¿Mata un terrorista?

Era yo una niña aun. Mi autobús, aquel que cada mañana me recogía cerca de casa y me llevaba a 10 kmts. para pasar allí siete horas diarias, cruzaba habitualmente por una plaza. Un día, poco minutos después de la hora habitual en que la cruzábamos, un grupo terrorista Vasco acababa de hacer estallar una bomba, paralizando no solo el tráfico, sino la vida de muchas personas. De lejos, parado el autobús unos instantes, se veía un cordón policial, se oían las sirenas de varias ambulancias, se veían fachadas rotas de edificios, ahora ennegrecidos, que yo solía contemplar desde mi ventana del bus y se apreciaba aun un humo difuso diluyéndose…Era un espectáculo dantesco.

Unos años más tarde, iba a pie. Tomaba el metro más cercano para mi centro de estudios y recorría tres tramos de calle hasta entrar en él. A medida que me acercaba, desde unos doscientos metros de distancia, se veían otra vez unas vayas portátiles, no vi mucho más. Parecía como si la calle estuviera en obras…Esa imagen la recuerdo. No me acuerdo sin embargo cómo rodeé por otro camino para asistir a mi clase, pero sí que después descubrí que la bomba que había matado al vicepresidente del gobierno, la habían colocado en la misma casa en que yo daba clase de guitarra. En el sótano, sólo unos metros más abajo de donde un profe de música enseñaba a tañer nuestras guitarras a cuatro niñas, unas personas preparaban un atentado contra un régimen, que una vez les oprimió y les llevo a levantarse en armas. Bajo mis pies se gestaba la muerte.

Tuve ya de adulta la oportunidad de ver una película que relataba escena a escena qué pudieron haber sentido y hecho esa gente que ni vi, ni conocí cuando preparaban tamaño despropósito muy cerca de mí.

Resulta impactante saber que dos veces estuve tan cerca de morir a manos de E.T.A.

Crecí pues sometida a un aire extraño. No tuve jamás la sensación de estar amenazada. Sin embargo cada español sabía como yo, que aun sin estar en guerra, había una. Al menos eso creían quienes usaban armas y ejecutaban unos planes que podían pillarte en el supermercado, por la calle, en una discoteca, o en cualquier sitio. ¡Si yo misma me libré por los pelos, por minutos, de morir aplastada por muros, o derribada por la metralla…!

A pesar de ello…

No siento que nadie fuera inocente. Ni las víctimas. No.

Cualquier suceso, por más que hagamos muy, muy gorda la vista, espesísima, es responsabilidad social compartida. Unos sobreviven. Otros no. Pero todos con nuestro silencio, con el temor de quien se siente potencialmente atacado, formábamos parte ignorante del efecto que callar y temer conlleva.

Mi respeto por la vida es total.

Tanto, que me cuesta incluso coger un bote con su difusor y apretarlo para matar mosquitos. ¡¡Cuánto más si es la de un ser humano!!

No obstante, para mi, el terrorismo que sufrimos en España varias décadas sin remisión, no es cosa de asesinos y víctimas. Tampoco el de otros lugares. Dudo además que sean los que dan la cara los auténticos autores. llegan noticias de poderes ocultos que tejen esas redes, aunque los verdugos sean otros.

No llamamos a las cosas por su nombre: homicidio no es asesinato.

Hace unos pocos años conocí a una familia vasca, campechana, muy simpática y acogedora. Fui invitada a pasar unos días en su caserío. Y no olvido la impresión tan intensa que me dejó comer con ellos y sus invitados, una de esas jornadas.

La cosa empezó ya caliente. Uno de los comensales me llamó españolita. Yo me quedé atónita. ¿No estaba en mi país? ¿No éramos todos españolitos? ¡Pues no! Aquel señor se apresuró a decirme que él era vasco y no español. A continuación, como mi actitud de sorpresa era evidente y no agresiva, respondieron a mis preguntas él y los demás.

Ellos tenían una lengua. Un pasado distinto al resto del país. Eran una nación pisoteada por una dictadura que se cebó calladamente en sus mentes como poco, que les humilló y sometió, causando tanto furor y rabia, que aceptaban como un mal menor que un grupo armado los defendiese y les intentase dar una dignidad perdida.

Poco a poco cada uno me fue relatando sus miedos…, cuando de niños iban a la escuela sabiendo hablar sólo vasco y les pegaban un reglazo donde les pillase, cabeza incluida, por no expresarse en castellano hablándoles además a gritos. Recuerdan como sus madres y abuelas se resistían en casa a dejar el vascuence, por mucho que la vigilante Guardía Civil pasase con regularidad cerca para pillarlas y llevarlas al calabozo. Estaba prohibido el vascuence.

