¿¿Personas TOXICAS??

Se ha puesto de moda llamar a quien no podemos soportar y nos daña “persona tóxica”.

Como si de un veneno se tratase, colocamos el adjetivo “tóxico” pretendiendo dar por zanjado, que con él/ella es imposible convivir. No es nuestra culpa…Es su naturaleza contaminante la causa de que yo, que soy una buena persona, no la soporte más.

Es una excusa que hará que nos alejemos de ese hombre o mujer. Y puede que durante un tiempo vivamos libres de seres tóxicos. ¡No mucho! ¡No os hagáis ilusiones!

Lo tóxico no es patrimonio de nadie en particular fuera de mí. Lo tóxico reside en mi propio ser a la espera de mi redención.

Hace años un compañero me hacía imposible la vida laboral. A cada paso buscaba como herirme, cómo desestabilizarme y lo hacía con tanta habilidad, que él parecía obrar correctamente y yo, la que lo hacía mal. Mi natural poco dado a confrontaciones fuertes entonces, iba viendo como socavaba todas mis aportaciones, cómo afeaba hasta mi solidaridad con otros, apoyándose en normas que yo rompía, dejándole a él parecer tieso y seco, pues yo daba de más en mi trabajo.

Uno de los más difíciles aprendizajes en la vida es darse cuenta de que uno no puede vivir en paz sin sentirse rodeado de inocencia. La culpa de otros me obliga a protegerme de sus actos. Y así, vivir la paz es imposible, siempre preparado a la lucha…, siempre con las armas en ristre por si te atacan…

En mi clase, a menudo he de mostrar a mis peques que no hay por parte del agresor voluntad de herir, que los accidentes menudean y uno no puede, por ejemplo, evitar  empujar si es empujado antes por que otro se cae y se le agarra. O también que en una carrera uno puede no fijarse si al pasar alguien  está en medio…Los niños asimilan bastante rápido que NO HAY VOLUNTAD DE DAÑAR y olvidan rápidamente el empujón.

En ellos la inocencia es común. Por eso viven y duermen tan fácilmente.

El adulto otorga un motivo a la agresión ajena y muchas cosas nos agreden. Hace plenamente responsable al otro. Como poco, le cree negligente y eso no se olvida, pues se nos supone un control sobre nuestros actos que en realidad estamos lejos de sentir.

Son tantísimos los condicionamientos sociales, morales, personales, genéticos incluso que influyen en nuestros actos, que responsabilizar a una persona de ellos es tanto como creer que todo lo puede.

A menudo miramos a nuestro alrededor y vemos personas mayores. Lo que vemos son niños crecidos, emocionalmente tan impotentes como cuando eran pequeños. Pueden ser muy duchos en su trabajo, pueden haber hecho grandes cosas además, aun así, emocionalmente encontrar a un adolescente ya es difícil, mucho más un ser maduro, cuya edad cronológica se corresponda con su edad emocional.

SOMOS NIÑOS en busca de aprecio, de valoración positiva, de cariño manifiesto, celosos de escuchar el aplauso ajeno…Porque la única valoración que le vale al alma es la que uno mismo siente y para lograr esa, no basta con cumplir años.

Nuestro mundo está lleno de reglas implícitas, es decir, partimos de la base de que lo que yo aprendí como educado, moderado y bueno es compartido por casi todos.

Unos crecemos con padres que sin lavarse las manos no comen. Otros crecimos con la obsesión de los gérmenes bucales y nos lavamos tres veces al menos por día los dientes. La mayoría pasa entre una y dos veces diarias por la ducha, porque si no nos sentimos limpios. Vestimos con acuerdo a las modas…Damos por sentado el compañerismo, la solidaridad, la generosidad, la decencia en las relaciones…Creemos que acoger en casa es ser muy amables y darles lo mejor. Y así, sin que estas y otras infinitas reglas sepamos si se han escrito o no, cuando alguien no hace lo que es corriente, cuando llega un momento en que uno espera que se sigan y alguien no lo hace, automáticamente se convierte en tóxico.

