciando la propia bajada a sus cuevas internas.

Hay una actitud muy humana que busca el bienestar. Quienes por su apreciación de la vida que “les ha tocado vivir”, no pueden encontrar un chispito de luz, o bien se suicidan, o bien contraen enfermedades que les arrastran lejos de esta tierra. Los demás que sufren, han encontrado en el sufrimiento un modo de sentirse. La autocompasión, el entonar el “pobre de mi” funciona bastante bien para muchos y son capaces de aguantar una vida entera, protestando al cielo que les ha puesto en tal situación. Pero incluso esa actitud de dolerse por “su destino” les trae cierto bienestar cuando lloran.

Aunque uno no puede vivir siempre en el dolor y aceptar que eso te ha tocado y punto. Llega un momento en que te preguntas : ¿POR QUÉ A MI?

¡¡Ah!! ¡¡Cómo me gusta esa pregunta!!

Decía una canción que “hay que doler de la vida hasta creer que tiene que llover a cántaros”. Pues para mi, esa pregunta es el inicio de la lluvia que fertiliza el campo del corazón. Y Una vez limpio tu aire de nubes y neblinas grises, descubres que el otro no es así de desesperante porque él/ella sea mezquino, ruin, egoísta o cualquier otro atributo afectivo más a menos fuerte. NO.

¿No os ha pasado contrastar la opinión propia con la de otro acerca de una persona que ambos conocéis y que ese otro te diga muy sereno: “¡Ah! Pues a mi me cae muy bien”? Te quedas atónito. ¿Cómo es posible si es una zorra o un gusano? ¿Es que me dedica a mi lo peorcito de su personalidad?

Yo no he entendido esto durante mas de media vida. Mi natural encanto me ha llevado siempre a ser amable, a no devolver los golpes, a ser eso que se denomina “una buena persona” siempre. ¿Era educación o talante de mi forma de ser? No lo sé. Tampoco importa. Lo que ocurría es que yo siempre perdía, me zurraban y yo iba a por más una y otra vez.

Pero tengo un maestro, tuve la suerte de toparme con él en mi vida y él me enseñó algo que muchos psicólogos conocen. Se llama el mecanismo de las PROYECCIONES. La primera vez que te llega noticia de ello, piensas que hay que ver lo retorcidos que son los psicólogos. No obstante te explican y empiezas a mirar todo con otra visión.

Funciona así: En tu ser hay partes que salen hacia fuera que uno “promociona”, otras que permite y acepta como pequeños fallos, fallos admisibles por comunes y luego hay un fondo desconocido de cualidades con las que de ningún modo uno se siente identificado. Tan es así, que las guardamos en el inconsciente. Uno no puede aceptar que vive un asesino dentro. Uno no puede aceptar que vive un avaro, un soberbio, un espíritu ninfomaníaco, un vago redomado….¡En fin un modelo de si mismo que en nada se parece a lo que uno quisiera ser! Poned adjetivos: Metijoso, cobarde, cotilla, lo digo por no llegar a los más terribles.

Cada ser humano es un ser entero. Lo lleva todo dentro, pero no lo sabe. ¿Qué modo tengo yo para conocerme? Pues me convierto en proyector, y lo que yo jamás interpretaría, lo interpreta otro para que yo lo vea. De modo que cuando esa persona confidente que conoce a tu “enemigo” opina tan diferente a ti sobre él/ella, es porque tu enemigo es la pantalla que te proyecta a ti y sólo a ti. Y mira tu por dónde, no sólo no es tu enemigo, ese, esa, es en verdad tu MAESTRO.

Encontrar al sabio que te guíe no siempre es posible; esos maestros son esquivos. Pero estos otros, estos que te dicen lo que hay en ti que tu no aceptas, esos que te aman sin saberlo ellos mismos, pero te aman sin lugar a dudas porque se prestan a que los odies para dejarte ver lo que también eres sin saberlo, de estos estamos rodeados. ¡¡Y menos mal!! ¿Cómo si no podríamos hacer espeleología y conocer lo que habita en lo profundo?

Pues bien. Un día uno se da cuenta de que por no aceptar lo que hay, que todo es mío, por juzgar como mal lo que está aparentemente fuera, vivo obligando a alguien que me ama a pasar malos tragos. ¿No podría empezar a comprender que no hay ningún mal, que hay fuerzas positivas y negativas en mi, todas valiosas? Si de una vez somos capaces de aceptar simplemente la vida, sin colocar cartelitos a los que nos rodean, que son mis pantallas, nadie necesitaría ya recoger y expresar mis proyecciones.

Hace apenas unos días que estoy empezando a vislumbrar que el mundo de proyecciones indeseables tiene los días contados para el que mira la vida y ama. Además, dentro hay tanto buenísimo por expresar…

Es sólo una propuesta, pero si descubrir que lo que proyecto era mío me cambió la vida, este paso añadido, sumado a aquel, puede que borre definitivamente el sufrimiento de mi existencia y os lo cuento, por si también os parece una buena opción.

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Amanece la paz en mi corazón. Es un comienzo.

Seguiremos profundizando…

 

 

 

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