Dios

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La niña que vive en mí es un ser curioso: lo quiere saber todo de todo, qué mueve a las personas en sus relaciones; por qué llueve o por qué hay una ranura determinada en un objeto y para qué gastaron energía en hacerla; qué lleva a un primate a chillar o a una planta a dar flor… Saber qué hacía yo aquí en esta tierra, qué o quien hizo lo que yo veía era vital para mí.

Mi madre me enseñó a decir:

” Jesusito de mi vida eres niño como yo, por eso te quiero tanto y te doy un beso”.

La palabra final es corazón, pero ese vocablo no tenía contenido aun. Así pues lo sustituí por algo que para mí  expresaba amor. Y esa fue creo, la primera noción que tuve de Dios. Me debieron decir que era el creador…

Verdaderamente no recuerdo haber vivido nunca sin Dios. Solía yo decir que otros podían negar su existencia, pero negarlo yo era como afirmar que una habitación no tiene paredes, caminar hacia cualquiera de ellas y chocar siempre con la realidad de que sí había muros. Sentía a Dios como la verdad que no puede ignorarse. Está y traspasa cada uno de tus actos.

Hay quien considera una suerte creer en Dios. Puede. También era y es una responsabilidad. Expresarlo en nuestro mundo es como gritar a los cuatro vientos tu código de conducta cristiano pues y quienes te juzgan, es decir todos, exigen de ti lo que ellos entienden por bondad. Ojo, si tus actos se desvían de esa moral. Caen sobre ti como buitres, te piden cuentas, te señalan lo que se entiende por correcto, como si ser bueno tuviera un único aspecto de todos conocido…

Primero Dios era un anciano venerable y acogedor, entre nubes. Alguna vez comprendí que esa imagen no podía cuadrar con un ser infinito, perfecto, todo poderoso y eterno. Pero la sensación al hablarle era idéntica. Conocía la existencia de su plan y aceptaba cuanto me ocurría como parte suya, hasta que tras una charla con una amiga sobre ovnis, me entró miedo. De golpe y porrazo su protección, su amoroso cuidado sobre mí se desvaneció. Viví horas muy amargas pues, si no había Dios…¿ Qué sentido tenía la vida? ¿Para qué portarse bien si no había Cielo?

Aun así, yo no podía hacer ni devolver el daño. Poco a poco recobré la base de mi vida, o sea : A Dios. Sin barbas ya, le percibía tras cada acto ajeno o propio, en la naturaleza, impregnando la vida de si. ¿He dicho cada acto? No. Sólo los buenos. La maldad era monopolio de un personaje llamado Diablo y Demonio.

De adolescente sentí que la condena eterna que pesaba sobre él no podía mantenerse en la infinitud del tiempo, que Dios precisamente a él era a quien más ganas tenía de perdonar. Porque…¡Claro! Los actos de maldad había que lavarlos con un detergente llamado PERDÓN.

En todo caso Dios vivía cerca, pero no en mí y para que pudiese “entrar en mi casa” ( ya me habían enseñado que yo no era digna de ello), un intermediario debía perdonarme por no portarme bien.

Dios lejos. Dios fuera. Dios en su Cielo, pero jamás en mí.

Ya adulta, llegó a mis manos un libro. Se las ingenió para que lo leyera, como si me persiguiera. Trabajaba en el registro de una biblioteca pública. Llegué una mañana y un gruesísimo volumen en número de más de 15 libros reposaba sobre la mesa de una de mis compañeras. Eso llamó me atención. Pero vi la imagen de la portada. Era un santo. De modo que retiré mi vista de ellos. Las imágenes de santos me provocan malestar. Tras ellas hay oscuras historias, dolor y la devoción instintiva de personas que las besan, se las frotan por el cuerpo y hacen de la imagen un ídolo casi. Todo ese cúmulo de impresiones adheridas a ellas me repelen desde niña. Así que no me acerqué como solía a hojear sus páginas por si me lo llevaba a casa para leerlo. Trabajar en una biblioteca pone a tus pies miles de textos, un mundo ingente de información. Giré en sentido contrario y me dirigí a mi mesa.

