INFIDELIDAD

Soy monógama y he llevado cuernos…Me han pedido que opine sobre esto. Aquí va lo que opino.

Hace 30 años, llegó de madrugada mi marido, encima era muy celoso…Llegó bebido y amenazante, tuvo el valor de decirme que se había acostado con una chica…Llevábamos casados un año. Me entristecí.

Hay una consideración muy personal sobre nuestro valor que puesta a prueba, por ejemplo ante la infidelidad, te hace sentir extraño y escandaloso que pasen por encima de ti. Algo dentro grita: ¿ES QUE NO SOY SUFICIENTE?

Tendemos a creer, por baja que sea la propia estima, que merecemos la exclusividad. Sentimos la calidad del “querer” que damos superior a la de cualquiera otra persona y pensar que el pene en mi caso ( vagina para los hombres) haya estado con otras carnes, mezclado con otros flujos, nos produce asco. Es tan profundo el rechazo, como absurdo…, no hemos sido las primeras/os. “Eso” ocurrió antes. Pero ese pasado no va con nosotros. Deberíamos ahondar para buscar qué es en verdad lo que no podemos aceptar. El corazón puede amar a más de uno, de hecho, con la amistad no apelamos a esa posesividad…

Hace 30 años reaccioné con el silencio. Ni una queja. Él creyó que yo iba a ponerme hecha una furia…Sólo callé. Me moví cual fantasma un tiempo y me pidió perdón, aunque ella iba a llamarle para quedar…¿¡Cómo!? ¿Es que iba a tener un ligue y a mi? Aquello pasaba de castaño oscuro. Le dí a elegir. Ella o yo. Y me eligió. O eso creí.

Esa infidelidad fue cantada, pero hubo otras. Tengo pruebas:

Tuve ladillas. Y yo inocente de mí, lo achaqué a unos retretes super sucios. Aquel verano cruzamos Francia por la autopista y tuve una urgencia que me obligó evacuar allí, sino quería hacerlo a la vista del personal. Usados por miles de personas con diferentes grados de cuidado de lo público, estaban verdaderamente repugnantes. Años después descubrí que el bichito camina, no salta y va de pelo a pelo, siempre púbico.

Mucho más tarde me separé de él. Vecinos y amigos, entonces, abren el grifo de las confidencias: me contaban de relaciones que mi marido mantenía en público…

No obstante y tras 14 años de independencia, le pedí volver y vivimos juntos otros cinco años.

Estaba curtida con respecto a las infidelidades. Ya no me importaban. En una ocasión, en esta segunda fase, una casualidad quiso que su llamada quedase abierta y le oí flirtear con una voz femenina…¡¡Me pareció pueril!! ¡Sonreí!

Hoy conozco mejor la especie humana.

Crecí rodeada de chicos. Les he oído hablar de nosotras, incluso a mis hijos. Y SE que a primera vista un hombre no ve personas. VE agujeros con buen o mal culo, con buenas tetas o no. Nosotras miramos personas, nos fijamos en lo que nos atrae…, pero tiramos más hacia dentro, analizamos su calidad humana, o al menos eso creemos. Sin embargo en ellos el instinto reproductor es tan fuerte, les sobrepasa de tal modo, que si acepta ser tu pareja exclusiva te debe querer mucho, porque “se cagan por la pata abajo” sólo de pensar que cortan con su vital necesidad de “follar” cuanto puedan . FOLLAR, sí, verbo lindo donde los haya, pues alude a tener sexo entre hojas, en la naturaleza…Y es maravilloso tener por techo el cielo para dejar a nuestro sexo expresarse.

No digo que no sientan o piensen, que sean sólo un pene…¡¡Ni mucho menos!!  Digo que su necesidad de procrear, de más coitos, está a menudo por encima de otras potencias y con frecuencia iguala a las demás, si no la supera. Hay de todo, es evidente. Hay hombres que se implican en una relación hasta lograr complicidad, compañerismo, amor incondicional y en fin, hombres que superan su naturaleza a favor de lo que el alma demanda.

