ENTERRANDO A UN MUERTO

«Dejad a los muertos que entierren a sus muertos». Habla Jesús. ¿Cómo oírlo y seguir como antes? ¡NOS HA LLAMADO MUERTOS, por Dios! Dice que aunque nos movamos, respiremos, aun si nos late el corazón…, estamos muertos…

Con «muertos», define lo que llama Vida y lo que el resto entendemos por estar vivos. Esa VIDA de que habla no es lo que nosotros entendemos por «vida». Dijo cosas como: «Dioses sois» y «Cosas más grandes que yo haréis». ¿Se referiría a hacer el viaje de nuestros sueños, a lograr ese puesto donde pagan tanto, a ver orgullosos a un hijo/a alcanzar cotas inimaginables, o a descubrir la curación del cáncer…?

Jesús ve de otra forma, piensa distinto y dice que es posible conseguirlo porque ESTA CERCA de ti y de mí. Fue testimonio de que se podía llegar y sí, ocurrió en el Gólgota. Tuvo lugar antes en su alma y seguramente en su cuerpo. Pero allí se hizo real Dios y por el acto consciente de un hombre, lo que era materia, pasó a ser Dios hecho Vida. Cumplida su misión, resucitó.

Igual que veía muertos a los «vivos», «resucitar» no podía significar romper la ley natural, esa que afirmaba cumplir. Su resurrección es anterior a su muerte, o no nos serviría al resto. Y es eso, su RESURRECCIÓN lo que en mi sentimiento urge celebrar, no conmemorar el horror que rodea su muerte.

La Santa Semana consta de siete días, pero seis están dedicados a su tortura, al dolor, a la muerte. Seguimos enterrando a nuestros muertos…

Materialistas como somos, creemos que se habla de la resurrección de su cuerpo. Y resucitar es alcanzar la cota más alta a que un hombre puede llegar. Cualquier ser humano, puede. No es algo físico, aunque implicará también al cuerpo en alguna forma, pues no hay emoción que no lo modifique. No. Es un proceso interno glorioso en su meta, que ocurre en ese mismo lugar secreto donde Jesús nos invita a hablar con su Padre.

Tal vez por eso importa tanto su muerte, porque su resurrección ocurre primero en Él sin ruido. No es visible. Pero quienes vivieron su muerte, afirman que tuvo lugar. ¡Qué casualidad que el símbolo por antonomasia de la Iglesia sea una cruz! Ignoramos que la cruz, símbolo anterior a Él, no significa muerte sino triunfo sobre ella y sobre los apegos que nos mantienen muertos.

Convertimos la muerte de un hombre en vacación, ocio, lágrimas, dolor, y no está mal. Simplemente, dos milenios después, desoímos la invitación que Jesús hace a tornar muerte en VIDA. No importa que coincida con cada primavera, que toda la naturaleza, incluida la propia, grite : «VIVID». No. Llorando ante los pasos de semana santa emocionados con la injusticia de su cruel castigo, cuando volvamos a casa seguiremos muertos haciendo y creyendo que vivimos. Y cuando la muerte nos toque cerca, lloraremos creyendo perderlos para siempre…

Resucitar es una tarea titánica, pero somos titanes, somos Dios, y no podemos seguir celebrando la tortura y muerte del Hijo para justificar quizá, que vivimos la vida como una tortura sobrellevable. Él nos llamó SAL de la tierra y LUZ del mundo, abrió camino para que podamos transitarlo siguiendo sus pasos, nos animó a tener una fe ciega, nos recordó que somos también el Hijo de Dios, dijo que nos acompañaría hasta el final. Y dijo verdad, porque NO MURIÓ allí en Jerusalem. RESUCITÓ. No como persona, sino como Ser que llega a todos los corazones que le buscan.

No veré más morir a Jesús, ni procesiones. Ni siquiera recordaré que hace 2000 años le matamos. Me quedo con su VICTORIA y en ella me complazco porque me da fe, esperanza y Vida en la mía, en la de todos.

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