¿¿¿MALTRATO???

Sé al empezar que muchos no estarán de acuerdo con mi opinión…Alguno incluso puede creer que es absurdo lo que pienso, lo que siento, LO QUE SÉ…

Hablaré de una realidad, una que como tantas otras se mira desde un punto que impide la salida del problema.

Hoy me llegó un wasap sobre el maltrato de género, sobre esas palizas que terminan con un cadáver. Era una llamada “en contra de”…, una vez más EN CONTRA.

Diréis: ¿Es que vas a decir que estás “a favor”?

Lo que diré es parte una vez más de mi experiencia. No hablo desde la teoría, desde el conocimiento psicológico o desde una opinión sin más. Yo fui una mujer maltratada.

Mi novio parecía idolatrarme. Me miraba  en ocasiones como si fuese de otro mundo y no pudiese creer su suerte. Yo percibía esas miradas divertida. Un día me montó un espectáculo, porque sonreí a un hombre que trabajaba en un kiosko. Sonrío mucho, soy generalmente cordial con conocidos y desconocidos. Me hizo gracia el enfado tan tonto que cogió por un hecho común y trivial para mí como charlar con aquel señor y sonreír mientras compraba una revista. De puro cabreo, caminó muy deprisa dejándome atrás, mientras yo no salía de mi asombro ante una reacción tan desmesurada.

Los accesos de ira fueron progresivos. Al comienzo eran de palabra y se iban con el viento. Terminaron por dejar su huella en mi carne, en mi piel, en mis huesos…

Llevábamos casados tres meses. Pasaba sola muchas horas, que empleaba en lustrar una casa llena de la mugre que dos hombres solteros descuidados pueden generar en dos años de convivencia.

Recién llegada a un país lejano del mío, mi soledad era absoluta. El idioma me mantenía apartada de todos y el teléfono no tenía tarifas planas, de modo que tampoco podía solazarme con los míos. Así pues cuando me anunció que nos habían invitado a cenar en casa de un amigo suyo, que también tenía una mujer joven y que no vivían muy lejos de nuestra casa, pensé que hallaba una amiga. La idea me encantó.

Llegamos a las 6 de la noche. En Holanda es noche cerrada a esa hora en invierno. Salimos a la una de la madrugada.

Yo no hablaba su lengua, ella chapurreaba algo de inglés, él lo hablaba mejor. No obstante mi inglés tampoco era excelente, sí suficiente para que además con las traducciones de mi marido la comunicación fuese bastante fluida.

La costumbre del anfitrión holandés es conocer qué beben sus invitados y asegurarse de que su vaso está siempre lleno. Nada más cenar mi señor esposo comenzó a beber cerveza sin parar. Cada botellín vacio encontraba otro lleno que no tardaba en vaciar. Pasadas unas horas dije algo que mi marido interpretó como incorrecto. Nunca supe qué fue. Sé que empezó a hablarles cada vez más cabreado protestando por mi salida de tono y lo hizo en su lengua. Ambos se vieron metidos en una situación embarazosa y estaban deseando que nos fuéramos. Pero no por ello dejaron de seguir sirviéndole más y más cerveza. ¿Fueron 20 botellines los que se tragó? Fueron tantos que estaba borracho ya. Yo había dicho hacía rato que bebiese más sin éxito. Tal vez fue eso lo que le molestó…, que le corrigiese por más que fui dulce al hacerlo…

Nos montamos en el coche y temí por nuestras vidas. La rabia le hacía ir más acelerado de lo necesario por calles de barrio. Se metió sobre un seto que partía en dos la calzada…Y yo, en vista de que hablarle le había sentado mal, callaba. Subimos en el ascensor mudos. En casa me separé de él con rapidez para ir a desnudarme y acostarme cuanto antes. La velada había sido un desastre. A penas había desnudado mis brazos, se abalanzó sobre mí, me tiró bajo su peso en la cama y se incorporó colocando las piernas de rodillas a ambos lados de mi cuerpo. No paraba de hablar protestando, recriminándome no sé qué, cuando con toda su fuerza me propinó un puñetazo en la nariz.

