CAMBIAR

CAMBIO. Se utiliza mucho esta palabra … El mundo que tiene que cambiar; el otro, sea quien sea, debería hacer mejor las cosas, o incluso uno mismo. Con “uno mismo” somos unos fieras. ¡Cuantísimos reproches nos hacemos! En unos días, con el año nuevo  haremos una lista de propósitos y… ¿no nos llama la atención qué pocas veces se cumplen? ¿De veras va esto de cambiar?

CAMBIAR; CAMBIAR; CAMBIAR… Se diría que es un lema, aunque sólo hemos cambiado en el uso de tecnologías más sofisticadas. En lo psicológico y en lo emocional podría decirse que nos parecemos un montón al hombre de Cromagnon.

El asunto gira en torno a los juicios que establecemos sobre las cosas. Lo más grave es que creemos que cuando criticamos conductas, estamos exentos de ese comportamiento. Y eso sólo indica el grado de represión a que nos sometemos por cuenta propia. Si con el prójimo eres estricto, que Dios te pille “confesao”: Cada uno es el peor juez de sí mismo. ¿Eres justiciero, rígido con las normas, exiges a otros ser de una determinada forma que aprendiste que es buena y adecuada? Pues…¡PREPÁRATE! El día que eso que reprochas lo hagas tu, querrás morirte. Y lo harás…

El ser humano vive bajo el influjo de diferentes culturas. Ve la realidad de acuerdo a como se la mostraron su pueblo, su gente, su familia,… sus padres. Pero por encima de distinciones nos parecemos todos una barbaridad. Todos conocemos la ira. Todos conocemos las pérdidas inesperadas. Todos sabemos renegar, ser hipócritas, mentir, traicionar, ser egoístas… Podemos ser perezosos, descuidados, negligentes, avaros…¿O estoy equivocada?

Sí. En el alma del hombre habitan todas las hadas y magos, como también lo hacen los demonios y la perversidad. La educación y la convivencia nos han enseñado a moderar nuestros impulsos y en sociedad, sobre todo de visita, parecemos guapos, buenos y probos. No es una crítica. Es un tamiz por el que cada niño del mundo ha de pasar.

Sin embargo, no se pasa por ese filtro sin consecuencias y la más notable es que uno intentará por todos los medios responder al perfil que su grupo de referencia considera ACEPTABLE. A partir de los primeros contactos de nuestra infancia se nos señala qué no se dice, qué no se debe tocar y qué no se debe de hacer. Es esto lo que distingue las distintas comunidades humanas. Pero, automáticamente cualquier conducta tabú es un imán que nos atraerá para ser justo aquello que se nos prohíbe.

Convertirse en adulto es adaptar la personalidad a esas normas aceptables. Y con unas gotitas de fanatismo pondremos verdes a quienes osan no ser como se “debe” ser. Es verdad que así conseguimos no sacarnos los ojos y convivir. No obstante, conseguimos un efecto muy pernicioso. OLVIDAR QUE SOMOS COMO CUALQUIERA, yo también y tú igualmente. Y una parte de mí, de ti, será objeto de mi y tu vergüenza, así que lo ocultaremos como si de una víbora se tratase.

Un amigo, me contaba el otro día, lo mal que se había sentido por no ser amable con alguien que es una amistad que viene de lejos, pero que le trató con desprecio. Querría haber sido conciliador, en vez de apartarse. Por la noche en la cama no estaba orgulloso de haber respondido al mal con la huida. No conciliaba el sueño. Analizó sus sentimientos y se dio cuenta de que sentía rabia. Se horrorizó de verse convertido en algo parecido a lo que la otra persona le había mostrado.

En nosotros habita absolutamente todo. No pasa nada si emerge lo bello, lo grande, lo noble… Pero como aparezca lo feo, lo hiriente, o lo depravado, lo pasamos fatal. Tanto lo uno como lo otro es hijo de nuestro corazón. Ahora, imaginemos que tenemos infinidad de hijos de los que renegamos, a los que jamás les hemos dicho tu también eres mío y te quiero tanto como el resto. Imaginemos que llevamos un armario con ropa vieja, sucia y mal oliente que nunca laváramos por asco, represión o miedo. ¿Cómo podría sentirse esa parte de mí a la que niego el derecho a existir?

No se lo haces a otro. Te lo haces a ti mismo. Caminas por la vida cojo, manco, tuerto… Hay un sector de tu conciencia que nunca admites ser.

En una ocasión me llamaron egoísta. No me horroricé por haber sido descubierta, respondí: Sí. ¿Y qué? Aquella noche experimenté una paz que pocas veces he sentido. No me hice más egoísta. Pero reconocer a ese hijo mío, mi egoísmo, me ha convertido en más generosa. Saqué del armario un cajón maldito y le di derecho a la vida.

Creo, sinceramente, que no es que haya que cambiar ni el mundo ni al otro. Creo que hay que darle un lugar, admitiendo que es tan necesario como el bien. No, no se trata de cambiar el mundo, sino de aceptarlo. No se trata de cambiar al otro, sino mi visión restringida sobre la realidad, dando a lo despreciable en mí un reconocimiento que criticando, nunca tendrá.

Amarse es también reconocer que cuanto me disgusta forma parte de mí. Y es muy curioso: Al hacerlo mío, no necesita mostrase de nuevo. Esa parte ya sabe que la quiero. Para eso se muestra el mal, para ser aceptado en las mismas condiciones que el bien. Sólo así deja de aparecer…

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