¡¡Pero no nos engañemos!! La Vida sigue un plan de evolución sin  fallos. Primero va la perpetuación de la especie. No le preocupa nada más.Lo demás es ir contra natura.

Sí. Contra natura, porque se trata de que nazca más gente. Muchos, tantos, con tantas idiosincrasias y particularidades que pueda producirse en alguno/s el siguiente salto evolutivo. En ese salto aparecerán las normas de conducta y las transgresiones a esas normas. Que haya ley no evita que la naturaleza siga empujando. Desde luego ya no hay impunidad. Hay una opinión social. Hay un ideal común.

Mi abuela, que presumía de no haber dejado jamás ver su cuerpo a su marido, tenía que sospechar al menos que él se acostaba con otras. Esta es también una cuestión cultural.

Las mujeres han aceptado siempre que ellos tenían sus escapadas, que los hombres ” son así”. Y en las relaciones buscaban más un macho potente, fuerte en economía, lo más fuerte que pudieran hallar, para asegurar a su prole un futuro alimentados y cobijados.

El amor romántico, exclusivo, es en realidad muy joven. En el s. XVIII surge y prende con fuerza, llegando hasta nuestros días esa creencia de que si hay relación carnal fuera de la pareja el amor se traiciona. Ya existían Romeo y Julieta. Habían aparecido huellas de amores exclusivos y excluyentes, Cleopatra y Marco Antonio…Abelardo y Eloísa, y muchos otros mostraron la posibilidad del amor excluyente. ¡Historias únicas desconectadas de la vida común de la gente! Siempre hubo, seguro, hombres monógamos por elección o por naturaleza. Eso, nunca fue lo corriente.

Creo que en la vida, lo mejor es empezar y terminar las cosas. Un ser humano es tan complejo que una relación humana no es como afrontar cualquier otro proyecto. Conseguir comprender al otro y aun amarle, es labor de una magnitud no apta para cualquiera. Para la mayoría es atroz querer y ver que el amado no responde a lo que parecía llevar dentro. La relación de pareja es tan brutal que expone lo más propio, la piel, al otro y eso de mezclar flujos representa un grado de entrega tremendamente intenso. Además la desnudez va mucho más allá de la piel. Todo nuestro yo se exhibe. No podemos “estar de visita”con nuestra mejor cara, vestidos de limpio, veinticuatro horas durante 365 días al año. Y ahí ocurren cosas también, que desconocemos.

Hay una alarma física, con hormonas y neurotransmisores específicos, que alertan ante el extraño, como con un virus que es inmediatamente atacado por nuestras defensas inmunológicas. Besar, abrazar, tocar a otro pone en guardia al organismo. Y del hipotálamo, creo, surge “un telón” que oculta al que siente atracción por otro la naturaleza ajena del otro.

Cuando la química entra en juego, un recurso muy bueno de la naturaleza para unir a los extraños, ignoramos que psíquicamente se produce un efecto muy curioso:

En vez de ver al otro tal como es, veo lo mejor de mí reflejado en él/ella.

Nos enamoramos de nosotros mismos en nuestra mejor versión. Le disfrazamos durante días, meses, quizá años, en la ilusión de amar a otro, cuando lo que amamos es lo más bello nuestro. Así se asegura la vida cumplir con su primer mandato: TENER MUCHAS CRÍAS. De esas relaciones, pura pasión, nacen niños no todos bien atendidos, ni protegidos…Pero la especie se garantiza nuevos miembros.

Ese velo cae bastante rápido, a menudo cuando la pareja ya es firme. Y entonces descubrimos al extraño que creímos tan genial: hemos dejado de proyectar en él/ella, nuestro mejor yo. Si el enganche es socialmente fuerte, basado no ya en si te gusta o quieres al otro, permanecerá. Es la razón de la estabilidad de tantos matrimonios en la tradición humana. Patrimonios que defender, reglas sociales que adoptar… Y escapar de ello es ser un paria y afrontar el desprecio de tu grupo de origen.

Actualmente esas reglas sociales, incluso la defensa del patrimonio, no cuenta tanto. Todas las civilizaciones, en síntesis, tienen tres pasos.

Uno cruel y salvaje por la hegemonía.