Días después trabajé en el departamento de reparaciones. En él insertaban una guía metálica en el lomo de cada libro, además de forrar de plástico adhesivo cada ejemplar. Había allí una enorme mesa para los tres o cuatro seres que hacíamos tal tarea. Mientras cogía el libro, lo volvía de inmediato para leer en la contraportada la síntesis del contenido, sin mirar la portada. Era una lectura veloz. No me permitían entretenerme. Cogí un pesado libro en el que pude  leer:

” Cristo no es una persona. Cristo es un estado del ser”.

El impacto de esas palabras fue brutal. Jesús Cristo ¿No era una persona, habitante de Israel en los albores del siglo I, la única hasta entonces que podía añadir a su nombre esa otra: CRISTO? Giré el libro como hipnotizada y entonces contemplé el rostro de Jesús…, ese que eludí mirar si quiera, sobre la mesa de mi compañera.

Este libro lo escribe Baird Spalding. Se llama ” De wijzen van de Oost”en neerlandés, que traducido viene a ser “Los sabios del Este”. No se ha publicado en español, creo. Fue durante las tres semanas que me llevó leerlo la conmoción más grande de mi vida.

Contaba esencialmente el viaje de varios científicos en busca de la verdad de objetos famosos del mundo oriental con propiedades milagrosas, que pretendían investigar. De él sobre todo me impresionó sobre manera el encuentro que viven con Jesús y las palabras que les recomienda decir:

“YO SOY, o bien YO SOY DIOS. Y si no te atreves di al menos YO PUEDO”.

Dicho por Jesús, resultaba fácil. ” Tu puedes decirlo. Eres Dios” …Pero …¿Yo? ¿Iba yo a ser capaz de creer de veras que yo era Dios? Todo mi ser se revolucionó. Mis esquemas religiosos se hicieron añicos. Decía incluso:

” Mi madre y yo agradecemos infinito la bondad y devoción de quienes nos piden interceder ante Dios por ellos. Pero mejor harían buscando a Dios en ellos mismos”.

¡¡Era una revolución interna absoluta!! ¡Los pelos se erizaban! ¡Cómo iba yo a osar creer que el desecho de persona, la pecadora impenitente que yo creía ser fuera…, nada menos que el propio Dios.

Mi alma cobarde guardó estas y otras palabras de aquel libro, hasta comprender que la naturaleza de quien lo es todo es informe, sin cuerpo concreto, y al tiempo es cada cosa que miro, cada roca, cada planta, cada animal y por supuesto, cada ser humano que contemplo. Y tomé conciencia que Dios no tiene boca, ni piel, ni ojos, ni nariz, ni oídos, aunque habla y come, toca y roza, ve y oye y huele a través de nosotros.

El mundo cambió al constatar que las manos que yo llamaba mías lo eran suyas…Todo mi cuerpo sentía una energía fortísima, dulce y expansiva, innegable, inigualable, cuando mis ojos se llenaron de lágrimas de agradecimiento pues no sólo mis manos eran de golpe divinas. Yo, tantas veces indigna, cuyos actos, pensamientos y sentimientos eran reprobables, supe sin lugar a dudas que era de Dios, Dios mismo presente también a mi través en la tierra.

Era inaudito sentirme elevada al rango de divinidad mientras las cosas junto a mí eran como siempre. Todo igual salvo que Dios ya no vivía fuera, ni lejos…Yo era su expresión entre tantas. Su voz, sus oídos…El gozo interior era casi imposible de sobrellevar y aunque la mente revolvía buscando casar aquella certeza con cuantos datos anteriores tenía dentro, nada podía evitar lo que yo sentía con una potencia reveladora total. Un nuevo mundo se abría para mí.

Me costó volver a lo de cada día, a las disputas en casa, al quehacer cotidiano. Pasó bastante tiempo hasta casar ambos mundos…, hasta sentir que cada ser humano es un puente entre lo visible y lo invisible y que el viejo demonio no sólo iba a ser perdonado. Sus actos han sido necesario estímulo para descubrir la verdad y por tanto no necesita perdón quien es simplemente una tarea divina para cumplir un plan invisible, que reposa sobre la belleza, la paz y la bondad más absolutas.

Ahora no soy buena para ir al Cielo. El Cielo ya no está lejos. Soy yo, una de las mil caras de Dios.

TODO ES INOCENTE bajo la faz de la tierra…

 

 

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