Por un segundo vi todo blanco…Eso de ver las estrellas es verídico. Yo sólo ví una. No recuerdo dolor. Recuerdo la humillación. Como pude me deshice de él para ir al baño a contemplar mi cara. Estaba azul en buena parte. El hematoma apareció veloz.

Años atrás vi una película de Buñuel en el colegio:”Los olvidados”… Una historia tétrica sucedida en un barrio de las fabelas brasileñas creo, en la que azotaban a un niño, a su madre y toda la historia evocaba un sufrimiento brutal, la injusticia sin freno y desgracia continua.

Cuando me miré en el espejo, aquel film volvió a mi. No podía estar sucediéndome aquello. No podía ser cierto…Sin embargo mi cara gritaba ahora, que yo también era parte de los olvidados…

Nadie me vio. Ningún médico pudo hacer un diagnóstico. Pero años después debido a una radiografía hecha para ver si tenía sinusitis, atestiguó que mi nariz estuvo rota y la fisura dejó su sello evidente al experto.¡De ahí las estrellas!

Hube de esperar, a petición suya, semanas sin pisar la calle para nada, ni recibir a nadie, hasta que mi cardenal no se vio más.

No contaré más episodios. Durante año y medio verle coger un vaso de bebida alcohólica me provocaba pavor. Las probabilidades de “paliza” crecían con cada lingotazo que ingería. Incluso intenté responder defendiéndome con la famosa patada en los testículos, pero hube de salir corriendo en busca de ayuda e involucré a mis vecinos una noche de madrugada huyendo de sus azotes. Nunca más lo intenté.

La última vez que me pegó estaba embarazada de seis meses de nuestro primer hijo. De un golpe me tiró al suelo desde una silla.

Convivimos aun siete años más sin que ni una sola vez más intentase si quiera pegarme. Intentó el maltrato psicológico…Pero algo había cambiado en mí.

Nadie que me conociese creería lo que voy a contar. Yo sé que era cierto.

Yo sabía sólo una cosa positiva mía: Era simpática. Y ya sabía que al “profesional” simpático, por simpático, muchos le aborrecen en el minuto uno. De modo que la fe que en mí tenía, la fuerza que otros creían ver en mí era puro aire…De hecho mi autoestima era nula. Él fue curiosamente quien me regalaba los oídos, quien valoraba cualquier cosa que hacía. Servía de poco.

El valor personal es algo que crece dentro de uno cuando cesa en los ataques, en la culpa por no se sabe bien qué, en creer que cualquier otro/a lo hace todo mejor que uno y empieza a estimar bueno su hacer, sus actos y su vida. Dentro hay un tope, distinto para cada cual supongo, pero un tope a partir del cual NO CONSIENTES MÄS MALTRATO, porque empiezas a tratarte con cuidado, a respetarte, a defender lo que nadie si no tu mismo puede proteger.

Lo mismo que el miedo hiede, la convicción de ser valioso/a también se huele. ¡Es un decir! Es verdad que traspasa la piel y que lo que tu sientes crea la actitud, otra mirada, otro estar, que se percibe. De pronto ya no pareces vulnerable y los que antes no dudaban de su poder contra ti, ahora se cuidan mucho de iniciar un ataque.

Mientras me sentí “una mierda”, mi marido vio en mí un blanco fácil a sus frustraciones. Desde el día en que mi conducta le demostró que ya no era una piltrafa, cesaron radicalmente sus ataques. Siguió bebiendo. Mucho. De hecho se lo llevó una cirrosis suicida. Pero hoy le doy gracias, como el día que despedí su cuerpo.

GRACIAS, sí.

Fue cruento, durísimo, de dificultad progresiva. No estaba sólo frente a sus golpes, sino frente a mi misma. La niña inocentona, bienintencionada pero egoísta, la aspirante a esposa ideal que no le permitió ser, que criticaba todo lo que era y lo que hacía, pues carecía del más elemental respeto por mí misma, fue cambiando, probando mil y una formas de conseguir amarle y amarme.

Me lo puso tan tiznado a veces que creí morir de pena, de dolor, tanto que miraba llorando  desde mi ventana, en dirección al sur, allá donde fui cuidada…, allá donde mi hogar primero seguía esperándome por si me arrepentía de mi matrimonio. Y sin embargo nos unía un lazo fortísimo. Él sin saberlo se prestó para que yo creciera. Mis lágrimas eran toma de conciencia, la manera en que pude descubrir mi valor.

