Una cadena destructible

¿Esperas que algo mejor, alguien, aparezca y cambie lo que tu no cambias? Unos esperan seres de luz. Otros, extraterrestres. Otros a Jesús. Otros, un líder político. A veces surgen. Luego los matan ante decenas de personas.

Ignoras el poder indescriptible con que naciste. Cualquier pequeñín quiere comer o sufre un dolor y NADA reducirá los berreos que estorban el sueño al vecino. Sólo, satisfecha su voluntad, para. Ese niño es el elefante atado con una cadena a un clavo del suelo. Intentó desasirse con todas sus fuerzas sin conseguirlo. Abandonó cuando un cansancio atroz le pudo. No hizo falta más. Años después, pesando toneladas, diez veces más fuerte, aún desatado no buscó más su libertad.

Ese niño vive todavía en nosotros. Seguimos atados como el elefante mayor. Sobran las cadenas. Mansos como corderos, obedecemos. Ejemplo. Al comenzar esta locura había por carretera controles garantizando el respeto al límite. Ahora no o apenas hay. Pero ni dejamos nuestra localidad ni nuestras casas.

Dice el Apocalípsis:

He hecho un mundo nuevo. HECHO ESTÁ.

Hecho significa “DISEÑADO”, no real. Existe cual semilla por plantar y cuidar para que sea un árbol que sostenga la vida de todos. La semilla sigue en ti. No caduca. Falta plantarla, cuidarla hasta que sea ese árbol. Curiosamente, que tú veas el árbol, te subas a sus ramas y feliz cual pajarillo cantes, no transforma un ápice esa otra realidad, que también contemplas, donde duermen los elefantitos de quienes amas: tu especie. Por mucho cantar y disfrutar del inmenso bienestar de vivir ahí, llorarás cuando veas gigantescos elefantes atados por cadenas invisibles. Afortunadamente somos UNO. Si alguien sufre, sufro.

Ayer dibujé un mundo. No sólo está diseñado. Sus infraestructuras ya están colocadas. Quise desengañar a quienes esperan volver al pasado esperando al líder mientras obedecemos silenciosamente al poderoso. El poder de la masa es el del número. Imaginad que saliésemos TODOS sin mascarilla a la calle y comenzásemos a abrazarnos sin conocernos. ¿Habría agentes suficientes para impedírnoslo? Algunos pagarían una multa. Pero todos apoyaríamos por reconquistar nuestra libertad constitucional de expresión y de reunión. Ganaríamos el juicio.

¡Ah! Lo olvidaba. Hay un agente, cuya multa es la muerte, propia o de un ser amado. Esa es nuestra cadena.

Estimo la vida, propia o cualquier forma de vida, con toda mi alma. Cualquier muerte es dolorosísima.

Ignoramos que la vida es un hecho unitario. Tiene muchas caras, pero una existencia. Nada ni nadie muere. Hay cambios. Aparentemente, unos se van, otros perviven. Desconocemos un principio natural: lo “desgastado” no se restaura. Para nosotros, quien muere no está. Importa absolutamente el individuo. Desaparece su esencia, aunque se prolongue y jamás fallezca. La naturaleza es una unidad en mejora constante que NO arregla lo “estropeado”. Emite seres mejorados directamente, mejores gracias a quienes ya no vemos, aun si están.

No satisface que mi padre, madre o hijo vivan siempre en mí. Falta su presencia. Entendemos la vida desde otro principio que parece regirla: LA SEPARACIÓN. Lo visible muestra un mundo de unidades sin que sintamos la correspondencia e interrelación que nos hace UNO. Por eso, la muerte del amado desgarra. Y no nos sentimos ligados a nuestra especie, sino al que deja la existencia.

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Es nuestra mayor cadena. Creo si veo. Ya pueden venir ciencias, filosofías o religiones, la propia naturaleza y decirme:

“¿Ves al león? Un eslabón más. Vivo recoge información en sus genes. Permanecerá vivo en su descendencia. Jamás muere. Sus hijos le fortalecerán, será mejor. Quiero un modelo inmejorable, cuya potencia nada destruya. Ese, al que amas, está vivo.”

Somos infinitamente más. Nuestro amor enfoca una particular forma de ser. No queremos perderla, ni cómo se expresa, abraza o mira. No es problema para la naturaleza. Busca el modelo indestructible. Destruirás fácilmente al león. A un hombre muchísimo más. Su conciencia más sensible, abarca más áreas de experiencia. Ver morir al amado puede derrotarle, aún estando vivo.

Mientras creamos en la muerte, seremos manipulables. Es, al final, cuestión de creencias. Una perspectiva distinta anula la pena y permite ser libre. No ya de moverse, sino de existir. No hacen falta líderes. Sólo tu mismo navegando como Vida en la vida. Un rato.

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