LA ULTIMA EVALUACIÓN. (1)

Ya he contado que ejerzo de maestra en Educación Infantil. Y como tal, lo más desagradable que me toca hacer es EVALUAR. Sólo son tres veces por curso, pero  es una misión imposible. ¿Quien soy yo para decir que un niño alcanza o no los objetivos propuestos por ley, o para decir que tiene las destrezas básicas adquiridas…?¿Puedo yo saber realmente qué y que no saben mis niños/as? ¿Tengo capacidad para observarles y poder determinar si es que no quieren o no pueden aprender? Y…, puesto que juzgo desde MI INTÉRPRETE (ver “Despierta ya bella durmiente”) son mis juicios fidedignos? Es que soy yo también a veces quien les bloquea, o quien hace mal las preguntas…¡¡CUÁNTAS VECES hacemos mal las preguntas y cómo de extraordinariamente importante es EXPRESAR LA PREGUNTA CERTERAMENTE…!!

Bien es cierto, que no me cabe más remedio que habilitar un código que sirva de patrón. Pero eso es justamente lo crudo. ¿¿¿EXISTE UN CÓDIGO JUSTO, UNO QUE ME CONVIERTA EN DIOS PARA TENER LA POTESTAD DE JUZGAR con equidad y ecuanimidad a MIS PEQUES???

Soy consciente de que por buena voluntad que le ponga, siempre estoy fallándoles.

Para que mis juicios de evaluación fuesen correctos realmente, la cantidad de elementos que debería valorar es tan ingente, casi infinita, que al restringir por simple cuestión práctica estos a unos cuántos, siempre equivoco el diagnóstico pedagógico. Sé que soy Dios, lo afirmo y corroboro, pero un Dios en proceso de crecimiento. No puedo aun ver todo, porque aun no me he visto totalmente a mi misma y me faltan elementos clave de juicio.

Cuando puedo aplaudir me encanta. Pero su mundo escolar no valorará si son felices, si han aprendido a relacionarse con un sentido emocional y empático un poquillo mayor que cuando llegaron a mis brazos, ni tampoco sus procesos de pensamiento tan divertidos, tan emocionantes, tan divinos, que me los comería a veces. ¡¡¡Son deliciosos!!

El sistema quiere ovejitas que piensen lo justo, que operen lo justo, que creen lo justo, que obedezcan como autómatas a las órdenes del superior sin cuestionar sus propios deseos, ilusiones, proyectos o sus fantásticas ideas. Como no se puede presionar al individuo como si del ejército se tratara, la vida civil habilita formas muy sutiles de represión, tanto, que las personitas acaban creyendo que el fallo es suyo, cuando todo está orquestado para que acaben por claudicar.

Una vez una compañera contaba que con 12 años, sus alumnos y alumnas no se molestaban ya en esforzarse y ser originales. Cuando iban a pedirle ayuda no se trataba de hacer correctamente el trabajo propuesto. No les interesaba ni si quiera brillar. Lo que insistentemente le preguntaban era: “¿Profe esta bien así?”. Su pregunta iba encaminada a ahorrar energía, descubriendo cómo esa persona adulta iba a evaluar su tarea. NO QUERÍAN HACERLO BIEN, sino que gustara su enfoque a esa profesora que les había propuesto el trabajo.

No son tontos, ni vagos. Son prácticos. ¿¡¡Para que esforzarse, si cuando no entienden lo que el profesor quiere van a obtener una evaluación pésima!!? Pocos profesores de gente de doce años busca el crecimiento personal de sus alumnos/as. Ellos tienen por encima unas pautas que ahora, que abandonarán la escuela Primaria en breve, fijan su objetivo en un tipo concreto de conocimientos. Y han de obviar el potencial de los niños y niñas a quienes enseñan. ¡Al sistema, los potenciales que le interesan no son los que pueden desarrollar su ser, ni conseguir un estímulo que puede volverse en su contra! Sólo le interesan los que muestran espontáneamente ese potencial, por si pueden servirse de su inteligencia.

Entonces lloré. Supe que mis compañeros de cursos superiores sólo daban el último brochazo a algo que yo comenzaba a plasmar en esos mismos niños, cuando entraban en la escuela. Yo también quiebro su genialidad aun antes de haber dado sus frutos. Leí que el 90% de los infantes son genios a los tres años. Y dolía pensar que tal vez yo era aun más responsable del declive de su genialidad, pues encuento el genio intacto y mi acción de maestrilla da el toque clave, el primero que les desanimaba a SER y les propone NO SER como única opción posible para crecer.

