¿Un mundo mejor? ¿No sera otro, uno nuevo?

Los varones por sello de su naturaleza, han de competir. Competir sirve para seleccionarse entre sí, de modo que sólo sean los mejores genes los que se transmitan. Es una característica de los machos. Esto puede parecer doloroso para el perdedor, pero… ¿De qué le serviría al mundo natural, por ejemplo, leones incapaces de defender su familia…? ¿Qué repercusiones podría tener una manada de leonas que no pudiesen parir y criar seguras a su prole? Posiblemente afectaría a toda la pirámide animal e incluso a la vegetal, pues se multiplicarían los herbívoros, desbastando las hierbas y bosques.

Tendemos a sentirnos superiores a los animales y no es que lo seamos, es que nuestra función en el conjunto de la vida no está dirigida como especie al desarrollo de lo animal en nosotros. No somos sólo animales, somos seres dotados de la capacidad de CONSCIENCIA.

Un león no mata para matar, sino para cazar su alimento. Lo hace sin saber por qué, ni para qué lo hace. No es consciente de su habilidad, de sus cualidades, sólo de sus “movidas emocionales”. Siente, aunque no pueda reflexionar sobre lo que siente, ni pueda redirigir su conducta o su ánimo para sentir otra cosa.

Pero que estemos votados cual barco a la mar para ser CONSCIENTES, no significa que hayamos dejado de ser también instintivos, ni que observemos nuestras conductas o concentremos nuestra atención en un logro casi nunca. Solemos dar por sentado que…:”La vida es así”.

El mundo es desde hace mucho masculino y no es de extrañar que la competitividad se autoalimente, casi sin darnos cuenta.

Ahora bien… ¿Qué supone competir?

Supone dar por sentado que hay un “lo más”, algo MEJOR que lo otro. Y precisamente porque pensamos, discernimos y podemos reorganizar nuestras emociones para descubrir otras más constructivas, deberíamos recordar que NADA SOBRA en la naturaleza. Del mismo modo no hay un hombre o mujer mejor que otro. De hecho no aprovechar el tesoro único que cada ser trae es lo que empobrece nuestra sociedad.

También por lo mismo, no hay tarea mejor o peor. Hay personas que tienen más aptitudes o menos para una labor y si algún día somos capaces de esperar a que nuestra juventud elija, de formar su juicio crítico para que aprenda a seleccionar e ir dejando ocupaciones que no les conmueven, conseguiremos que TRABAJAR no sea un sacrificio, sino estar sana y satisfactoriamente ocupados.

A lo largo y ancho de nuestra historia hay un canto en el alma del hombre que pide libertad, júbilo, paz…Y tradicionalmente, la sangre joven si se lo permitían, era la esperanza de un mundo “mejor”.

En nuestra época ese canto resurge con mucha fuerza y yo reconozco en mí esa voluntad antaño, de crear un mundo de seres libres y felices, un mundo mejor. Para ello parecería obvio que hay que cambiar este mundo porque resulta ser un error continuo. Creo haberlo contado. Ahora que soy vieja, el mundo no ha cambiado, pero yo si conviviendo con él.

El legado de nuestros mayores no es desastroso. Miramos a menudo hacia atrás y percibimos que tras las dos guerras mundiales, a pesar de conflictos bélicos frecuentes de menor trazado geográfico, han existido muchos movimientos en busca de ese mundo MEJOR y lo que hay no es todo desechable ni mucho menos.

Debajo de ese deseo humano bienintencionado subyace una idea: LA PERFECCIÓN.

Parece que nos es imposible crear un mundo perfecto. Aunque… ¿Qué época fue perfecta? ¿Qué pueblo ha conseguido una estabilidad tal que se nos haga deseable imitarle?

Me preguntaba a menudo qué me impedía ser perfecta. Uno tiende a querer materializar la perfección y si bien a nivel de lo material, de lo físico, sí hemos logrado obras perfectas, bellas además y útiles, parece que la cosa que se nos resiste está en otra parte.

Está en eso que nos hace humanos: La observación y el juicio sobre nuestras emociones, de las que hay un resultado evidente, es decir, la conducta.

Nos decimos imperfectos. Presumimos incluso de que tenemos defectos, algo así como fallos de fabricación…

Pero yo creo en la naturaleza de las cosas. Creo que la vida no es fortuita y que cada ser es el producto de lo que en física cuántica llaman el FACTOR”Q”.

