Tres reyes, tres señores, tres hombres.

No queda muy claro si Melchor, Gaspar y Baltasar fueron reyes, magos, sabios o qué dignidad tenían como hombres. Pero eso da un poco igual. Como en los cuentos, lo verdadero no es la circunstancia sino el fondo, el mensaje, que ese sí trae algo que a todos puede tocar el alma.

Me atendré pues a la historia que conozco, sea o no fidedigna a la verdad histórica.

Parece que vivían en lugares diferentes…Parece que les interesaba el cielo nocturno y que sabrían algo de astrología y de profecías. Y según se cuenta, abandonaron sus vidas seguramente cómodas para buscar a un ser especial y aun antes que fuera conocido, reconocerle una dignidad tal, como para merecer regalos de los que se hacían a un rey.

3-reyes

Por lo que sé, José y María no eran ricos. Tampoco pobres. Él sería hoy un técnico de la madera, pero no como un hacedor de muebles, que quizá también sería capaz de hacer. Ël era constructor de casas, pues en aquella hora las casas se sustentaban sobre maderos y sus estructuras requerían de la destreza y el oficio de un conocedor de ese material. Debió de sorprenderles mucho que su anónimo bebé fuese buscado por gente principal y que sobre todo, hubiesen hecho un largísimo viaje desde latitudes lejanas, de lugares que ellos seguramente ni conocerían. Tal vez más a José, que a María.

No sé si fue un ángel, pero ella sí sabía que el fruto de su vientre era alguien llamado a realizar una tarea enorme. Esta visita fue junto a otras, de esas cosas que esta ella iba guardando en su corazón como respuesta a un sueño que tuvo una noche, noche en que ella se ofreció a la Vida para que sucediese lo que hubiera de suceder. Ella, una de tantas, hizo de su esperanza y su entrega silenciosa y plena su grandeza.

María, como esos tres señores, como José, eran personas desconocidas, comunes, sin brillo alguno, sin que sus actos marcasen en apariencia la diferencia. Cada uno simplemente se dedicó a realizar su gris papel, como la mayoría de nosotros.

Hoy día 6 de Enero, día de fiesta grande en España, muchos niños nuestros se han despertado ansiosos, felices, con una expectación inusitada, porque unos personajes mágicos iban a regalarles muchas cosas.

Aun me parece sentir el miedo a mirar y ver algo, que cuando yo les esperaba sentía. Aun puedo recordar esos sentimientos en mí. Y años después, la ilusión con la que como madre yo alimentaba en mis pequeños esa magia.

Mi hijo mayor era aun muy pequeño, cuando abrió un armario el día antes de los reyes en el que yo había escondido sus regalos.

-¡Mira mamá!¡Ya han venido los reyes y aquí están los regalos!

No dudó ni un momento sobre quién había traído los presentes.¡¡Qué divina inocencia!!

Años después preferí ser yo quien le desvelase dónde residía la magia y le convirtiese a él en mago aprendiz.

-” Los regalos realmente los compran los papás, pero son magos porque no tenemos ese dinero para gastarlo en tantos regalos. ¿Sabes? Y aun así hacemos como magia para que como aquellos Magos les trajeron sus regalos a Jesús, los niños jesuses de nuestro corazón que sois vosotros, puedan recibir muchos regalos. Hoy tú pasas a ser un rey mago aprendiz, que hará regalos con esa misma magia. Arrodíllate, que voy a convertirte en rey mago”.

Y como hacen los reyes con los caballeros le hice partícipe de una tradición preciosa, tocando sus hombros y abrazándole…

Nunca sentí que les engañaba. No, porque hay magia en el cariño que uno pone en buscar esas cosas especiales para quienes ama y esperando ver sus caras adquiere con tanta o más ilusión, que si uno es quien los recibe. Tampoco les liberé ni de uno sólo de los cuentos y sus finales felices. ¡Sé que el final es feliz!

El alma camina por la vida como partida en dos y se oculta a si misma el príncipe, o la princesa “azul” que duerme escondida en su corazón a la espera se ser desvelado/a. Por eso es tan importante conocerse uno mismo, para casar definitivamente a esas dos partes que se ignoran, pero están. Y cuando eso sucede la felicidad está garantizada.

Pasa que hay mucho más que esa boda, que hay muchos días que si uno no está atento, pueden parecer grises, anodinos, intrascendentes.

