¡¡Es normal ser feliz!!

En el siglo XIII un sabio oriental, un lama, se tomó la molestia de analizar de que formas nos sentimos los seres humanos. Había y hay un dicho en su país, que dice que hay 3.000 estados posibles, entendiendo que el número es simbólico y equivale a “chiquicientos”, o lo que es igual, a infinitos. Decidió resumirlos en 10. Partió del 5, al que llamó ESTADO DE FELICIDAD, atribuible a cualquier ser humano en condiciones “normales”. Decía que ese es nuestro estado básico: SER FELICES.

¡¡Qué diferente de lo que aparentamos…!!¿Verdad?

Uno circula por la calle a pie o en vehículo y sólo ve caras serias, curiosamente en un mundo, el nuestro, donde TODOS tenemos techo o casi, todos tenemos alimento al alcance de la mano o casi, donde si te enfermas hay un médico cerca y donde disfrutamos de opciones de ocio infinitas…, o casi. ¡Y mira tu por dónde las caras no reflejan a pesar del estado de normalidad FELICIDAD!

Lo corriente es que pocos o ninguno, esté conforme con su cuerpo, su personalidad, su salario, su vivienda…

El gordo aspira a la delgadez; el alto se queja de que se le ve mucho; el guapo echa en falta la lucidez; el rico no puede prescindir de según que cosas; el pobre quiere tener millones…La casa del otro es siempre o casi, más bonita…Y así podríamos seguir enumerando cosas que EL OTRO SÍ TIENE Y YO DESEO TENER.

Es raro encontrar a alguien satisfecho justo con lo que tiene, que no se opone a tener más u otras cosas, pero que ya con lo que es y lo que tiene se siente bien.

¡Es fácil ser feliz cuando miras tu pequeño mundo y te admiras de la belleza que has podido crear, de tu orden, de tu gusto por tu trabajo, del salario que ganas…Y miras tu cuerpo y te dices: No es de modelo, pero es el mío y me vale, me gusta como es…!

¿Pero cuántos pueden suscribir eso?

En vez de valorar lo que tenemos, organizarlo de otra forma, percibir la pequeñez y aplaudirla, hemos optado por desear lo del otro.

Hay un viejo cuento, que dice que una mujer se enteró que Dios estaba en un almacén y fue a ver si era cierto. Con asombro infinito descubrió que si, que era Él y que estaba allí para cambiar las cruces impuestas a cada uno. El almacén estaba plagado de cruces. Altas, bajas, gruesa, finitas, de madera, de titanio, de cristal, de pluma…La había pesadas y superligeras. Entonces ella pensó: “Esta es mi oportunidad”.

Con devoción se acercó al Señor para pedirle un cambio. Su vida era bastante triste, sus problemas inmensos y si le daban otra cruz, seguramente podría ser feliz. Asi que se acercó y se puso en una fila muy larga. Cuando por fin Dios la vió y le preguntó qué quería, muy decidida le dijo lo que pasaba.

_”Conozco a una mujer que tiene dinero, cultura, una casa de ensueño, un marido rico y sólo un hijo. Se la ve sonreír y me gustaría tener una cruz como la suya…

-¿Estás segura de querer una cruz como la suya?

– Sí, Señor. Con esa vida yo sería muy feliz.

-Vale. Deja la tuya por ahí…

Como por ensalmo el panorama cambió y se vio en la casa que había descrito, a su marido rico sentado leyendo el periódico y escuchó de lejos la música que su hijo escuchaba en su habitación. Sonrió. ¡¡Así sí!! Así se sentía feliz. Al poco, su marido se levantó y sin mediar palabra se fue al garaje cogió el coche y se marchó. Los criados empezaron a venir de uno en uno a pedir instrucciones para el día. Su hijo se marchó con un “hasta luego” desde la entrada y se vio sola en una casa vacía, sin saber qué instrucciones dar a sus empleados.

De inmediato pensó que iba a querer otra cruz. Y al pensarlo, se vio de nuevo ante el Señor que le dijo:

-¿Qué ocurre? ¿No eres feliz con esa cruz?

– No, Señor. Me equivoqué. Déjame que mire por tu almacén y escoja otra.

– De acuerdo. Le respondió Dios.

Miró y miró y vio una muy pequeña, muy leve y se dijo que con esa cruz sería feliz. Le pidió a Dios que le diera esa y Dios le volvió a preguntar si estaba segura, cosa que afirmó.

Y entonces se vio como muy apretada y se sintió muy densa…Oyó a uno niños jugar y uno le decía a otro que cogiese aquella piedra, cuando sintió como una mano la cogía y tiraba lejos con fuerza. ¡Oh Dios! Ahora si que se había equivocado. Era un simple mineral…Y deseó volver a poder escoger, cosa que súbitamente la colocó delante del Señor de nuevo.

Una vez más y otra fue pidiendo y eligiendo otras cruces mejores, siempre en un primer momento, aunque luego le resultaban insufribles. Por fín dijo a Dios:

– Voy a tomarme mi tiempo. ¿Vale?

Comenzó una por una a mirar y vio una que le gustó mucho. Le dijo a Dios que la suya era “esa”. Y Dios sonrió. ¿Estaba ahora segura?… Sí. Lo estaba.

Al volver al mundo se vió en su vida original, aquella que en un principio le había resultado difícil. Ella sonrió a su vez y comprendió que la cruz de cada uno es la que uno elige por ser la más adecuada a sus fuerzas, su estilo y su ritmo. Nunca más volvió al almacén. Había descubierto que desde lejos y desde fuera desconocemos qué vive cada cual y que lo que puede parecer envidiable tiene sus contrapartidas, para las que a lo peor, uno no está preparado.

Lo que puede parecer un cuento es sin embargo una verdad real. Haríamos muy bien en valorar lo que somos, lo que hemos construido, en conocernos y estimarnos como al mejor amigo que pueda haber. Nadie va a darte el merecimiento que tu te niegas. Nadie va a proporcionarte lo que buscas mejor que tu mismo, que sabes qué y qué no te va, o te gusta.

Dicen que cuando te enamoras, lo que en el otro ves es tu mejor imagen. Tu adornas al amado con cualidades que aun no ha mostrado, intuyes virtudes que todavía no ha sacado a la luz y te ciega su brillo, un brillo reflejo del tuyo propio en el/la otra. Luego dejas de reflejar tu belleza y te reflejas completo en él/ella, es decir también con esas otras versiones de ti mismo que nadie aplaude y menos tu mismo. Y le desprecias. Desprecias lo tuyo en él, que como un espejo te muestra lo que también eres y no comprendes.

A eso, a comprendernos y dejarnos ser podríamos dedicarnos, mejor que a desear ser el otro o vivir sus situaciones y elementos vitales.

Ser feliz es realmente un estado del ser NORMAL. Lo que no debiera ser normal es pasar la vida mirando fuera y dejar de ver la maravilla que somos nosotros. Cada uno distinto, original, precioso, porque precioso es lo único. Lo más valioso es siempre lo que no se repite y cada uno de nosotros es una pieza fundamental de un puzzle, que si todas las piezas se empeñan en autocopiarse, jamás se podrá formar.

Ser feliz sería lo corriente, si dejásemos de una vez de pasar por el baño de normalidad y nos atreviésemos a ser A-normales. De hecho lo somos y sufrimos porque el zapato de Cenicienta es sólo de Cenicienta.

¡¡HAY UN ZAPATO REAL Y PRINCIPESCO PARA CADA UNO!!

ceni

¡¡¡DESCÚBRELO, queriéndote tal y como eres!!

 

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