Gerrit.

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Le llamaban YERRI, o sea sonaba así. Le conocí como Jerry , como el de Tom y Jerry y para mi lo de Gerrit tardó tiempo en tener sentido al nombrarle. Es un nombre holandés sin traducción fácil al castellano. Él me decía que es el nombre de una clase de cuervo…, decía que Jerry no se llamaba, que era tan solo un apelativo corriente para su nombre propio…

Sólo cuando aprendí a amarle me gustaba llamarle “Geguet”, que es como suena al oído español lo de Gerrit, que es como se escribe en Neerlandés tal nombre.

Creo que he contado algo de mi sed de sentirme querida como chica, como mujer…Dije que casi me sentía enfermar de no poder verme correspondida…

Y así fue, hasta que ya con 21 años conocí a un extranjero de la menos recomendable forma: Sola, en una discoteca de una ciudad donde de noche puede ocurrir cualquier cosa, más aun con un desconocido que se te pega y te sorprende “robándote” besos de esos con lengua que tu nunca has dado, ni recibido, mientras te ofrece un “shaggie”. Así llaman los holandeses a sus cigarrillos liados con buen tabaco de hebra.

Yo era tan pazguata que lo tomé por un porro y huí de él, pues no sólo era feo, pesado, sino además un “drogata”. NI HABLAR. No.

Pero tenía un don. Sabía hacerte sentir deseada, amada y única. ¿¿QUE MÁS NECESITABA YO??? Nada. Él me deslumbró con su trato educado y caballeroso, sus cinco años de edad mayor que yo…Me deslumbró verle conducir lo que luego llamamos nuestro “hogar sobre ruedas”, un coche entonces caro…Y sobre todo porque por primera vez en mi vida iba de la mano con lo más parecido a un novio que yo podía haber soñado en el mejor de mis sueños.

Que me pareciese feo no era problema. Era una ventaja que fuese más alto que yo, cosa que mis españolitos entonces no conseguían casi nunca. Y que fuese dulce su voz a mi oído era el imán más fuerte que sobre mí tenía al principio y también al final de nuestra relación.

Yo pertenecía a un grupo humano poco convencional. Pija por fuera, idealista por dentro, exigente siempre con todo, con una curiosidad insaciable, me gustaba creer que aunque mi inglés era patatónico…, era capaz de hacerme entender. Desde luego a él le pareció que por fin podía hablar “algo” con una española…Así me lo contaría años después.

Era julio. En España y en el este, en la costa, es una delicia pasear al atardecer. Lo era ciertamente antes de que el calentamiento global empezase a notarse. Las playas entonces se vaciaban después de las cuatro, hora en que juntos íbamos a bañarnos y a enamorarnos. El mundo era bonito…Ya era amada…Porque es fácil creerlo cuando lo quieres creer. Y siento, que era cierto además. Hay señales inconfundibles, aun cuando luego no sepamos mostrar que amamos realmente al otro.

Tras nueve idílicos días me anuncia que se va. ¡¡NO!!. Se iba y con él mi amor veraniego se frustraba antes de haber comenzado.

-Volveré. Dijo.

¡Ya! Así hablan los que ya no quieren saber más de ti, pensé yo, a pesar de que aun no había conocido mi cuerpo en el sentido bíblico y se decía que si ya te habían probado no valías nada. Él respetó mis noes.

En mi tiempo tener relación completa sexual era de fulanas, perdidas o procaces…Y así, a bote pronto, no quería ser ninguna de esas cosas. Ni que decir tiene que el factor religioso pesaba y mucho. Yo era de misa dominical y católica. ¿Cómo iba a hacer el amor con un extranjero del que sólo sabía que besaba bien? No me podía permitir un desliz, que en aquellos días era una especie de muerte social anunciada y un castigo en tu casa, aunque mis padres parecieran liberales.

Prometió volver en nueve días…Según contaba, su viaje en coche desde Holanda tenía un objetivo secundario final. Llegarían él y su chino amigo a Málaga para ver a inmigrantes españoles, que residían en Holanda ahora y eran buenos amigos suyos. También sus españoles amigos vacacionaban, así que no podía dejar de verles, pues eran esperados en su casa de verano. Temí mucho perderle para siempre de vista.

Aquellos nueve días fueron ansiedad y miedo, frustración posible y certeza de que una vez más no iba a ser la chica de nadie. Pero estaba ya enganchada a él. Y una vocecita interior me animaba. Voló mi imaginación al país de los sueños benditos y esperé contra toda esperanza, pues además en casa me decían que no soñase imposibles, para que no me llevase un sofocón de nuevo…

Llegó el día que hacía diez. Me situé en la terraza de casa por donde podía aparecer su coche rojo y como un crío, me senté en el suelo, colgando mis piernas en el vacío, agarrada a los barrotes ilusionada. Sólo mi abuela había consolado mi espera. Y ella estaba allí cerca cuando grité:

-¡¡¡¡HA VENIDO; ESTÁ AQUÍ!!!

Su cara era un poema vista desde el noveno piso, saludándome entusiasta. Y no sé qué vería él en la mía, pero mi dicha se colmaba. ¡Dios había escuchado mi plegaria!

Me faltó tiempo para coger el ascensor cual loca de atar,y correr a sus brazos.

Creo que le gustó mi locura, que él creía ardor español. Esa fama dicen que tenemos las españolas…

Por otro lapso de tiempo, no muy largo en verdad, quise olvidar que su destino era volver a su patria, que distaba la no despreciable cantidad de 2.500 Km de la mía. Y reímos, jugamos, creímos ser única pareja enamorada, y por fin me entregué a él. Para ello tuve la cara dura de pedir vacaciones morales a Dios. De otro modo mi conciencia no me habría permitido ser suya y disfrutar.