Nos gusta hacer fiesta, comer juntos cosas preparadas de modos distintos, o que no son comida diaria, cantar y bailar y celebramos el solsticio porque ante la mayor oscuridad y el frío sabemos que se esconde la primavera más bella. Nos gusta festejar a los héroes, porque nos recuerdan nuestra propia grandeza, o recordar los grandes hitos de nuestra historia  cuando vencimos, o logramos hazañas espectaculares y más un pueblo como el español, que tiene demasiadas fiestas dicen en Europa, porque nos apuntamos incluso a las foráneas como Halloween.

Tras la fiesta está el salir de lo ordinario, de las rutinas cotidianas, de la aparente repetición de los sucesos de cada día. Pero es en el gris donde el blanco se dibuja y el negro se vislumbra, junto a los más maravillosos colores del arco iris.

Todos los hombres soñamos con nuestra grandeza, muchos aspiran a la fama, a todos les gusta sobresalir, incluidos los tímidos. Sin embargo olvidamos, que hay un entramado de normalidad que es lo que hace posible y nutre lo mayor en nosotros.

Es como el barro de un escultor. Va en busca de él, a veces al campo. Luego lo limpia de lo que no es arcilla moldeable. Después sueña la figura y por fin, posa sus manos un tiempo prolongado hasta que surge la obra de arte. No es posible sentir y crear la figura sin todos esos otros pasos previos. Lo gris es el fundamento de la belleza, del hallazgo maravilloso, del logro final que contemplaremos extasiados.

Hay una tarea de hormiguita silenciosa tras cualquier magia, tras el encanto, tras eso que luego nos conmueve hasta lo más hondo. Despreciamos comúnmente lo pequeño, lo que no sobresale, olvidando que todo nace de un proceso largo, penoso a veces y desde luego carente de todo brillo.

Hoy una amiga me ha hecho un gran regalo.

Lo sabía. Pero había olvidado lo importante que es bendecir lo sencillo, lo simple. Ella se quejaba de no estar haciendo nada destacado, nada “valioso”. Y de repente he recordado al recordárselo a ella, la grandeza de lo invisible, de lo frecuente, de lo rutinario.

Alguien me dijo que cuando hay delirios de grandeza nadie quiere ser el paje, o la campesina…Todos sueñan con Napoleón, Cleopatra o Hércules…, personajes siempre heróicos en alguna forma, famosos…

Y la vida está sembrada de hechos normales, sin aplauso, sin voz, pero que son parte y cuna de lo que una vez surge y maravilla luego.

Aquellos tres señores que visitaron al niño Jesús no son conocidos por otro hecho, que presentarse siguiendo una estrella una noche en un portal de Belén. ¿Cuánto tiempo les costó decidirse, prepararse, cuánto el viaje, cuanto la vuelta, para llevar tres ofrendas a un desconocido en el que pusieron su fe?

oro

Y veo mucho de común en todo ello…, todo, solamente para pasar un escaso tiempo en que llegar allí y rendirse a sus pies…, y darle oro, como el más incorruptible metal, incienso para rodearle de buen olor que disipe los malos y un perfume de lo mejor para que él mismo expanda una grata fragancia…Esos regalos hablan de algo excelso, de un reconocimiento basado en la esperanza y en la fe. La fe y la esperanza precisamente son actos que se sustentan en nimiedades, no sólo en destellos brillantes; viven del tiempo y la constancia…, a veces viven en la negrura del silencio.

Uno de mis amigos dice que ellos, los Magos de Oriente traen el recuerdo de que la vida es providente, de que sigue siendo buena. Basta abrirse a ella y lo compruebas. Destierras el miedo a no tener y te colma.

Sí. Es cierto. Si no nos alimentamos de miedo y duda la Vida te regala una casa luminosa y bella, amigos que te cuidan, trabajo que te llena, hijos que te satisfacen…Pero además esos tres hombres a mi me retrotraen a lo desconocido, a lo corriente, a la magnificencia de vivir cada día aunque no sea festivo y llenarlo de admiración y bendecirlo, porque vivir es ya un gran regalo.

Hay en lo escondido una gracia que hace bueno y dará luz a esos grandes momentos que luego suceden. La felicidad no es solo una explosión, sino esos ojos que ven en cosas de todos los días la bondad y la belleza.

contemplan

Así pues, quiero bendecir mis días grises pasados y todos los de este 2017 y agradezco la magia de alimentar sueños en secreto, como seguramente esos tres “reyes” lo hicieron hace 2.000 años, muchos más tiempo que el que duró la contemplación del niño en los brazos de su madre.

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