Otro de restablecimiento del bienestar común y la paz, con la aparición de las artes.

Y una última, que desteje lo anterior y suele dar paso a la destrucción, a un nuevo comienzo de la lucha por el poder físico sobre el grupo.

Nuestra sociedad atraviesa la última fase de nuestra civilización. El resurgimiento de la superstición, la corrupción de tantos valores hasta hace no tanto intocables y las guerras que amenazan extenderse, dicen que estamos concluyendo un periodo. Ya nace el nuevo. Si no lo remediamos destruirá lo anterior y creará una fase de crueldad como ha venido sucediendo siempre.

Un flujo de nuevas ideas ya ha prendido en el hombre, muchos viven ya de un modo nuevo, son el embrión que dará lugar en siglos a una fase estable de paz y desarrollo.

Tal vez podamos superar esa creencia de que lo viejo no vale y con antiguos y valiosos principios añejos, más los nuevos, seamos capaces de construir una nueva sociedad. Pero no ha ocurrido nunca. Cada generación dejó huella en el alma humana y tenemos fondo para aprovecharlo, aunque hasta hoy no haya tenido lugar.

En esa pérdida de valores nos hayamos. Por eso hay tantas formas de familia, tantos tipos de relaciones de parejas homo y heterosexuales. Tener muchas o pocas relaciones humanas sexuales o románticas, guardar la virginidad o no, todo convive en este tiempo caótico del final.

Si ahora me enamorase, no pediría a mi pareja que me fuese fiel. Creo que hay un amor por el que merece la pena entregarse: busca crecer y darse. Crecer uno mismo en el ejercicio de vivir desnudo en cuerpo y alma con tu pareja. Dar como forma de crecer. Y eso, crecer por dentro es lo que hoy me importa. Sé que casi siempre los deslices sexuales de un hombre no emparejan su alma con la mujer que le excitó, ni interrumpen su capacidad de amarnos por follar con otras.

Si se enganchase emocionalmente le pediría que escogiese…Lo haría porque fuese feliz, porque si le amo quiero que sea libre. Probablemente mayor como soy, escogería un hombre de mi edad y su potencia sexual, no le urgiría tanto a buscar ligues de una vez…

Edad y experiencia son valiosísimas en estas como en otras lides y uno valora crecer antes que el placer sexual, que en general tiene mayor calidad cuando conoces a quien te entregas y él a ti.

En un primer coito estamos ante lo desconocido, un mundo a menudo hipócrita. No enseñamos más que las mejores cartas. No somos auténticos. Descubrimos capacidades nuevas, pero incluso ante sensaciones intensas sorprendentes, la calidad física de los encuentros no es fácilmente reproducible. No tenemos botones que produzcan lo mismo si los presionas. No recuerdo dos veces iguales haciendo el amor. Parecido…Tal vez. Y si fue sublime, ya pasó a la historia. Habrá otra vez sublime, pero nunca idéntica.

Una relación estable es un hogar psíquico, es confianza y si eres creativo, no es monótona. Los cuerpos se conocen y acoplarlos da serenidad y acogida instantánea. Te fías de los ejercicios que con su y tu cuerpo se hacen. Hay paz unida a la pasión. No temes dejarte ir. Ante un cuerpo nuevo, un ser desconocido, uno no pierde el control totalmente. La pasión pude ser tan intensa o más. Pero es tan fugaz, que a mi no me merece la pena la entrega.

Me gusta empezar y acabar lo que empiezo. Las relaciones humanas merece la pena exprimirlas cuanto la vida nos permita. Es eso lo que nos desarrolla como seres en busca de sí mismos. Y si intervienen otros personajes, sé que en realidad no interfieren en mi relación personal con el que escogí amar. Lo nuestro es sólo suyo y mío. Si hay que buscar una exclusividad reside ahí: LOS CONTACTOS SON SIEMPRE ÚNICOS, como las relaciones.

Definitivamente, hace 30 años sentía y pensaba de otro modo. Hoy para mi el amor es darse y crecer. Tanto si lo doy a un extraño, como al escogido de mi corazón y sé que en ello nada interfiere si de verdad busco el amor incondicional.

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