Carta abierta a los hijos de Diana

Me van a permitir…, como desconozco las reglas del protocolo y han entrado en mi casa para abrir su corazón,  que me dirija dada mi edad a ustedes como lo haría con mis hijos: “de tu” y con el corazón, igual que lo haría con ellos.

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Así que inicio de nuevo mi carta.

Queridos William y Harry:

Aunque jamás llegué a conocerla, me une a vuestra madre una serie de coincidencias que hicieron que como a tantos, Lady Di no me fuera indiferente.

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Nos casamos sólo con un año de diferencia, pero nuestro primer hijo nació casi al mismo tiempo. Mi hijo el 1 de junio del 82. Tu, William veintiún días después.De modo que yo miraba mi existencia corriente y la principesca de vuestra madre, preguntándome cuáles serían nuestros sentimientos mientras compartíamos embarazo, hasta qué punto eran diferentes mi forma de vivir y la suya, sobre todo cuando vi que se negaba a dejar a su bebé solo en casa mientras emprendía un largo viaje.

Pero empecemos por el principio.

Fui una de las que se colgaron a la televisión para ver realizarse lo que en aquellos días parecía un cuento de hadas… Desde el instante primero me impactó aquella tímida de señorita de la aristocracia y fui de las que creyó que era precioso que triunfara el amor.

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Después me encantó ver que el corte moderno también podía codearse con el siempre sobrio atuendo de la reina Isabel, vuestra abuela. Y recuerdo que cada uno de sus vestidos, de sus tocados, de sus trajes de noche me cautivaban… ¡Verdaderamente era una mujer elegante, no sólo por fuera…! La elegancia tiene a menudo un origen interno que emerge exteriormente…

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Anoche, y no iba a perdérmelo, los hijos de Diana querían mostrar a la madre, que no a la figura de ojos entristecidos. Queríais mostrar a la mujer joven, activa, divertida, que a vuestro lado resurgía cuando su dolor lo borraban vuestros ojitos, vuestros bracitos anudados a su cuello…

Más tarde me enteré que no sólo nos unía tener un hijo rubio de ojos claros de la misma edad. Ella como yo tenía un matrimonio difícil. Se separó antes que yo. Yo no me rendí por los cuernos, ni por no creer en el amor de mi pareja. Me rindió el interés de mis hijos, el intento de evitar que vivieran una infancia desgraciada, cosa que también me une a ella, porque un hogar deshecho no es un buen nido…

Como ella también yo tengo dos hijos varones. Una coincidencia más…

Sólo la llevo cuatro años. Era una persona de la misma época que yo, y tampoco se conformó con lo que hay.  Rompió muchos de los estrictos modos de proceder de una corte ancestral, incluso después de dejar esta tierra.

Pero no me ha movido nada de esto para escribiros, sino tu , William, que expresaste una particular unión con cuantos como tu han perdido un ser tan nuestro como un hijo o una madre.

Te oí decir que sientes una conexión especial dirigida a todos los que en este mundo experimentan un dolor con el que se aprende a convivir, pero que nunca se supera: la muerte de un ser amado.

Y  al joven sensato que aparecía en mi pantalla, de pronto,  quise decirle NO. No sólo sí se supera, es que recordarles se convierte en un acto mágico cuando comprendes que se nace sin un certificado de caducidad bajo el brazo, que cada vida lleva un propósito generalmente inconsciente y acaba justo en el momento idóneo, cumplido ya ese objetivo,

¿Idóneo podríais decirme los dos? ¿ Es idóneo dejar huérfanos a dos críos que la necesitaban tanto aun?

Sí. Lo confirmo. IDÓNEO.

Lo conveniente, lo idóneo para la VIDA difiere de lo que lo es para los seres humanos…

Diana fue una madre amante, una de esas que juega la mejor mano cuando es crucial atender a los pequeños, cuando los caracteres toman forma…De hecho pasados los primeros seis o siete años de nuestra infancia tendemos a repetir situaciones, a buscar y atraer personas que son un remedo de aquellas situaciones y aquellas personas con quienes convivimos entonces, aquellas  con  las que no resolvimos, que no produjeron en nosotros un crecimiento espiritual acorde al propósito del alma.

Ella estuvo ahí a vuestro lado para trasmitiros esa alegría de vivir, esa audacia a la hora de buscar lo divertido y “canalla” de la vida, para que aun si no podía por su trabajo estar cuanto deseaba, no la echaseis de menos. Estuvo para conformar en vuestro interior una imagen tan sólida de madre , que aun 20 años después no la habéis olvidado. Su esencia sigue viva en vosotros porque ella lo bordó.

Lo que una madre puede hacer por y con sus hijos se realiza especialmente en la primera infancia. Luego hay leves toques de barniz de amor, pero el “trabajo” principal está ya hecho.

Perder a una madre o a un hijo es un hecho tan trascendental. Lo más frecuente es que el impacto anule el normal desarrollo de la vida de las personas afectadas.