El factor “Q” viene a ser un diseño que sigue un desarrollo y un plan exquisitamente dispuesto, para que cada acumulación de átomos que forman moléculas, de moléculas que forman tejidos, tejidos que sostienen órganos y órganos que se organizan en sistemas dando como solución final la aparición de uno de nosotros. Y no llega con taras como si de una fabricación en masa se tratase.

El problema estriba en que nos empeñamos en parecernos unos a otros, que seleccionamos conductas e incluso emociones como aceptables, rechazando otras que si están será porque tienen su uso y no porque haya errores en nuestro diseño personal.

Ya en los primeros años aprendemos a reprimir estados de ánimo, a ocultar algunas emociones como la agresividad pongo por caso.

De no disponer de agresividad no habría fuerza que nos sacase del sueño cada mañana. La agresividad es una energía que tiene grados como el termómetro. En grado sumo puede contribuir a que matemos, en otros grados es vitalidad en ejecución. En la prehistoria servía para cazar, como ahora le sirve al león. Hoy matar es una distorsión primitiva que resurge ante tanta opresión, tanta represión como la sociedad impone, porque no hallamos otro cauce para ese río de energía que somos nos gustemos o no.

Un día decidimos pasar de tribu nómada a grupo asentado en un lugar concreto y vimos la conveniencia de darnos leyes que regulasen nuestras emociones. Eso estuvo bien y nos hizo progresar. El asunto clave es que las reglas debieran ser continuamente revisadas y no se hace. Todavía arrastramos diez de esas, que publicadas hace milenios, son aun el patrón madre de nuestra convivencia civilizada.

¿Cómo puede estar una regla aun vigente tras milenios?¿Cómo es posible que con lo que las circunstancias han cambiado Moisés siga dictándonos qué si y qué no hacer?

Los diez mandamientos atribuidos a Dios, eran un reglamento dispuesto y útil a una comunidad numerosa, de viaje por una zona desértica, hace la friolera de unos 5.000 años más o menos.¡Y anda que no ha cambiado el panorama!

Allí ROBAR era hacer de uno, lo que de todos era. Si algún descontrolado tomaba para sí de los víveres y se comía raciones que se repartían entre todos, se le llamaba ladrón y la séptima de esas leyes o reglas era brutal con el ladrón: se le cortaba la mano. ¿Cruel? No lo creo. En esas circunstancias era necesario respetar lo de todos, compartirlo, pues lo contrario podía significar la extinción de aquella comunidad que buscaba un terruño que llamar suyo para asentarse.

Ahora hacemos constantemente de uno las posesiones de todos a cambio de dinero, que no es siempre resultado del propio esfuerzo, reconociendo la propiedad privada sobre el interés de la gente y encima llamamos robar lo que el Lute hacía: Coger una gallina para alimentar a su hambrienta familia. Si hubiéramos de obedecer a esa ley cuyo significado se ha alterado tanto, las grandes fortunas no podrían sostenerse hasta que todo hombre tuviera una base de inicio para sobrevivir aceptablemente. Luego, es verdad que no a todos nos apetece ser millonarios y que ya sabemos que el bienestar no es sinónimo de felicidad, ni de paz interna. Y también es cierto que no todos tenemos tantas necesidades creadas y ya hemos aprendido que menos es más muchas veces.

El caso es que todas esas reglas podridas por obsoletas, por ineficaces, son junto a otras de mayor calado porque están ocultas en nuestra costumbre, las que determinan la perfección. Es una perfección absurda de base, pues nadie es capaz de mantener siempre tales reglas en su efecto inmediato, que es la conducta. No obstante son el fiel de la balanza para juzgar a los otros y lo que es más destructivo: a uno mismo.

Hay leyes adheridas a la conciencia humana incumplibles, que por ser como se supone que hay que ser socialmente, intentamos cumplir. Se nos crea una sensación de culpa y miedo a ser descubiertos, precisamente por llamar perfección a seguir esos patrones de conducta.

Son como un uniforme. Uno se lo coloca aun si le aprieta, le pica el tejido, le ahoga o incluso le queda grande o pequeño. Son como unos zapatos pertenecientes a nadie, que a todos nos hacen daño, pero nos empeñamos en ponérnoslos cada día hasta destrozar el pie. Y con los pies heridos, llagados, NO ES POSIBLE CAMINAR, ni construir nada. Sólo amargarse queda.

