MARÍA

Andaluza guapetona, capaz de ser sarcástica y dulce a un tiempo como la Virgen de su nombre, generosa y valiente, con tanta paciencia como genio, con una fe de las que transforma la vida, María cogió una doble pulmonía porque sus ideales tardaban demasiado en manifestarse y estaba muy, muy cansada.

A penas hace unos días me decía que estaba asustada. Algo da miedo en morir. Ella lo sabía. Su infección hacía tan difícil respirar que hubo de ser ingresada y anoche, cuando muchos de los que la amamos reunidos en su nombre le mandábamos luz, como ella era decidida y «echá palante», no se lo pensó más, la agarró con toda el alma y dejo el agotamiento aquí, para entrar en el mundo le la Clara Luz de la Realidad, donde a buen seguro halló la paz y el amor que ES.

Despedir a un ser amado te hace parar. Se para «tu corazón», pero sobre todo para la mente, porque no comprendemos aún qué es morir. Apoyándome en mis experiencias cerca de la muerte, ya no duele tanto, aunque se escape alguna lágrima furtiva y no tan furtiva. No vemos que morimos un poco cada día, lo mismo que «algo» nace a diario.

Vivimos de la vista y se diría que lo que no se ve no está, por más que se sienta lo invisible. Así una despedida, cualquier despedida, nos entristece. Si como en este caso es definitiva a los ojos del cuerpo, se hace muy duro. Pero sabemos lo parcial de nuestra visión, y olvidamos el ojo del alma que también existe y ve mucho más. Y puestos a buscar motivos, la física cuántica dice que dos moléculas que en algún momento se entrecruzan, estarán relacionadas eternamente. María tenía un cuerpo de madre: yo la abracé con entrega muchas veces. Así que su trayectoria y la mía van unidas por siempre.

Podría llorar, porque parte de mí que quisiera abrazarla de nuevo. Esperaré a morir yo… Sin embargo recuerdo una vez en que me desmayé unos minutos y mis hijos me llamaban de vuelta a la vida. La impresión de volver a engarzar mi alma con mi cuerpo era atroz. Sentía que reentraba en un mundo negro de angustias, con problemas económicos, morales, de soledad. Era como volver a sumergirme en un pozo estrecho y apretado, donde volvería a perder mi libertad. Abrí los ojos, y comprendí qué confinamiento tan brutal es dar vida un cuerpo. Volvió a sucederme en otra ocasión, esta vez sin desmayo, pero con muy similares sensaciones. María se ha librado del peso de ser humano.

Amo la vida. Es maravilloso poder ver, tocar, oler, gustar, oír y descubrir, así como tomar conciencia de las cosas. Pero es verdad que a veces no encontramos el camino para hacer todo eso cuando el amar y el querer se entremezclan y se confunden.

Entonces cuesta respetar el camino elegido por quienes amamos. Cuando tu hijo va derecho a lo que concibes como un abismo, el alma se parte… Cuando quienes te dieron vida te coartan, te manipulan, y quieres ser tú sin saber cómo respetarte a ti mismo, el suelo no se ve y caminar se hace inseguro y violento.

Si no comprendemos que nacemos para experimentar eso sin perder el lazo que nos une a la VIDA, si no comprendemos que también es dar luz vivir una experiencia sin maldecirla, sin desear huir de ella, si no podemos amar a nuestro personaje que esta haciendo algo tan difícil, cuando encima cree que no actúa bien, no entenderemos para qué estamos aquí.

Días antes de nuestra marcha, del otro lado, nos guían. Siento que María lo tenía todo bastante claro por la rapidez con que ha soltado su cuerpo. Este rol ya había cumplido y lo ha soltado con gracia, como ella era, elegante y señorial, con nobleza. María vive en mi habitación en un corazón que me regaló. Mucho más aún vive en mi alma.

Todo lo que su personaje quería vivir, la energía que no gastará más, nos la deja a quienes la llevamos»cosidica» en el corazón y vive el Cielo que en nosotros vivirá cuanta gloria queda aún por manifestar. Sigue viva en sus hijos, pero por amor, en cuantos no la olvidaremos.

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