De pequeña yo me recuerdo…

De pequeña yo me recuerdo feliz. También recuerdo días, atardeceres más bien, de una extraña melancolía, casi de angustia…Y recuerdo noches de pesadillas absurdamente terribles… Luego durante mi adolescencia, aun puedo sentirlos, hubo momentos de una lucidez intensa en que comprendía el mundo, aunque veía que era muy complejo convencer a la gente de que existía la bondad de las cosas, de las situaciones y…, estaba la amenaza del mal.

Una vez alguien sabio me dijo que no era cuestión de remover o hacer fuera de mi, que todo lo que me trajera la felicidad se hallaría en mí. Esto, de una u otra forma más de uno me lo contó. Y a solas, me decía que qué era eso de “dentro de mí”, que si cerraba los ojos sólo veía negro y que dentro había una montaña rusa de sensaciones y sentimientos. Algo siempre estuvo claro. Sentía que había un Dios. Estaba fuera, era otro Yo, gigante, sí, pero fuera y lejos. Cuando hablaba con Él curiosamente estaba cerquísima. Pero no consideré nunca, que estar a su lado mucho tiempo fuera posible para mí.

Me enseñaron que a Dios sólo se llega con la mayor pureza, la mejor virtud y que era incompatible con mis enfados, mis miedos, mi egoísmo o cualquier conducta que yo no podía llamar “buena”.  Durante …¿Cuántos años? Infinitos….Muchísimos, cada noche le pedía : “Hazme mejor”. Era mi letanía, expresada una y otra vez. Al mirarme, me sentía indigna de alcanzar su presencia, su amor. E hiciera lo que hiciera, nunca salía de esa pobre opinión sobre mí. Esperaba que tuviera compasión, que perdonase el millón de pecados que acumulaba. Tan es así…

…Que ya mayorcita, aun soltera, bordé mi personal opinión sobre mí diciéndome que era poco menos que un despojo. NO era buena hija, ni buena hermana, ni buena estudiando, que era mi ocupación, ni buena persona. Había creado un patrón ideal de conducta que jamás alcanzaba a realizar mas de un instante y como conclusión, comparándome con esa imagen inexistente, decidí que ya que nunca era mejor más valía morir. Como católica, el suicidio era también pecado y eso me retenía. Había entrado en una espiral de autodesprecio tan intenso, que me bastó ver a otra persona intentarlo y conseguírlo, para coger valor y tomarme un bote de pastillas para dormir para siempre.

No la vi saltar. La vi caer desde un séptimo piso por la ventana de la cocina a un patio interior. Aun recuerdo el ruido seco de su cuerpo al tocar el suelo y la imagen de su cuerpo deslavazado, con un charquito de sangre junto a su cabeza. No murió instantáneamente. Verla hizo fácil mi intento. Días después escogí el momento. Por la mañana. Todos estarían ocupados, respetarían mi sueño si advertía que iba a descansar. Horas después sería tarde para salvarme, Llorando ante el espejo tragué los comprimidos y me dirigí a mi cama para dejarme ir.

Lo que a continuación ocurrió lo siento aun como la desesperación mayor que puede uno sentir. A mi mente vinieron todas las lecciones aprendidas. El infierno se hizo visible. Imágenes de oscuros monstruos, negrura, espanto supino…, y con horror fui consciente de que  yo solita me había puesto la soga al cuello:  Imposible para siempre alcanzar la paz. El pánico se apoderó de mí. La angustia creció tanto que parecía increíble. A penas acababa de posar la cabeza sobre la almohada, me levanté, fui directamente a mi madre, paño de lágrimas tantas veces y le conté lo que había hecho.

Una lasitud inesperada invadió mi alma entonces. El mundo alrededor corrió poniendo cuántos medios tenía para evitar el efecto maléfico que amenazaba mi vida. Mamá casi gritaba a mi padre por teléfono contándoselo y conminándole a venir ipsofacto. Poco tardó en volver de su trabajo y juntos mi progenitores me llevaron a darme vida otra vez al centro de salud más cercano.

Allí procedieron a meterme un tubo por el esófago con un embudo al final y a echar cantidad de agua para inducirme el vómito. Mee colocaron suero y dormí…,y dormí muchas horas.

Me llevaron a otro hospital, donde un psiquiatra me escuchó decir:

-“No sé para qué me han traído aquí. Cuando salga todo seguirá igual…”

A lo que él respondió:

-Sí. Pero tú no lo verás igual.

Ahí reside la clave de la VIDA. ¿¿¿CÓMO VES EL MUNDO…, LA VIDA???

La vida y/o el mundo no “son” nada. De tu opinión, tu sentimiento, depende CÓMO VEMOS vida y mundo.

Cuando salí ciertamente nada había cambiado. Decidí que jamás volvería a intentarlo y que aunque mi vida fuese gris, muy gris, la viviría hasta el final. Dios siguió lejos aun mucho tiempo.