Cuando hablamos de ese mundo mejor estamos en el fondo pensando en un mundo donde esas leyes de Moisés se cumplan. Es como si supusiésemos que todos deberían llevar ese uniforme, es decir: SER BUENOS, vivir según esa concepción de la vida.

El hecho de que ninguna sociedad humana lo haya logrado debería sacarnos de la equivocación de que según esas reglas, sea posible un mundo mejor, donde nadie proteste, todos sean dóciles y mansos y se conformen con que unos posean lo que es de todos. ¡Y encima lo manejan a su antojo egoísta siempre e interesado!

Los poderosos nos han vendido una forma de vida que ni en Grecia era justa.

Sólo los ciudadanos y sólo los hombres, tomaban decisiones en la Grecia que creo el “gobierno del pueblo”, definición de democracia. Ni campesinos, ni  soldados, ni artesanos, ni los intelectuales si quiera podían decidir. Decidían eran los cuatro próceres, los ARISTOCRATAS, viejos y acostumbrados a una vida muelle, fácil. Ser CIUDADANO era un título que llevaban muy pocos…Y sólo votaban los ciudadanos.

Por otro lado las formas actuales de este sistema tampoco son útiles para que gobierne el pueblo. Y además, si uno ha de ser sincero, yo como persona del pueblo, por ejemplo, no podría dirigir la economía de un país, aunque sabemos que la organización de la vida en común requiere de gente capacitada para ocuparse de según qué cosas. Todos no podemos dedicarnos a todo. Hoy en día sólo las madres amas de casa tienen ese abanico de ocupación múltiple.

De cualquier forma parece que soñar con un mundo mejor no es viable si no corregimos ese afán de mantener reglas y usar sistemas políticos menos malos que otros.

Estoy convencida de que lo que hay que crear es un mundo nuevo.

Nuevo significa que sepamos qué quiere cada uno, que estemos dispuestos a SER lo QUE SOMOS CADA UNO, porque hasta ahora colocarse el uniforme sólo nos ha hecho daño.

Cada ser humano ha de poder expresar lo que necesita, lo que siente y sacar de sí lo que es.

Esto no pide una revolución política. Es una revolución humana, personal, que cada uno lleve en sí mismo a cabo, logrando quitarse el uniforme sin oír la crítica y sin miedo. No se acompaña de manifestaciones por las calles a favor o en contra de nada. Sólo hay que ponerse a favor de expresar lo que llevo dentro.

El mundo NUEVO no depende de leyes, de políticos o de circunstancias que no está a mi alcance variar. No puedo eliminar del tercer mundo el hambre, pero si dar de comer a mis necesidades personales, si me empeño en ser YO y no parecerme a nadie. No soy igual a nadie y pretenderlo nos ha dañado la fe y la confianza en uno mismo.

No. Nunca habrá un mundo mejor. Habrá copias de muchos intentos de mejora. Pero lo único que yo puedo mejorar es mi estado. Puedo mejorar mi capacidad para ser yo misma.

Si en la naturaleza es cada cosa lo que es y todo se autonutre a la perfección, tal vez copiarla y ser cada uno como una especie única, traiga por fin la paz a nuestra alma.

En el mundo animal por cada depredador hay una presa. En el mundo humano, ambos, depredador y presa viven en nuestro interior. Dar cancha a ambos y encauzar sus energías, sería una buena forma de autogobierno y con gente autogobernada, los estados necesariamente reflejarían el orden interno de sus ciudadanos.

Un mundo nuevo, uno que empiece por uno mismo, sin exigir a otro lo que yo no puedo dar, esa sería una buena salida para ser perfectos. Perfecto es lo que cumple su función, funciona y da satisfacción. Perfecto no puede seguir siendo ponerse el uniforme. No hay persona 10. Sólo si somos tan testarudos que escogemos ocultarnos por si no nos gustamos como somos, seguiremos esperando un mundo mejor que nunca mejora.

Valor y al toro. Eso se dice en el mundo taurino y en esto el toro es nuestra valentía para atrevernos a ser lo que siempre hemos sido: ÚNICOS.

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