¿¿ENFERMOS??

Desde que somos muy pequeños nos hacen creer que la enfermedad es como una tormenta que te cae encima sin que tu tengas nada que ver con ella. De inmediato vamos al médico y creemos que él o ella son quienes nos curan con sus remedios tras hacernos las pruebas pertinentes.

Además ahora nos venden que dependemos del ejercicio, de la alimentación y en general de nuestras costumbres…

Lo que sabe la vida desde tiempos inmemoriales es que nuestra sensibilidad y nuestro pensamiento van directamente ligados al tipo de malestar que se crea en nuestro cuerpo. Eso sin embargo, la visión materialista del mundo en que vivimos hace lo posible por ignorarlo.

No es que el ejercicio o la alimentación no tengan que ver. Es que uno se ejercita o come dependiendo de cómo se sienta por dentro. Y desde luego nunca es el médico quien nos cura, ni los medicamentos, sino las ganas de vivir, la mentalidad que evoluciona muchas veces gracias justamente a la enfermedad, o al tiempo que la enfermedad brinda para profundizar en eso que lo cotidiano impide: nuestros sentimientos.

Disponemos de una máquina de pensar: la mente. Te guste o no siempre hay decenas de pensamientos surgiendo de nosotros sin freno. Uno no sabe lo fugaz que un pensamiento es, la ínfima huella que deja…, a no ser que ese pensamiento provoque una emoción. Ahí la cosa ya no es intrascendente.

Por ejemplo: Recuerdo a mi padre. Hay una imagen breve en mi mente. Y a continuación otra cosa me distrae y pienso que mañana es fiesta. Pero si la palabra fiesta me lleva a un día festivo que recuerdo pasé y muy bueno con mi padre, puedo tener dos reacciones: alegría o nostalgia, y casi sin darme cuenta de la nostalgia paso a la pena porque mi padre ya no está.

Eso que pertenece al reino de lo que no se toca, de lo invisible, lo es sólo para quien desconoce cómo procede el sistema nervioso y cómo responden los neurotrasmisores y las hormonas. Sí, porque en mílesimas de segundo, ese pensamiento que se ha vestido con la emoción de la pena, llega a través de las neuronas a algún órgano y cargadito de lo que yo llamo liquiditos, o sea sustancias que se pasan entre sí las neuronas y pasan luego a otras células.

Imaginad que aparece tu hijo y te lleva a ocuparte de él, de modo que ese breve recuerdo y la pena que se ha unido a él son breves. ¡Nada grave!. Pero a veces las emociones no las soltamos, nos aferramos a ellas y nos dejamos llevar por la vida imbuidos de esa emoción durante horas, intermitentemente durante días, tal vez semanas… La pena se va convirtiendo en un estado de ánimo, que ahora ya no es fácil de abandonar. Te sientes triste y nada te alivia la tristeza. Con el tiempo, un estado de ánimo puede incluso pasar a formar parte de nuestro carácter y teñir¡nos de tristeza cuanto hacemos.

¡¡Y todo lo generó un fugaz pensamiento!!

He puesto este ejemplo, pero hay miles de situaciones donde mantenemos voluntariamente un pensamiento de rabia , de miedo, de agobio, o cualqyier otra emoción que no queremos soltar.

Pues bien cada vez que pensamientos negativos se unen a emociones destructivas no por ser invisibles se disuelven solas, sino que nuestro cuerpo sufre riadas de líquidos que en su justa medida pueden ser buenos, pero si llegan de forma exagerada se convierten en perniciosos.

Ahí es donde se generan las enfermedades.

Digamos que el cuerpo recoge actitudes dañinas y protesta, nos señala que ese no es el camino. Uno puede entonces retirarse de la normalidad y descansar del ajetreo habitual. Si entonces dedicas tiempo a analizar qué ocurrió, es más que posible que en el origen sólo haya un pensamiento retenido, que causó una emoción que no soltaste y te provocó un estado de ánimo nefasto. Y si es así, si vuelves a pensar buscando una solución a aquello, otra que no provoque pena sino paz, te recuperarás y volverás a estar sano.