Después he visto y oído casos de maltrato. Cuando conociste un valle y otros te hablan del suyo, si bien nunca son el mismo, hay muchas señas para reconocer el padecimiento ajeno.

El inmerecimiento es tan bestial en quien se deja avasallar y agredir, tan profundo su miedo de poner en juego algo tan simple como lo que uno es, expresarlo realmente, que lo menos que puede pasar es que uno busque agresor para que le zurre. ¡¡Si no eres nadie, si no sirves para nada!! ¡Qué menos que te den una patada y te borren del mapa…!

El agresor recibe una llamada y aparece en tu vida porque tu no existes como ser humano. Y mientras que en ti, muy dentro de ti, no surja una voz a la que puedas creer, una voz PROPIA que te permita apreciar tus actos, dar fuerza a tu ser, ni toda la policía mundial, ni las leyes, ni los jueces con sus distanciamientos de 500 metros o más, evitarán que el agresor te encuentre.Tampoco todas las sentadas de miles de personas a favor de las víctimas pueden variar un ápice una realidad que se encuentra entre dos:

EL QUE ATACA y la VICTIMA.

Sólo la víctima puede salir de su pozo. Quizá deba hundirse aun hasta que su aguante ceda y se diga “ya vale”, “es suficiente” y pueda empezar a construir el aprecio propio. Es la persona agredida, quien como un imán poderosísimo vive sin saberlo esa necesidad de pagar culpas nacidas en su vida, mucho antes de que aparezca el agresor.

La sociedad como masa no puede prevenir algo que se dirime en el fondo de un alma que se cree perdida, sola e insuficiente ante y para todo. Ni  tampoco, por duras que fueran las penas impuestas, podrán los jueces o la policía paliar la necesidad de atacar y volcar su rabia, curiosamente también nacida de una inseguridad atroz que sólo agrediendo se recompone un instante.

Hay, lo conozcamos o no, un pacto entre quienes juegan dos papeles opuestos. Uno para dañar y el otro para pagar con su dolor las deudas contraídas por creer que nunca fue bueno lo que hizo.

Somos generalmente las mujeres las que llevamos las de perder. Nuestro cuerpo es más débil. Yo soy fuerte físicamente, pero me busqué a un cinturón negro que se las sabía todas. También hay hombres que callan la vergüenza de ser el puching ball de sus esposas.

¿Que puede hacer la sociedad? Tal vez dejar de alimentar la culpa, el miedo, el pecado que pesa sobre la mujer, heredera de Eva, a quien como un mito inconsciente se achaca el inicio de la perdición de la especie. La historia sagrada habla en occidente de dos seres humanos que lo perdieron todo por culpa de ella.

Y nosotras permitimos y alimentamos el macho, que no el varón que vive en cada hombre, creyendo hallar a través del hijo una  protección futura, que hemos pagado muy cara.

El machismo nace desde la cuna, cuando tratamos a los niños como reyes y les permitimos creerse que son el fuerte, que las emociones y sentimientos son debilidad. Ya no se oye que “los hombres no lloran”. Algo está cambiando.

Un hombre es mitad externa hombre y mitad interna mujer. Y una mujer es también en una parte varón. Nadie tiene el monopolio de la sensibilidad, o el dominio del reino del corazón. Es crucial que ambos sexos despierten a su otro yo del sexo opuesto y podamos ser humanos completos.  Fuertes y vulnerables, capaces de humillarse, bajar y ceder, que es lo que en el fondo significa humillarse y capaces de ensalzarse cuando hacemos cosas tan grandes como somos capaces de hacer.

El maltrato de la clase que sea busca golpear a la humanidad en busca de nuestra fortaleza.Y esa reside dentro, es magnánima, justa y protectora. Sólo cuando desequilibramos la balanza y nos culpamos de existir, se despierta al agresor que duerme en las raíces de la vida, porque no valoramos lo que somos y nos obcecamos para no expresarlo.

Desde aquí hoy bendigo a mi agresor. Sin su complicidad jamás habría hallado la paz, ni sería quien hoy soy: UN SER FELIZ.

 

 

 

 

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