El mundo oculto en la oscuridad nunca dejará de asombrarnos.

No es mía la frase. Así concluye un documental de TVE2 que he visto esta tarde.

Iba de espeleología. Un espeleólogo en busca de la historia de la tierra que guarda la piedra en los sedimentos de milenios y milenios, esos que se esconden en cuevas bajo agua de ríos y de mares, a la luz de los potentes focos que usan para ver los fondos, te va descubriendo un mundo fantástico.

Inimaginable lo que el agua, las diferentes temperaturas, las características de los distintos tipos de roca materializan, que más parece una alucinación. Sí. Parecía un castillo encantado, un mundo celestial deshabitado, un palacio que con cada cueva descubría espacios maravillosos…Dicho sea de paso, yo jamás habría hecho ni de lejos lo que aquel hombre hacía.

Para pasar entre cuevas, provisto de su equipo de submarinismo, cual anguila serpenteaba introduciendo su cuerpo por angostas entradas entre estalactitas y estalacmitas, techos y suelos tan próximos a veces, que te preguntas cómo hay personas tan extraordinarias, que arriesgan sus vidas por esos “andurriales”, por el simple móvil de descubrir y compartir sus hallazgos con gente como yo, que  mirará tranquilito en su sillón de casa, esa belleza tan fuera de lo común.

Vuelvo a la frase:

El mundo oculto en la oscuridad nunca dejará de asombrarnos.

Mi mente tiene la pillería de hacer analogías y el impacto de la frase me ha llevado al mundo del alma.

ALMA y  MENTE no son lo mismo. La mente es un producto del cerebro, por decir así, que la psicología va explicando, mientras que el alma es absolutamente impredecible. Somos conscientes de ella, pero no se asienta en parte alguna. Uno de mis maestros cuenta que la mente es lo que se de mí, mientras el alma es lo que vivió antes que yo y sobrevivirá el día que mi corazón y mi cerebro se apaguen.

Mi mente me ha llevado al ALMA y al mundo que intenta explicar ese alma que vive en la mente un rato, pues eso parece ser nuestra vida: Un ratito de la eternidad.

Decía Carl Gustav Jung, que la mente guarda mucha oscuridad inconsciente. Inconsciente equivale a desconocido y desde luego, oculto. O sea, hay una parte en ella de la que no hay noticias, aunque contiene mucha información, más muchísima más, que aquella que manejo. Por eso es oscura, no por tenebrosa o maligna. Sólo, porque opera sin nuestro control. A esa parte nuestra la llamó SOMBRA.

¿Habéis visto un video cortito de una pequeña de poco más de un año, que descubre la sombra de su cuerpo, intenta huir de ella y al comprobar que la sigue sin despegarse llora rabiando y asustada?

 

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Es como una metáfora de lo que nuestra sombra psicológica produce al adulto. Lo negro, lo oscuro, lo desconocido nos da alergia.

¡Ya lo dice un refrán castellano: MAS VALE PÁJARO EN MANO QUE CIENTO VOLANDO!

A menudo los pájaros volando no sabemos qué son, qué traerán. Y frecuentemente elegimos el que está en la mano, porque ese aun si está agonizando, lo conocemos.

Circula otro vídeo por las redes. En él una mujer en la cuneta de Dios sabe qué parte de la China, eso sí es una gran ciudad, yace aparentemente herida, quizá muerta, y los transeúntes ni la miran, cuanto menos se acercan a auxiliarla, ante una indiferencia total. Esto muestra la sombra humana, la de comportamientos inexplicables, inhumanos, que cuesta comprender. ¡¡Mucho!!

 

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Es ahí donde mi mente exclama: ¡Verdaderamente es cierto, que el mundo oculto en la oscuridad no deja de asombrarnos!

De niños no nos gusta. Es un clásico no querer ir a la cama, porque aun si parece insensato, para un niño dormir es morir. Ellos son pura acción, no paran y ceder al sueño lo hacen preferentemente cobijados en mamá o papá, porque esa es una dulce muerte. Los padres parecen todopoderosos y si se refugian en sus regazos o su abrazo, pueden dejarse ir y sobrepasar el umbral de la muerte. ¿Entendéis ahora por qué es a veces tan costoso lograr que se acuesten?

Yo no creo en la muerte.

