EL YO DE CADA UNO (2)

No se puede resumir en dos capítulos qué es el YO de cada uno. Ni lo pretendo. 

Es sólo que necesitaba hablar de la oscuridad y no de la luz un rato, porque sé que para hallar la luz uno no puede prescindir de la oscuridad.

Oí que la aparición material de cualquier cosa nace de un SÍ y un NO. Y le dí algunas vueltas al tema. Luego tuve que concluir aceptando que es así, aun si no somos conscientes de ello. Por ejemplo: Si tengo entre mis manos una bola de barro con la intención de convertirla en algo, de todas las formas posibles diré sí a una, y no al resto. Entonces la bola se convertirá en una madre con un bebé en brazos, y no será un coche, una casa o un guerrero por mencionar otras posibilidades. Esto que así se ve muy claro es igualmente válido para nuestra personalidad. Uno elige qué cualidades tendrá y quedarán sus opuestos fuera del campo de acción.

Un caso: Yo escogí ser sincera. De modo que la mentira y la falsedad se ocultaron. Sí, porque no es que desaparezcan. NO. Sólo se convierten en partes que uno no muestra. Pero estar, están. Y te identificas de tal modo con esas cualidades elegidas, que el día que surge su opuesto en ti, quieres morirte. Es imposible reconocerse falso o mentiroso cuando has hecho de la sinceridad tu bandera. Lo mismo cabe extender a cualquier otra característica. El generoso no acepta que vive un avaricioso en él. Al humilde no le convencerás de que en su fondo duerme un soberbio de narices y así sucesivamente.

Pero si somos ENTEROS, seres completos a imagen de Dios, necesariamente todo está en nosotros. Y lo más sorprendente por raro que suene, no es toda la mugre que creemos almacenar oculta, sino toda la divinidad que ni soñamos poseer.

En mitos, en leyendas, en filosofías varias…El hombre habla de sí, y me refiero al hombre- especie, no al varón, imaginando un viaje de ida y vuelta. “Salimos” una vez de un estado, lugar o forma y nos transformamos para recorrer el mundo de los sentidos, el mundo sin más. Pero no permaneceremos eternamente en él, sino que hay una llamada interna a la felicidad que identificamos con una vuelta al estado inicial. Bien es verdad que NO VOLVEMOS COMO NOS FUIMOS… Hemos recorrido un camino para traer a este mundo un reconocimiento, para decirle que es válido, que cumple su función y que a nuestros ojos es sagrado, a pesar de las a veces terribles apariencias.

Vamos a dejar volar la imaginación. ¡Ha llegado el momento!: Abandonamos el mundo y accedemos a otro estado del ser. La vuelta a casa se ha consumado. Damos tambaleantes los primeros pasos en esa dimensión de la existencia y lo primero que sentimos es una oleada de amor, de comprensión, de dulzura y acogida que nos maravilla. ¿Merezco yo esto? ¿De verdad yo puedo recibir todo lo que siento, esta paz, este abrazo sincero…?

Esto no es imaginación.

Según la teoría de los lamas del Tibet es lo que cada uno experimenta un segundo después de morir, de abandonar su cuerpo. Y por absurdo que resulte, la gran mayoría responde a esas preguntas con un NO. No. No merezco tanta virtud, tanta dicha, tanto sosiego…Lo que a continuación ocurre es que dejamos atrás ese estado de gozo y justo ahí se inicia el mayor de los hundimientos personales, con una fuerza tal que permanecerá toda una vida. Luego buscaremos “rellenar ese vacío” con amores, amistades, cosas, experiencias y siempre la SED de aquello vivirá como un fantasma adherido al alma sin jamás saciarse.

Tal vez si a lo largo de nuestra vida hubiéramos buscado TODOS LOS OPUESTOS… Sí, porque si yo me reconozco perezosa, vive oculta en mí una mujer super activa. Si yo me llamo cobarde, vive en mí una mujer valiente que nunca admití que existiera. Es decir: No sólo oculto “lo malo”, también me privo de lo bueno y parte importante de eso bueno es EL AMOR QUE PUGNA POR SALIR, el Dios que vive en cada ser humano. Quizá si empiezo a creer que soy mucho y bueno, cuando afronte ese otro estado del ser y viva esa realidad que no es de este mundo, pueda sentir que lo merezco, y me quede definitivamente en la casa que un día me vio nacer como ser humano.

HAY UN JUEZ IMPLACABLE EN EL CORAZÓN DEL HOMBRE QUE NO LE PERMITE SER MÁS QUE EXCELENTE Y CUALQUIER ACTO MENOR A LA EXCELENCIA, LE PARECE UN ERROR.

Ese juez te maldice por no dar el do de pecho, te mira con rigidez y enfado, pues ese color que quería ver en ti no es el que llevas puesto.Sin embargo el hombre está hecho de muchas partes, de muchos colores e infinitos tonos. En un lugar de mi cada una de mis formas, conductas o características son dignas de toda apreciación. ¡Qué pena que con esa parte divina no nos llevemos! Si, porque ni mal ni bien nos llevamos. Simplemente la desconocemos.

Buscar el tesoro que soy, me puede llevar a verlo en los demás y lo que llamé sus errores, o vicios, perderán de inmediato su fuerza a la luz del amor que en verdad SOMOS. ¡Claro que eso supone que deje de ver enemigos por doquier, que tome conciencia de que nadie me hace nada, que cuántos me molestan, me dañan o me atacan, están colaborando a mi despertar!

Y daré un ejemplo:

Me casé con un hombre que reunía todas las peores cualidades según los modelos sociales.

Era vago y se gastaba parte de su salario en su vicio; era inseguro y por ello muy celoso; era peleón y autoritario si le dejaba; era un padre despreocupadísimo; era mentiroso y violento; era alcohólico…La vida junto a él fue con mucha frecuencia un continuo de discusiones valdías, de soledad y preocupación casi constante, de inseguridad económica total…Sobre el papel y a la vista de los criterios del mundo era un absoluto desastre.

Pero esta idea poco a poco se difuminó tras su muerte. A las dos horas de morir pude verle. Pensaba decirle muchas cosas bonitas, pero sólo pude casi gritar varias veces una palabra:GRACIAS.

Sé que parece absurdo. ¿Con la cantidad de mal trato que de él recibiste y le das las gracias? Sí. Definitivamente SI. Él aceptó un ingrato papel para vivir junto a mí, olvidado de que el era un tesoro. Yo crecí como ser humano gracias a su complicidad, a abordar soluciones, a intentar de mil formas la paz, crecí tanto que aprendí paciencia, tolerancia, comprensión y muchas más cosas que aun seis años después de su muerte voy descubriendo y sé que se las debo a su participación tan difícil en mi vida.

Mi marido ha de ser un gran alma, una de esas que hace un rol de perverso para que otro, yo en este caso, comprenda de qué va esto. No se trata de sacrificios, abnegación y dolor, sino de hallar a Dios en uno mismo. Y para eso los aparentes “enemigos”, son lo mejor.

 

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