Franco, y/o sus gobiernos, sabían muy bien que una forma de reprimir y presionar, de someter a una población tradicionalmente rebelde, era evitar en lo posible que pudieran comunicarse sin que el poder establecido les comprendiese. Hicieron tanto en este aspecto, que casi logran hacer desaparecer una lengua. Y una lengua es más que un sistema de comunicación: ES UN SÍMBOLO, un signo de referencia y pertenencia humana.

Vascongadas, o el País Vasco como ahora se denomina, tenía un suelo rico, que un dictador no iba a dejar de explotar. Y que fuesen levantiscos como pueblo, sólo prometía conflictos. Había medios suficientes para como poco, reprimirlos…

En otro periodo de nuestra historia, esas gentes fueron quienes se escogió para poblar Castilla contra los moros…Pero entonces ellos sí aceptaron irse de su tierra y afrontar el peligro musulmán.

España por su posición geográfica es un lugar de paso. Tenemos una sangre y una cultura rica, porque muchas razas se asentaron aquí, muchas son las influencias foráneas de nuestra cultura, y muchos son los reinos que quisieron tomar lo que entonces había, incluso oro una vez. Hispalis, de ahí Hispania y ahora ESPAÑA, que quiere decir “tierra de conejos”, tardó mucho en congregar tierras y señores para formar el país que el mundo hoy llama España.

Pero cuando vas al colegio no te cuentan que ninguna tierra es una nación, que ” nación” es más bien un palabro político y ya de adulta he asistido a la formación de otro mapa de Europa, que he de decir que no me sé de memoria, lo que significa que si una nación no se siente, tarde o temprano surge como país.

¡Va a tener razón mi hijo cuando dice que estudiar no sirve! Desde luego estudiar geografía no es muy práctico, porque me aprendí de memoria unas capitales como un loro y ahora ya algunas no lo son, o hay otras en su lugar en países, que cuando yo nací eran provincias o regiones de países de otro nombre.

Quiero resaltar que la vida es inestable, que hasta la ciencia o la Iglesia Católica se desdicen y que hay grupos humanos que no se conforman con las decisiones políticas, mucho menos si encima les tratan como parias, paletos o les desprecian. ¡No digamos si les ahogan!

Mientras oía en aquella comida las injusticias flagrantes cometidas contra gente humilde, que no era responsable de haber aprendido a hablar como los suyos, mientras me contaban el escarnio que sobre sus personas hacían maestros de escuela como yo, sin justificar las acciones de la E.T.A., comprendí que mi realidad y la suya no eran la misma y que tenían razones para querer hacer pagar a España y a Franco el dolor causado, así como para sentir con mayor fuerza que otros, que no eran miembros de una población que desconocía su tortura, pero alababa públicamente a su autor.

Me imaginaba yendo al “cole” toda ingenua y que yo que hablo tanto, hubiese de aprender un idioma a base de tortas…, yo que tanto me he resistido a estudiar lenguas. Y esto es la punta de este iceberg.

Entre tanto millones de españoles de a pie solo “se encendían”, porque por una injusticia cometida por su gobierno de la que lo ignoraban como de tantas cosas todo, ellos estaban sufriendo otra: AFRONTAR UNA MUERTE SIN SENTIDO para los españoles…¡Claro que quienes mataban decían estar en guerra y en la guerra, en todas las guerras, se cometen atrocidades! Eran para su consideración homicidas defendiendo su causa…

Tras las guerras hay juicios sumarísimos como el de Nuremberg contra los nazis que pudieron pillar. Se habla de crímenes de guerra, de genocidio.

Las leyes humanas son muy curiosas, porque llaman homicidio a unas cosas y a otras asesinato. Llaman ladrón a quien roba para comer como el Lute al principio, pero a los que roban millones y millones les tratan como señores y les devuelven la libertad más pronto que tarde.

No estoy ni con los homicidas ni contra ellos. No estoy contra las víctimas.

Por supuesto tampoco contra ellas.

Estoy con la vida y acepto la muerte, venga por un tiro, una bomba o por cualquier causa. Pero sobre todo estoy con el dolor que provoca y las reacciones valientes generosas y nobles.

Lo demás es para mi mundo, ese que aun cuando me mata, lo bendigo.

Somos una especie en desarrollo. Y aun si este es lento y penoso, prefiero gente con alma, que hoy se venga y mañana construye, que la evolución que prometen feliz los gobiernos y que hará de nosotros autómatas. Esos no matarán. De algún modo nos borrarán si lo consentimos del mapa definitivamente. Serán civilizados. Pero los autómatas serán de los amos del mundo, a quienes sus inventos tal vez quiten hasta el alma.

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