Sé, cómo no, que los fallecidos no retornan, que sus mentes no brillan más, que sólo en sueños cobran vida…Pero para mi sus cuerpos inertes son coches de un desguace, inservibles ya para conducir, se aparcan y sus piezas se usan de repuesto, aunque el alma de esa gente se va a otra realidad con la que sólo de vez en cuando nos es dado conectar. En ningún caso su consciencia, cuanto en vida descubrieron y aprendieron, su visión de las cosas, se borra. Y casualmente…, hay ya médicos, de neurólogos y psiquiatras, que desde un enfoque cuántico admiten que la consciencia humana retorna al universo. Sin forma, pero real y viva.

La cuestión es que lo desconocido, lo oculto se asocia con lo malo. Al demonio tradicionalmente no se le retrata en ambientes limpios, ni luminosos, ni con aspecto de persona, sino de un extraño animal mezcla de hombre y bestia.

El mal vive en la mente colectiva del hombres unido a sombras, negruras, pozos vertiginosos que nos provocan espanto, cuando no miedo atroz.

Y sin embargo tiene cara de gente normal caminando por una ciudad cosmopolita cualquiera, donde la compasión brilla por su ausencia y la mayor indiferencia permite ignorar a seres humanos, sin contemplar un segundo el cuerpo de una persona como ellos, tumbado en la calzada…

Lo peor de nosotros no es el ataque, o la agresión cobarde, ni siquiera la aniquilación programada. El mal, ni rechazo, si quiera asco, se evidencia ante la presencia de un congénere, que quienes pasaban junto a aquella mujer derribada ni miran.¿Un automóvil tal vez? ¿Una paliza?…Lo de menos es que la llevó a ese estado, indefensa y desconsiderada por sus semejantes.

Ahí cobra sentido la frase mencionada, no por admiración, sino por el horror que causa pensar que también de eso somos capaces:

El mundo oculto en la oscuridad nunca dejará de asombrarnos.

Nos gusta creer en nuestra inocencia, culpar a otros de la impiedad. Pero creedme:

ESA IMPIEDAD VIVE OCULTA EN CADA SER HUMANO.

Cuanto uno de nosotros hace, lo hacemos todos. Esto es válido tanto para la gloria como para la impiedad. Sólo que pertenece al NO CONSCIENTE. Por eso nos parecen ellos impíos y probos nosotros mismos. Por eso…, no nos beneficia el éxito ajeno y lo envidiamos en lugar de entusiasmarnos.

Un hombre. Una sociedad es como un árbol.

…Sus raíces ocultas bajo una tierra que agarran para sostenerse y de la que absorben los nutrientes para dar ramas, flor y fruto… Mas por cada rama que brota, brotó antes la raíz que sujetará su peso y la alimentar. O no brotaría…

Del mismo modo, para que yo pueda ser generosa, en mí inconsciente brotó primero mi avaricia, quedando allá sin que yo sepa, que si puedo ser generosa es porque mi avaricia me mantiene y alimenta mi generosidad.

Sé que cuesta comprender que uno sea eso malo que tanto rechazo le produce ver fuera. Pero por otro lado, si ni fuera pudiera verlo….¿Cómo llegaría nunca a conocerme, a saber lo que soy, sin nadie que me mostrase eso que permanece escondido e inalcanzable?

No es necesario matar para ser un asesino. El asesino que mata nos ha hecho el favor de dar a conocer, igualito que el espeleólogo, las profundidades y la historia de mi ser. No tengo que asesinar para descubrirme. La Vida es tan generosa, la gente que hace de malos es tan audaz y pone en juego su estabilidad mental y su vida, tal como el espeleólogo hace, para que yo siga creyéndome inocente.

¿Lo soy? Desde luego. Aunque si echo la culpa a otro por lo que sea y me autoconvenzo de mi bondad, lo que conseguiré es que la sombra pegada a mis pies por más que huya, me desespere. Como a esa peque, se me mostrará hasta que comprenda.

Dicho de otro modo: El mundo seguirá siendo desastroso mientras no reconozcamos el papel sostenedor y nutriente para que la luz se muestre, que juega la sombra. Y por cierto, seguirá asombrándonos con más y más mezquindad, con más y más latrocinios, más y más de la llamada maldad.

Lo hará, hasta que podamos reconocer que no hay luz que no genere sombra, sin que por hacerlo vaya a producir muerte, o mal alguno.

Es el rechazo lo que provoca en quien lo produce dolor por ser excluido y rabia, porque la verdad no tiene remedio y la vida tiene caras desagradables si uno se empeña en ocultarlas, porque la moral de moda las prohíbe.

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