En el ejemplo de mi compañero, yo actuaba siguiendo mi corazón dando lo que entendía como mejor, pero él no estaba dispuesto a hacer lo mismo que yo y se apoyaba en las normas del trabajo para recriminar que me pasaba de la raya y le dejaba en evidencia, pues aquello que yo hacía no era lo común, ni de obligado cumplimiento y él no quería esforzarse más. Sí le molestaba, que la gente pudiera esperar de él cosas que yo hacía gratis y quedar mal.

Un día me acusó ante nuestro jefe de incumplir la normativa por exceso. Mi jefe conocía mis pasos, no me regañó, pero mi compañero sacó cuantos trapos y trapitos pudo para ofenderme y recriminar que mi conducta rayaba en la demasía. Como yo no me valoraba, no podía creer que lo que pasaba es que él envidiaba la estima que provocaba yo a mi alrededor. Mis actos evidenciaban su modus operandi caduco y poco generoso. ¿Envidiada yo? Pues sí. Era eso. Y a la mañana siguiente, sibilino como poco, dulce y sonriente, se me acercó hablando como si el día anterior no me hubiese clavado una espada y fuésemos los mejores amigos.

Estaba escandalizada…¡Como poco podía apartarse de mi! ¡¡PUES NO!! Allí estaba con una hipocresía atroz, sonriendo como si tal cosa…

Entonces analicé que yo le culpaba por hacer lo justo y que mis actos realmente siendo buenos, le delataban como un simple cumplidor. Analicé y supe, que independientemente de su malicia de la tarde anterior, era inocente, pues no podía evitar sentirse minusvalorado aun si cumplía con su deber. Me dí cuenta de que mi supervivencia emocional pasaba por recuperar la inocencia en que habíamos vivido hasta que empezó a ponerme zancadillas.Tenía que verle cada mañana, sentarme a menudo a su lado y no iba yo a poder mirarle a la cara, o evitar mirarle y sentirme en paz.

Me costó dos horas de reflexión y lucha interna. Yo actuaba desde la bondad. No era justo en principio, que sus opiniones me coartasen de seguir actuando así. Pero si le hacía culpable, toda mi tranquilidad se esfumaba. Tendría que ocultarme, actuar siempre prevenida…Y seguramente él no podía actuar en su trabajo de otra forma, que además era la común.

Sé, que lo mismo que sobre mi actúan todos los condicionamientos que me impiden ser libre, él tampoco podía cambiar. También él era producto de una existencia marcada por su grupo social y sus genes…No era verdaderamente malo, sólo se defendía.

Entonces me dejé de reflexiones y le declaré en mi corazón INOCENTE DE CULPA. La gente que nos rodeaba no dejó de verle como le veía, ni le apreció más. Pero para mi la inocencia se restableció y con ella la paz. ESA PERSONA TÓXICA es hoy mi amigo. No es que sea diferente, es que yo quise verle libre de culpa y con ello me liberé yo. Y ahora le acepto como es. No espero que sea mejor…

El mecanismo que nos libera de sentir daño en la convivencia pasa por reconocer inocente de sus actos a quien nos hiere. Hay además otra cuestión que la mayoría ignora.

Todo lo que no me gusta, cuantas acciones considero indeseables, viven en nosotros como aquellas que hemos potenciado conscientemente.

Todos llevamos a un corrupto, a un terrorista, a un dictador, a un asesino, a un cerdo dentro. Casi siempre evitamos y por ello creemos que no está en nosotros, que esas posiblidades dormidas en apariencia surjan de nuestras profundidades.

SER ADULTO nos ha adulterado de forma, que lo genuino que somos sólo surge si socialmente nos proporcionó valoración.

De niños descubrimos que ser egoísta disgustaba a quienes nos podían querer. Sin argumentos. Eso va derecho al corazón y uno sabe perfectamente qué y qué no hacer para que le quieran y aplaudan. Y si en vez de egoísta ponemos: avaro, desagradable, mandón, posesivo o cualquiera otra de esas características no bendecidas socialmente, sabremos por qué nos hemos dejado EDUCAR, para civilizarnos, tragándonos el orgullo, o las injusticias frecuentes de que la infancia está plagada.

