Dios en todos los corazones

El futuro ya da sus primeros pasos, mientras el occidental cree que su burbuja existirá indefinidamente. Esa «vieja normalidad» que pretendemos se basaba en que tres cuartos de la humanidad existiera como esclavos para que nosotros no remendáramos ni reutilizásemos, tirando desde calcetines a refrigeradores cambiándolos por nuevos.

El «ganador» de la última guerra aprovechó los beneficios de esta. Contó que existía un ESTADO DEL BIENESTAR posible a larguísimo plazo. ¡Qué más quería una Europa destrozada por tanto dolor!

El resultado es un sistema egoísta, depredador, consumista, con esta máxima: «Cada uno en su casa y Dios (que no molesta, añadiría yo), en la de todos». Ya no había guerra, pero desde las confrontaciones brutales de Indochina, Vietnam, Bosnia, Afganistán y ahora Ucrania, nunca hemos conocido la paz, sólo estábamos cómodamente sentados en la retaguardia. No llegaban las bombas. Dios en la guerra y en nuestra casa, seguramente preguntándose «hasta cuándo». Somos inmunes a las balas que matan a otros y además, la casa que compartimos está sucia, el aire es dañino, los bosques se queman y seguimos eligiendo a los que prorrogan el descuido del planeta y ni siquiera son capaces de generar acuerdos.

Quienes pretenden mantener el pasado, destructivo e inhumano verán pronto que lo que antes servía, no vale más. La vela se consume. No hay más velas de esas. Lo anterior no es inútil, pero se requieren nuevos pilares porque la humanidad ENTERA, no sólo una parte, quiere un mundo nuevo.

Ningún líder vendrá con poderes a crearlo. Somos tu y yo en nuestra pequeñez, quienes hemos de escuchar al corazón y al alma, que son una y desde ahí actuar. No se piden grandes logros. Si, que no traguemos veneno, que reflexionemos ante las órdenes. Se nos pide que tomemos conciencia de que CADA UNO EN SU CASA es tanto como decir, que te parta un rayo, si a mí no me toca. 

Hemos entrado silenciosamente en una nueva era marcada por el humanismo, la fraternidad, la búsqueda de la armonía grupal, y sí, también por el amor, usando la inteligencia del corazón que está con el otro. Mi casa no puede estar cerrada, ni medir 500 metros, si tu duermes bajo las estrellas. No puedo llamarme limpia y echar basura por la calle. No puedo abusar de la energía, sin un sistema que brinde la misma energía a cada hombre. No puedo consumir, mientras personas del «otro» mundo reciben unos céntimos por día para que encuentre llenas las estanterías de un centro comercial.

Dicen que estamos extinguiéndonos. Si permanece el egocentrismo actual, nosotros mismos nos ahogaremos en nuestra propia podredumbre.

Hay un ser generoso, humilde, compasivo, diligente…, en nosotros. No mira su ombligo, dispuesto a dar si toca o a recibir si hace falta. ESE es el líder que resurge de nuestra conciencia. No necesita pautas, las situaciones son infinitas…, pero él o ella son quienes pueden recoger comportamientos mezquinos, corruptos, antiguos y obsoletos y dar cancha a sus opuestos.¡Saben cómo!

Si por el dinero, el poder, la fama, o los privilegios lo callamos, la extinción de nuestra especie está servida. Reflexiona un momento y elige:

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 ¿VIDA O MUERTE?

El vivo se cuida, cuidando al próximo. El muerto, que no cambie. Opto por la VIDA. Y te invito a escuchar a ese ser que también vive en ti, al que todo le importa, porque Dios no vive sólo en su casa, sino en su corazón.

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