No sé, ni creo que lo sabré nunca, si era tan buen amante como mi corta experiencia, nula más bien, me hizo sentir que era. Realmente poco importaba. Yo era más que dichosa y él perfecto para mí.

Un día dejó escapar su apellido unido al “sra. de”.

-No suena mal …¿Verdad? Dijo.

Esa fue su petición de mano, su manera de declarárseme y pedirme que fuera su esposa.

Y unos días después, tras confesarse en proceso de divorcio y con dos hijos pequeños, yo confirmé que íbamos a por todas.

¡Cuántas veces luego me reprendí por esa ingenua reacción! No quería despreciarle…Y pasó mucho miedo para sincerarse, con no poca valentía. Aun así, como no era mi cabeza, sino mi corazón el que respondió, quedó sellada nuestra boda. Sine die, eso sí, pero ya nunca más pude romper un compromiso de esta extraña forma contraído.

¡¡Cómo iba a hacerlo!! Cuando te han rechazado mil veces, prometiéndote seguir a tu lado, eso sí sólo como amigos, uno no quiere en modo alguno que nadie viva el dolor de saber que no vales para tu amada/o. Por que …VALER era ser tu pareja, no el “ser amigos” decenas de veces repetido. Además…¡¡Que curioso…!! Ninguno fue amigo después.

Por esa razón aparente, sólida para mi entonces, nunca rompí con él.

Es más…Avanzado el tiempo, fui su novia a todos los efectos y a pesar de la distancia, durante un año y medio.

Un día pedí a mi madre que me dejase ir a vivir con él unos meses para ver si éramos o no compatibles. Mi señora madre me disuadió diciendo que el amor no era cosa de probaturas. Creo que pensar que su hija pudiera vivir una vida libertina y lejos de sus alas de gallina, no le cuadraba en absoluto. Pero lo que yo oí fue aproximadamente esto:

SI AMAS, ama. Si no, déjalo, y ya.

Y lo hice. Me decidí a amarle…Pero la lejanía me ahogaba. No había cambiado mucho mi situación, con la desventaja de que ahora que todos sabían que era novia de él y tampoco podía estar con otro que pareciese sospechoso…. Mi sexualidad recién despertada clamaba guerra. Pero el “enemigo” brillaba por su ausencia y además sólo tenía un teléfono para sentir aquella voz que me acariciaba sin que lo supiera ni él, ni yo.

Vino en verano invitado a nuestra casa. Y ahí surgió lo que entonces me hizo gracia, aunque tiempo después fuese una cárcel real para mí: SUS CELOS. No podía creer de veras que fuese en serio lo que iba surgiendo de su boca. ¿No era europeo?¿No se suponía que en Europa eran otro tipo de relaciones las que se tenían, mucho más …, racionales?

Él no. Era evidente. Era un europeo especial. Pero antes de Diciembre, fecha en que nos casaríamos, yo no iba a saber más sobre el tema.

No diré que yo era cual amapola, dulce y sumisa, porque desfiguraría la realidad. Aunque por él fui mucho más dócil de lo que yo sabía de mi misma en ese aspecto.

Tuve serías dudas sobre casarme…, un par de meses antes. Pero mi padre intervino para decirme que casarse y amar no era eso de tener mariposas en el estómago, ni “había elefantitos voladores” en torno a una pareja. Así que, consideré que debía ser lo normal. Sí, eso de que te entre la angustia de entrar en prisión…, como si la boda fuera la llave de un encierro sin fin…

Y nos casamos. El 20 de Diciembre de 1980 me convertí a todos los efectos en su esposa.

Y entonces se cumplió mi sueño, aunque de azul tenía poco mi príncipe.

El día 24 de Abril de 2010 a las 7,50 salía mi avión para verle morir en mis brazos como le había prometido hacer. A esa misma hora se certificaba su marcha de ese cuerpo que me amó casi tanto como me torturó.

El lunes que viene, pasado mañana cuando despierte hará siete años de su final de agonía. Hoy desde aquí quiero homenajearle.

Quiero decir al mundo que hay hombres buenos disfrazados de lobo, pero que Caperucita ha de ser devorada por el lobo, si quiere conocer al cazador que las libere a la abuelita y a élla. Hoy sé que soy lo que soy en mucho, gracias a su paciencia con mi rabia, con mi inmerecimiento y falta de estima, gracias a que nunca me abandonó y se dejó echar de mi vida por dos veces.¡¡Mi dulce amor!!

Hay guiñapos que se hacen hombres a través del dolor, que en su huida hacia delante llevan hasta la tumba. Él fue casi un guiñapo humano, en parte para hacerme comprender la vida. Tal vez también por más causas que sabe su alma sólo. Pero mi gratitud por su amor es infinita y le amaré eternamente pues me recibió en su existencia como si fuese valiosa, para hacerme ver mi valor.

Ni el infierno que compartimos puede borrar la huella del cielo que alcanzamos. Y vive en mi su presencia, sin que ya sus celos me puedan quitar la posibilidad de amar así, de nuevo.

Hoy cariño, eres eterno. Tu personaje fue una bendición, pues me enseñaste el valor del dolor como puerta para dejar de sufrir. Ya no he de padecer de nuevo, pues con tu marcha me abriste el camino del Reino de los Cielos y señalaste dónde está el umbral a una existencia real y cierta.

Vives en mí. Vives tu vida más allá o más acá. Poco importa pues lo que me diste no se toca, pero permanece tanto allá como acá.

C

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