Hubo una época que intenté olvidar ese sistema. Pensaba, que precisamente desde dentro tenía la oportunidad de burlarlo permitiendo a mis chiquitines crecer y “desenrollarse” completamente libres de exigencias…Hasta que un día vi llorar a uno de mis niños porque en el primer trimestre de 1º de Primaria le habían pedido escribir treinta palabras con “m”, otras treinta con “p” y por fín otras treinta con “s” iniciales. Muy contento vino a decirme si había escrito bien SIESTA. Pero escribió “SIETA” y ahora no podía evaluarle según mi código, sino con el que su nueva tutora iba a corregirle. Le dije:

-Está muy bien, casi bien del todo, pero te falta algo…Reflexionando juntos llegamos a la “s” que no había puesto. Cabizbajo, cogió su cuaderno, le vi dirigirse a su pupitre cariacontecido y sentarse desesperanzado, como si nunca fuera a aprender a hacerlo correctamente y eso fuese vital. Le seguí contemplando de lejos y vi con claridad meridiana caer una lágrima sobre su cuaderno.

Sé que esto comparado con el grito del otro día de esa niña de su misma edad, que gritaba que dejen ya de matar en Siria, es una bobada…Pero ni él vivía en Siria, ni hay derecho a hundir a una criatura de siete años por una “s” de menos, ni es justo tampoco amargar la alegría de un niño feliz con sus logros, porque no le han dado tiempo a percibir todos los sonidos de una palabra y convertirlos en signos convencionales. ¡¡TIEMPO!!. Es sólo cuestión de tiempo…Eso, que este mundo con frecuencia cruel y que con la misma frecuencia nos acelera y despista al alma del más “pintao”…

Aquel día fue para mi un punto de no retorno. NO PODÍA LLEVARLOS CONMIGO EN UN ARCA DE NOÉ y que al pisar tierra se los comiesen los leones, por mucho que sólo hubiera dos. Supe que o les aceleraba yo también, a costa de dejar el juego tan enriquecedor a que yo daba pié en mi clase, o mis niños y niñas iban a sufrir un desfase cada día mayor, con una caída terrible. Fue una cuestión de protección lo que me llevó a la caligrafía, a las palabras escritas y leídas, al cálculo, por más que a ellos les de igual que 3 + 3 sean doce o seis.

Vivimos en un perpetuo estado de evaluadores evaluados que evalúan todo, que establecen juicios sumarísimos a nivel emocional y distorsionan la esencia de la vida. Lo único que nunca podemos evaluar es a nosotros mismos. Siempre se dice aquello de: “Eso, tendrán que decirlo los demás…”. Cuando alguien nos dice, no muy a menudo es cierto, que somos buenos en alguna faceta, nos escondemos como si fuera un delito hacer bien las cosas y por BIEN entiendo eficaces, que funcionan, que logran lo que se propone o nos proponemos. No necesariamente correcto. A veces coinciden lo correcto y lo bueno y otras muchas lo correcto depende del criterio de quien nos evalúa. Y ya sé que su intérprete no le permite ver bien…

Y ese es mi “quid de la cuestion”. ¿Es mi criterio válido? Más aun.  ¿Existe alguno que lo sea, que tenga todo en cuenta y sea fidedigno?

Volviendo a casa esta tarde, reflexionaba sobre por qué uno nunca quiere juzgarse,  por que no elaboramos códigos propios para ver si efectivamente somos eficaces para nosotros mismos y también para el próximo. Como mucho, nos acomodamos en los de nuestra familia, en los que circulan como modas, o en los de instituciones de dudosa veracidad como los que las iglesias ofrecen a quienes tienen demasiado miedo de fallar, aunque ellas barran para su casa. Perderían ferigreses si les dieran la oportunidad de evaluarse solitos y decidir qué es lo justo y lo injusto. ¡Imagínate si la voz del máximo sacerdote no fuese el paradigma de lo aceptable! ¡¡QUE HORROR TENER QUE DECIDIR UNO solito, qué le lleva al Cielo y qué no!!

¿Cómo sabríamos que la eutanasia es un crimen, o el aborto provocado una aberración?…¿Quien podría decir a quien, que así no se hacen las cosas, si cada uno hubiese desarrollado su propio código?

Es posible que más de uno enloqueciera…Nos decimos adultos y eso somos, productos un día auténticos que se dejaron degradar hasta contaminarse y ADULTERARSE. Nos llamamos ADULTOS, que os recuerdo que viene de la misma raíz, que significa que lo original ya esta cambiado, mezclado, empobrecido, “adulterado”… Y lo que nos adultera son los juicios aprendidos y aceptados como válidos, pues son los que “parece” que funcionan. ¿FUNCIONAN? Entonces…¿Por qué nos quejamos tanto del mundo resultante de esos códigos?

ALGO está fuera de su sitio…¡¡AQUÍ PASA ALGO!!