Salud y enfermedad pertenecen a la natural forma de existir humana. Buscamos la una y huimos de la otra, cuando en la otra hay siempre una lección esperando una transformación, que de no propducirse, volverá a llevarte a la enfermedad.

No. No es una tormenta que dependa de los vientos. La enfermedad depende de nosotros.

A veces me causa casi risa lo secretos que guardamos sobre nosotros mismos y con qué facilidad nos delatamos entreteniéndonos en contar con detalle los males que nos aquejan. ¡¡Es casi como si contásemos lo más íntimo sin pudor alguno, cuando damos tantas señas sobre esa enfermedad de la que creemos no ser responsables!!

El miedo por ejemplo, se agarra al estómago. La rabia prefiere el hígado. El orgullo se muestra en las articulaciones…Y así uno por uno cada lugar del cuerpo quiere que descifremos el qué ocurre y ante el dolor busquemos nuevas actitudes.

Estar enfermo no es un mal en sí, porque dependiendo de dónde y cómo duela podríamos saber qué ha producido la enfermedad y hallaríamos el modo de sanarnos.

Habitualmente creemos que el medicamento atenuará o hará desaparecer los dolores. Y así es, porque somos un laboratorio de química perfecto. Sólo que si no usamos la enfermedad como forma de encontrar salidas, las causas que permanecen escondidas en nuestra mente, volverán a provocar sin pausa el daño. Así hay enfermedades crónicas que se instalan e intentamos curan con medicinas, las cuales a menudo afectan a otros órganos que terminan por enfermar igualmente.

Últimamente cada vez que me dejo llevar por el miedo, por la rabia, o por la incomprensión, casi sin dilación me aparece algún pequeño trastorno. Un buen catarro, un dolor de espalda…Y si soy sincera conmigo misma localizo cuándo me ocurrió algo que se sitúa días u horas antes de que apareciese el problema.

Recuerdo un buen cabreo, uno del que fui muy consciente y no quise soltar. Arrastré meses una infección de orina que me costó sanar. Estaba en desacuerdo con el proceder de mis compañeros, un tanto harta de que no nos tomemos más en serio las cosas y me enfadé. Fui plenamente consciente de querer pelearme con el mundo, de protestar llamativamente, incluso cuando hubo compañeras que me pedían calma. Quise dejarme ir en esa emoción y durante un buen rato estaba queriendo mantener mi cabreo.

Intentar movilizar a otros no tiene mucho sentido. Uno sólo puede moverse a sí mismo. El campo de acción propio termina allá donde tu actividad cesa. Es posible que el ejemplo “contamine” y que otros deseen cambiar contigo. En ocasiones son comunicaciones internas las que parecen pasarse de unos a otros y se moviliza un gran grupo, una nación… Pero no es lo corriente.

La vida trae variaciones sola y uno no puede sino aceptar que hay razones invisibles que se escapan al pequeño reducto de nuestra mente. Cabrearse entonces es perder inmunidad y millones de bacterias propias y del entorno pueden entonces entrar en nuestro cuerpo.

La alegría, la ternura, la serenidad, la euforia y tantas emociones que fortalecen las defensas son nuestras mejores aliadas para comprender y no luchar contra molinos gigantes.

Por eso os animo a contemplar vuestros pensamientos, a no luchar contra ellos, pero sí a no agarraros a los que os provocan malestar. Del mismo modo que llega una emoción, puede irse si la dejas en ti sin pelearte, sin dejar que se apropie. Y si ocurre, tal vez tengas necesidad de pasar una enfermedad y brindarte el tiempo para penetrar más dentro de ti y buscar otro modo de proceder. Sírvete entonces de estar enfermo como de la mejor medicina. Entra en tu interior y usa ese tiempo sagrado para crecer y evolucionar.

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