Viví muy intensamente cada minuto de mi vida. Han ocurrido sucesos tremendos, como ver morir a mi hijo, o quemarse mi casa con mis padres dentro, o experimentar la vida con mi alcohólico marido durante demasiado tiempo y perderle…He conocido momentos sublimes…¡Cómo no! Pero el tiempo pasaba y Dios seguía lejos.

Así fue hasta que un libro me trajo una noticia. Cristo no es un ser, decía textualmente, ES UN ESTADO DEL SER.

¿¡¡¡ Era posible “ser Cristo!!!”? Era según aquel texto una escalada, un proceso posible para un ser humano. Decía más:

“Atrévete a decir: YO SOY DIOS. Y si te parece demasiado dí al menos: YO PUEDO. ¿Qué? TODO.

Me puse a ello. Me lo repetía una y otra vez. “Yo puedo . Yo puedo, yo puedo…”

Poco después comencé a notar que si era positiva, mi estado mejoraba. Incluso pasaban cosas curiosas, mis deseos se cumplían, como si sorprendentemente los nudos de mi vida se desatasen. Y ocurrían sincronicidades. Estaba pensando en alguien y me llamaba. O leía en un folleto de pubicidad una frase que parecía dirigida a mí. O me regalaban algo que quería, aun sin decírselo a nadie…

Después la gente empezó a alabarme. Me llovían los cumplidos, frases bonitas sobre mi persona y no sólo de amigos. Gente con la que a penas cruzaba unas palabras…Hasta mis hijos bendecían mi conducta como madre…

Entonces llegó mi maestro. Muchas de las cosas que le oído decir durante años de algún modo las conocía. Pero sus palabras permitieron que comprendiera que la vida es buena, que el mal se muestra en busca de reconocimiento, porque habita en nosotros y lo negamos, lo condenamos y desconocemos su función.

Así vi que la vida de una persona es parecida a la de un árbol cuyas raíces habitan la oscuridad, sosteniéndolo y sustentando sus ramas, hojas, flores y frutos. No puede uno condenar la raíz sin que sufra la rama que la alimenta.

Comprendí que mi egoísmo nacía justamente del deseo de extinguirlo, de la intensidad con que había aprendido a condenarlo y que como en mí, en tanto los hombres rechazan el mal, le obligan a resurgir en busca de que nos demos cuenta de que sólo sale para que le agradezcan por sujetar y nutrir la copa.

La soberbia o la avaricia debieron salir del suelo donde son felices y hacen su trabajo, porque algo destapó la raíz, un viento fuerte les sacó a la luz. Entonces repudiamos sólo la soberbia. Y como base ignorada y maldecida se sintió despreciada. Nadie sabía que la soberbia es la misma cosa que la humildad, que es su lado opuesto tan sólo y que no quiere vivir al sol, sino en la oscuridad de la tierra, pues es la raíz que sostiene la humildad. Nadie me había enseñado que cada bondad se basa en su opuesto como raíz que se oculta bajo el suelo. Y nadie hasta mi maestro, me había permitido entender que lo que llamamos mal, lo tratamos como un hijo apartado por la familia. Sólo pretende ser estimado como base del bien, como el nutriente que quiere que se dé el valor a su trabajo desde la tiniebla.

El mundo cambió radicalmente a mis ojos. Ahora sí lo veía diferente. Mi psiquiatra tenía razón.

Saber esto me permitió, no ya perdonar a mis enemigos, sino agradecerles que me hicieran consciente de esa parte que yo no había podido llamar mía y que ahora sabía que no pretendía habitar la vida exterior, sino recibir el premio final: SI. SÉ QUE EXISTES Y TE BENDIGO, pues tu aparente ausencia, me mantiene feliz. El perdón dejó de tener sentido.

Es una simple cuestión de lógica. Bien a la luz, mal en la sombra y ambos potenciando la vida. Uno a las claras y el otro desde su oscuridad, pero sabiendo que ambos son valiosos, cada uno en su papel y en su lugar. De pronto la gente dejó de asombrarme por su maldad. Ahora sentía que me contaban de una parte que yo había despreciado tanto de mí, para aplaudirla. Y tras este conocimiento, restituí a cada “enemigo” la confianza en él como si siempre se hubiera mostrado amistoso.

Los milagros ocurren, mis enemigos desaparecieron. Su efecto dañino no me puede coger nunca, porque ya puedo amar a quien me aborrece incluso. Sus patadas, no duelen. Sus intentos de desestabilizarme, sólo me reafirman en mi verdad: LA VIDA ES BUENA.

Y paulatinamente dejé de creer en un Dios ausente. La vida es una y lo único que hay. Soy parte de Ella. Y para mí Ella es Dios ahora. Lo veo en mí, fuera de mí y ocupa la existencia infinita. Siempre me ha tratado bien. Lo que entendí mal, ahora es una colección de piezas de puzzle, que juntas,  son la bella imagen de mi ser. Queda mucho por conocer. Pero lo que llega es bienvenido. Nada sobra. Si tiene cara amable o desagradable. Aunque realmente es muy difícil ya que algo sea desagradable mucho rato.

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