Carl Gustav Jung dice que lo que el inconsciente oculta, no es en su mayoría lo doloroso, ni lo perverso, sino más bien la divinidad a que desde el nacimiento renunciamos a sentir. No nos gusta que nos afeen nuestra conducta, ni que nos señales errores. No nos gusta nada en absoluto. No. Pero, en nuestro fuero interno tardamos demasiado en reconocer que somos capaces de ser útiles, eficaces, óptimos, que hacemos lo que es necesario…Y lo que sí hacemos es sentir menosprecio si alguien aplaude por casualidad a otro, o le aúpa en el ranking por encima de nosotros. Entonces nos miramos y comparamos lo que les hemos visto hacer a los aupados con nuestros propios resultados que no merecieron ser aupados. SOLO ahí valoramos con dolor lo que vale nuestro trabajo y siempre por comparación.

Si no hay con quien comparar…¿ Cómo sé que lo hago bien? Sin un profesor que defina “válido” nos sentimos perdidos. Nunca se nos enseña, en las escuelas desde luego no, a comparar lo que hacíamos antes y lo que tras un aprendizaje ahora somos capaces de hacer. Nunca elegimos nuestro propio yo como elemento de comparación. Si lo hiciéramos, si nos mirásemos y punto por punto diéramos una evaluación a lo que ahora hacemos, tendríamos que estar a carcajada limpia por las calles de puro gozo. TODOS APRENDEN SIEMPRE A CADA INSTANTE ALGO NUEVO.

Lo aprendido nos eleva, nos hace ligeros, rápidos, pues no hace falta repasar los puntos intermedios y ganamos velocidad, para perder menor energía haciendo lo mismo. Lo aprendido te hace saber que lo inesperado es lo más probable, que no es posible controlar nada, mucho más si te empeñas en controlarlo todo para que no puedan toserte ni una vez. No obstante nos empeñamos en obviar que SÍ hemos aprendido y no sabemos premiarnos ante nuestros logros, mientras otro no los aprecie y lo diga.

Hay excepciones. Los genios. Ellos se han puesto los códigos por montera, se atreven a cometer sus propios errores y CREAN cosas NUEVAS. Sin embargo, esperamos escucharlos para hallarles un  defecto o mil. ¡¡NO PUEDE SER POSIBLE SALTARSE LAS NORMAS Y ENCIMA RECIBIR APLAUSO sin que haya como poco, un ser prepotente bajo esa piel!!

Tememos tanto los juicios ajenos, ya de adultos, que se nos hace imposible meternos dentro, pasar del mundo y evaluarnos con justeza.¿ Y …si como Jung señala,  dentro no hay tanta mierda, sino gloria y divinidad?

Hoy es el Papa, o Jesús para muchos el patrón de la salvación eterna. Al Papa le hemos otorgado la inefabilidad cuando habla “ex cátedra”, felizmente sólo lo hace de vez en cuando, aunque para sus seguidores todo lo que dice parece como si lo hablase con la potestad de no equivocarse nunca.

Lo de Jesús es ya el rizado del rizo. El Jesús de muchos es vomitivo. El alguien de cuya muerte bajo una tortura atroz hemos hecho el perdón del pecado. Nos han hecho creer y lo hemos comprado, que su dolor es lo que muestra su capacidad de borrar el error del mundo. Su sufrimiento y su muerte son el aval de nuestro perdón.Pero…

Jesús no me salva por morir por mis pecados, sino porque es capaz de no ver pecado alguno.

No hay fallo sin embargo en este intrincado galimatías de personas, que van como quien dice, anulando nuestra posibilidad de inocencia y de autoanálisis. Es un proceso complejo, pero no inútil. Su papel es crucial.

Si naces en un mundo que te ahoga y permites que tu existencia disponga cada vez de menos aire para respirar y tragas con esa forma de respiración absurda, el mundo seguirá quitándote el aire progresivamente. El objetivo de la VIDA es que explotes, que descubras, que renuncies a todo profesor o Papa que te coarte. Y el mundo es su herramienta. ¿No quieres arroz para sentirte querido? Pues, TOMA, DOS TAZAS MÁS. ¿Que aun no te has revelado? TOMA, otras dos tazas aun.

Eso, Yoly, es lo que te ahoga.

¿Quien puede estar totalmente seguro de que su criterio es inexpugnable y justo? Ni el Papa, ni tus profesores. Son como tu, personas y ya están adulteradas cuando se inicia el efecto de sus juicios sobre ti.

Yo opté por buscar mi propio patrón. Opté por experimentar en mi propia vida y hacerme responsable de mis errores, que más tarde descubrí que son una bendición, lejos de ser un pecado.

Bajo la costumbre de vivir ahogándonos, descansan dos miedos fortísimos:

UNO a morir.

OTRO a vivir sin amor.

Y son realmente estas dos “cositas” lo que hace que aceptemos una vida así, sin aire, sin esperanza, sin confianza…Hemos convenido en callar y seguir, porque sin amor no se puede vivir y nadie quiere morir.

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