Cuando no es este el caso, cuando se sobrevive al duelo y uno puede reconstruirse, siento que se debe a que la relación no desaparece pues quien vivió dejó una huella tan clara, tan sólida y tan auténtica, que el hecho de que ya no podamos verlos, no impide que su esencia siga a nuestro lado. Y lo que habían de dar, lo dieron. Continuar, eso es cosa del mundo. No de la VIDA.

Yo perdí a mi hijo mayor, al que tenía tu edad William, con 21 años. A punto de convertirse en hombre, se fue y he podido constatar que lo hizo porque su vida no estaba proyectada hacia un futuro que no tenía sentido para él, sino para apoyar a su hermano.

¡Es curioso! Cuando iba a nacer su hermano llegué a preguntarme quien le querría. El intenso y profundo lazo que nos une…¿Cómo iba a poder reproducirse, repetirse? ¿Quién iba a querer al bebé que estaba en mi vientre?

Sin que yo lo proyectase así, sentía que mi primer varoncito necesitaba un compañero de juegos, un ser de su sangre con quien aprender a convivir, a compartir, a dar… Y mi nuevo bebé nacía, quise creerlo así, para hacer todo eso por y con su hermano.

Sin embargo falleció sólo unos días después de que el segundo cumpliese su mayoría de edad. Falleció con él cerquita, falleció dando a todos la oportunidad de despedirse y a mi la de vivir. De haberse repuesto de sus graves heridas habría sesgado mi vida hasta su muerte, ya que con toda probabilidad hubiera quedado mudo e inmóvil debido a las lesiones que causó el accidente de coche que determinó su muerte.

Con el paso de las semanas y los meses comprendí que fue él el que nació para su hermano y no al revés. Se quedó mientras su hermano crecía. Cumplido ese fin, para él, su existencia carecía de sentido.

Sé que mis certezas lo son sólo de mi corazón…, que muchos no podrán comprender, ni sentir lo que yo siento. Pero hay verdades que se nos revelan y nada ni nadie puede cambiar lo que un corazón dispuesto a abrirse percibe como cierto.

Pude ver venir su muerte, aunque cuando llegó fue como el de vuestra madre un súbito shock que como tu contabas, Harry, te deja casi inerte, parado, sin lágrimas. Yo, sí pude al fin llorarle, consciente de que era por mí, no por él…, pues él había hecho lo que vino a hacer.

En cualquier caso…, le solté.

Los seres humanos nos apegamos a casi todo, cuanto más a quienes queremos con toda el alma. Y no obstante, vivimos para experimentarnos individualmente y a eso ninguno de nuestros apegos colabora. Por eso cuando alguien se va es muy bueno que nos hallamos “saciado” de él/ella, aunque conscientemente algo se niegue a reconocerlo. Entonces y sólo entonces es posible soltarles, dejarles libres, de modo que puedan seguir su recorrido vital sin interferencias.

Ciertamente queda dentro un: “y si no te hubieras ido…”. Más cuando uno distingue en ese deseo un pernicioso daño a su o nuestra alma, sabe que el adiós no es eterno, pero el hasta luego es vital.

Sé que estas palabras no os llegarán. Aun así creo en la unidad entre quienes formamos parte del género humano y puede que si las palabras no lo hacen, sí os llegue la energía que emiten.

Quiero para vosotros la misma paz que yo siento al recordar a mi hijo y la misma esperanza en nuestro encuentro cuando muramos.

El amor es vida y la vida no se extingue. Sólo las formas lo hacen.

Sí William. Ese dolor se evapora. Es posible cuando uno coloca el personaje y su rol en su sitio, como esa pieza del puzzle que faltaba.

La ausencia aparente de vuestra madre ha hecho de vosotros los hombres que hoy sois y del modo en que lo sois. De haberse quedado…, ¡quién sabe en que cosa os habríais convertido!

No sé cómo era en privado ella. Sólo que alguien quien conmueve a tantos y en todo el planeta, necesariamente ha conectado con el corazón. Y al escucharos y sentir lo que aun pervive de ella en vosotros, sé que cumplió su papel a la perfección. No hacía falta mayor conexión que esta.

Querría contarle a cada ser humano que la muerte no existe, que no ver a los que se fueron no indica que no estén, que se van cuando es oportuno y que no ha desaparecido para siempre más que la apariencia con que les conocimos.

Sé que muchos, muchísimos, consideran y sienten que lo que ya no se ve, no está. Sin embargo es imposible amar lo que no existe. La prueba de que no ha muerto es el amor que aun os une a ella, como lo es el que me une a mi a mi hijo.

Nuestra civilización se basa en imágenes.

Pero ya lo expresó muy bien Antoine de Saint-Exupery:

LO ESENCIAL  ES  INVISIBLE A LOS OJOS.

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Y ellos, los que se han ido, los que no vemos, viven en esencia por más que nuestros ojos lo ignoren y no puedan percibirlos.

Queridos príncipes…, queridos todos los que echáis de menos a cuantos nos precedieron…recordadlo:

HAY mucho más de lo que vemos, de lo que conocemos y si escucháis vuestro corazón, los encontraréis. Sólo el corazón ve y sabe.

Un comentario en “Carta abierta a los hijos de Diana

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