SOLO ASÍ HEMOS PODIDO HALLAR APROBACIÓN Y CARIÑO. Solo por esa pizca de amor comprado a cambio de conductas aceptables hemos logrado ser y sentirnos queridos.

¡Pero cuidado! Que no se vea, no significa que no esté y es como si una parte nuestra rabiara por salir, porque de una vez por todas alguien le diga a esa parte abandonada, repudiada y rechazada por nosotros, que también puede respirar.

Es infrecuente que nos pongan en el brete de dejar salir eso que con tanto celo la educación encerró en el inconsciente. Alguna vez surge despiadado un impulso que luego nos avergüenza. Nos duele tanto, que ya se encarga el inconsciente de, como mucho dejarlo surgir en forma simbólica en sueños.

Más no creamos por eso que no existe.¡¡Que va!! Hay un recurso común para presentarse. Nos convertimos en un proyector. De nuestro “yo” más escondido surge en forma de película que protagoniza otro. La conducta ajena, esa que llamamos TÖXICA, se encarga de mostrar algo de mi que existiendo, jamás he dejado salir. Y nos molesta de tal modo, nos hiere de tal modo, porque seguimos creyendo que no va con nosotros.

¿No os ha pasado que alguien que no soportas, otros le consideran incluso encantador? Dices que tal o cual persona te cae mal y otro dice: ¡Pues a mi me cae bien!

Si es TÓXICO…¿No debería serlo para todos? El veneno no le sienta bien a nadie…

Creo que al que le cae bien, no le molesta su conducta pues en su forma de actuar a esa que tu “tóxico” manifiesta, él/ ella no le le ha puesto el mismo freno que tu y no le molesta como a ti. Si uno es avaro, y no ha reprimido el serlo, otro avaro no le molesta…Si tu te propusiste ser generoso, no soportarás la avaricia suya. Pero su conducta avara multiplicada hasta dolerte, a ti te asquea.

Deberíamos saber que lo que nos asquea es nuestro. Uno no se convertirá aun sabiendo esto por ejemplo en avaro, pero a partir de saber que sin su conocimiento, esa persona te permite verte y por tanto conocerte, tal vez no te duela mucho más tiempo su conducta. Él/ella es inocente de la avaricia y tu sentencia ha de ser liberar la avaricia. Permitirla y volverle a tratar con la misma confianza que tratas a otros.

Actuar así es como sacar del armario a un hijo mongólico largo tiempo silenciado, del que nos avergonzábamos ante las visitas. Ese hijo es de la vida, forma parte de tu raíz y es lo que ha permitido tu generosidad al ocultarse, allá en tus profundidades, podrido de dolor por no ser reconocido.

No tienes que ser así, pero sí puedes quitar el sello de malnacido a algo tuyo. Hacerlo, tratar a quien te envenenaba con naturalidad, suele tener dos efectos.

UNO: La persona desaparece de tu vida.

DOS: deja de darte la lata.

Uno u otro eliminan la toxicidad de nuestras vidas, en tanto que huir de quien nos hace sentir tan mal es provocar que reaparezca otra persona cuyo efecto sobre ti será el mismo. Y no te liberarás del tóxico, sólo te darás una vacaciones cortas.

Y eso ocurre porque se trata de conocernos y aceptarnos totalmente. Nada que haya fuera de mi me es ajeno. Creerlo así, sólo permite que los efectos de lo dañino se repitan indefinidamente hasta que reconozcas que lo otro, se ocultó en ti para que fueras aceptado.

ESTAMOS HECHOS DE OPUESTOS. En todo. Los tóxicos nos brindan la oportunidad de hacer las paces con uno mismo. Uno puede o no sentirlo o verlo así, pero la experiencia muestra que sólo aceptando lo que soy y que todo es mío, puedes vivir la inocencia y la paz.

 

 

 

 

 

 

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